Autor: Jiménez, José. 
   Ser comunista en los ochenta /y 2     
 
 El País.    22/07/1981.  Página: 12. Páginas: 1. Párrafos: 13. 

POLÍTICA

EL PAÍS, miércoles 22 de julio de 1981

TRIBUNA LIBRE / EL X CONGRESO DEL PCE

Ser comunista en los ochenta / y 2

JOSÉ JIMÉNEZ

Se comprende que en tiempos de crisis como los que vivimos, la tentación de construir un núcleo sólido y

restringido de certezas sea grande. Se comprende que esa tentación, junto con el papel histórico jugado

por la clase obrera en nuestro país y en la historia de Occidente, lleve en algunos casos al espejismo de la

necesidad de un partido comunista puro (?), de un partido obrerista. Y, sin embargo, se olvida que así no

sólo se sustrae el apoyo para el socialismo de sectores sociales no obreros, sino también el de amplísimos

sectores obreros, probablemente mayoritarios, que se sitúan fuera de un proyecto político que tiende a

considerar la sociedad en grupos sociales homogéneos, a introducir una dimensión de confrontación

frontal en las que el capitalismo sigue teniendo todas las de ganar.

Por todo ello, hay que tener también muy presente que el partido no es de nadie en particular. Y tampoco

es una herencia, ni siquiera espiritual, que se supone que sus verdaderos dueños deben defender de

imaginarios arribistas al acecho; es una estructura organizativa, entre otras, de carácter político, que

labora por el socialismo y por el comunismo y que, como tal, ha de ser una estructura viva, abierta a la

readecuación, a las condiciones que cambian y a una continua renovación de sus equipos de dirección.

En este sentido, quiero también observar que no es socialmente creíble un partido que, afirmando que su

finalidad última es acabar con la división entre gobernantes y gobernados, mantiene durante años y años a

los mismos dirigentes en los mismos puestos de gobierno. Se dirá que es muy costosa la formación de un

buen dirigente y que, igualmente, lo es conseguir su penetración y aceptación por la sociedad. Pero me

parece que no son estos argumentos aceptables, ya que en un partido cuyo fin es el socialismo, se supone

que un elemento central será la propia socialización de la acción revolucionaria, lo que implica, como es

lógico, una diversidad funcional del papel de cada uno en la organización, pero no una diversidad en

conocimiento y en poder, en jerarquía, en suma. Por otro lado, si de verdad se quiere conquistar el apoyo

social para una sociedad sin clases, sin gobernantes ni gobernados, nada mejor que predicar con el

ejemplo y mostrar que una organización comunista es un colectivo en el que muchos pueden desempeñar

los puestos de máxima responsabilidad, que la diferencia entre sus miembros depende sólo de las

funciones que en cada momento desempeñan, y que no hay ningún tipo de apego burocrático al poder.

Pero, ¿sucede esto así? Por desgracia, está muy lejos de suceder. No es pequeña paradoja histórica el

hecho de que sean los partidos comunistas (repito: cuya finalidad estratégica es acabar con la división

gobernantes/gobernados) los que presentan un grado mayor de mantenimiento burocrático en el poder de

las mismas personas y grupos dirigentes, que sean organizaciones en las que la renovación de los equipos

de dirección resulte con tanta frecuencia traumática, en lugar de considerarse algo natural.

El partido es una organización laica

Al considerar el partido como un fin en sí mismo, y no como un medio, se produce con frecuencia una

identificación entre la trayectoria personal, la entrega y en tantas ocasiones heroico comportamiento de

los dirigentes y la trayectoria e intereses del colectivo. Este aspecto produce una gran cohesión ideológica

y emocional de los dirigidos con los dirigentes, que poco a poco van adquiriendo una dimensión

carismática, por la que sus opciones o propuestas se imponen por vías diversas de exhortación y

no de exposición y discusión crítica y racional.

Curiosamente, se encuentra uno entonces no sólo con un partido convertido en esencia y, en fin, en sí,

sino también con un partido que tiene mucho en su funcionamiento de fe religiosa. En el que se busca en

tantas ocasiones suscitar la mera identificación emocional («Estás conmigo o contra mí, y yo, por mi

historia, soy la personificación de los intereses del partido»), y no la discusión crítica y racional de las

propuestas.

