Autor: Brabo Castells, Pilar. 
   El eurocomunismo y la renovación del PCE     
 
 El País.    21/01/1981.  Página: 14. Páginas: 1. Párrafos: 20. 

14/NACIONAL

POLÍTICA

EL PAÍS, miércoles 21 de enero de 1981

TRIBUNA LIBRE

El eurocomunismo y la renovación del PCE

PILAR BRABO

El rechazo del término «eurocomunismo» en el V Congreso del PSUC plantea un conjunto de reflexiones

de la mayor importancia no sólo para el futuro del PSUC o de las relaciones entre el PCE y el PSUC, sino

para el futuro del propio PCE. Desde mi punto de vista, la necesidad de mantener el carácter

eurocomunista del PCE y de recuperarlo en el PSUC son la batalla más importante a dar de cara al X

Congreso, en un caso, y al futuro que el propio PSUC prefigure, en el otro. Pero esta batalla no puede ser

ni estática ni testimonial, tiene que ser una batalla dinámica que abra, a los comunistas de todo el Estado

español, la perspectiva de su quehacer en los años ochenta. En una década que se presenta difícil, pero en

la que es imprescindible, desde el punto de vista de la democracia y el socialismo en nuestro país,

consolidar la fuerza y la influencia del Partido Comunista.

Sería erróneo que en el PCE nos erigiéramos en jueces supremos de lo que ha ocurrido en el PSUC, como

si los problemas, los defectos y errores fueran patrimonio exclusivo de los comunistas catalanes. Más

erróneo todavía sería achacar al pretendido «nacionalismo» del PSUC las causas de la derrota del término

«eurocomunismo».

No podemos, sin embargo, minusvalorar el problema o hacer como si «aquí no ha pasado nada». Ha

pasado, y ello es grave, y crea una situación de excepcionalidad, como la ha calificado el propio Comité

Ejecutivo elegido en el V Congreso del PSUC, que afecta a los comunistas catalanes, a los de todo el

Estado español y que tiene repercusiones negativas en el marco europeo.

Quizá fuera del ámbito catalán no se ha resaltado suficientemente y creo conveniente hacerlo aquí, que en

la votación en torno al eurocomunismo se produjo una convergencia de votos entre el sector calificado

eurocomunista y el calificado de leninista y que ambos juntos fueron derrotados por los partidarios de

abandonar el término «eurocomunismo». Es decir, que el sector que hoy ocupa el Comité Ejecutivo del

PSUC defendió y votó en favor del término eurocomunismo y fue derrotado. Desde el PCE es difícil

comprender que a pesar de esa derrota se acepte la secretaría general, pero sería igualmente erróneo

asimilar las posiciones del sector que hoy ocupa la mayoría del Comité Ejecutivo del PSUC a las de los

que a toda costa quieren eliminar el término eurocomunismo y todo lo que él implica. Es decir, a las

posiciones prosoviéticas. El futuro dirá hasta qué punto el actual secretario general y el Comité Ejecutivo

del PSUC son capaces de superar la ambigüedad que supone aceptar la dirección de un partido que ha

rechazado de su definición el eurocomunismo y que está presidido por uno de los hombres que fue

abanderado de ese abandono. Mientras tanto, la actitud inteligente por parte del PCE me parece que

estaría en ayudar a que dicha ambigüedad se decantara en un sentido favorable a la recuperación del

eurocomunismo.

Pero paralelamente a lo que ocurra en el PSUC, en el PCE tenemos un proceso congresual por delante, y

para que no nos ocurra lo que ha sucedido en el PSUC, es preciso extraer las lecciones desde ahora y

analizar en qué las críticas que se hacen al PSUC deben convertirse también en autocríticas a nuestro

propio quehacer.

Creo que tanto en el PSUC como en el PCE hay una serie de batallas fundamentales que no se han dado o

que se han dado mal, y ello es tanto más grave en un momento de crisis económica, de agudización de las

tensiones entre los bloques a nivel mundial y de falta de alternativas claras desde la izquierda.

Una de estas batallas es la de las posiciones del PCE en política internacional y la de nuestra concepción

del socialismo en libertad, del socialismo pluralista, con su contenido crítico respecto a los países del

llamado «socialismo real».

Política de no alineamiento

Es decir, que es necesario debatir y definir el carácter revolucionario de la política de «no alineamiento»

en ninguno de los bloques, política en la que se haya la única perspectiva de pervivencia de la humanidad

y de construcción del socialismo, no sólo en Europa, sino también en el Tercer Mundo. Y junto a ello hay

que profundizar en los problemas y contradicciones que atraviesan los países del «socialismo real como

único método para comprender desde una óptica marxista el mundo que nos ha tocado vivir. La no

participación de la clase obrera en la vida social y política de estos