Cuando el inolvidable Alfonso Comín afirmaba el carácter laico del partido nos daba una de las claves

centrales de lo que significa hoy ser comunista en un partido. El carácter laico de la organización quiere

decir no sólo que el partido no entre en cuestiones de creencias o de religión. Debe querer decir también

que, en nuestros días, el partido comunista no puede ser concebido como la propagación («bajar a las

agrupaciones») de fórmulas e ideas elaboradas desde arriba. Tiene que ser un auténtico órgano de

propuestas, debates y acción política colectivo. Y esto supone, de nuevo, no una estructura jerárquica, no

la escisión entre dirección y militantes, sino buscar la existencia de militantes críticos e informados, y

también evitar un modo carismático de hacer política.

La fórmula del intelectual colectivo se usa mucho, pero vaciada de sentido. Porque uno se asombra de

cómo esa fórmula puede conciliarse con las estructuras organizativas jerárquicas y con la jerarquización

de la verdad y del conocimiento, aspectos tan característicos de las iglesias. O con la restricción de la

información y de la capacidad de decisión a un número restringido de dirigentes. Y por eso uno se

asombra de cómo los dirigentes carismáticos se arrogan para sí mismos una supuesta capacidad para

acertar siempre, para no reconocer nunca errores, para no necesitar discutir y debatir de igual a igual con

todos los hombres y mujeres que, en lugar de ser considerados compañeros políticos, pasan a ser

considerados como meros hijos espirituales.

¿Se está muy lejos con ese conjunto de aspectos del funcionamiento político de la burguesía? ¿Se está

muy lejos de un funcionamiento político que tiende a profundizar y ahondar la diferencia entre los que

saben (los que gobiernan) y los que no saben (los gobernados)? ¿Se busca acaso otra cosa que acabar con

el militante incómodo, discutidor y crítico, e ir reproduciendo la figura del militante adormecido, que cree

en el valor religioso de la palabra del dirigente carismático, al que considera casi como un santo?

Es ya hora de cambiar. Y el cambio, en mi opinión, no es una mera cuestión de relevo generacional, y

mucho menos de «cambiar a unos por otros». La cuestión es ajustar la idea del comunismo al tiempo

histórico que vivimos. Y eso supone ir por delante y no a remolque de los acontecimientos. Eso supone

no entender el centralismo democrático como una forma burocrática y autoritaria de asegurar la unidad de

acción política del partido, sino conseguir esa unidad de acción por la vía de la libre discusión y el

convencimiento político. Eso supone también cambiar la disciplina (una virtud militar o eclesial de nulo

valor y capacidad de atracción en la sociedad civil de nuestros días) por la asunción crítica y de forma

colectiva de aquello que debe o no debe hacerse, y de los motivos por los que se debe o no hacer.

Eso supone una fluidez continua en la composición de los equipos de dirección y en las relaciones de

estos con el resto del partido, que no deben ser nunca jerárquicas, sino sólo estar basadas en las

diferencias de función. Eso supone también una circulación sin restricciones de la información y evitar

los comportamientos que buscan la mera adhesión carismática. Eso supone también no aislar el partido en

un gueto del tipo que sea: ideológico o social, sino abrirlo a los fenómenos de la vida cotidiana.

En el caso del PCE esto supone, aprovechando la ocasión que brinda el próximo congreso, comenzar una

auténtica revolución cultural en el seno del partido, que haga de éste la organización dinámica e inserta en

la vida que permita poner en pie hoy, en los ochenta, la idea del comunismo. Una revolución cultural, una

«reforma intelectual y moral», como decía Gramsci, capaz de suscitar en todos los miembros del

colectivo el entusiasmo y el esfuerzo para el nuevo partido y la nueva sociedad que se propugna. Y si el

partido es incapaz de poner en marcha esa revolución intelectual en su interior, ¿de qué iba a ser capaz de

cara a la sociedad? Eso supone una transformación en profundidad del partido, de sus estructuras y de la

composición de sus órganos de dirección. Pocas cosas menos marxistas hay que la pérdida del sentido de

la historia.

Pues bien, y aquí acabo, este es el gran peligro que si no se resuelve puede llevar al languidecimiento y a

la progresiva marginalización del PCE después de su X Congreso. Los hombres y mujeres que en algunos

casos han sido auténticos héroes, dentro y fuera de nuestro país, deberían hoy ser la más firme base para

la renovación del partido. Lo que está en juego es ni más ni menos que perder o no perder el tren de la

historia, quedarse o salir de una vía muerta: la que consiste en contemplar complacientemente el pasado

como meras estatuas de sal.

José Jiménez es profesor de la Universidad Autónoma de Madrid y miembro de la junta directiva de la

Fundación de Investigaciones Marxistas.

 

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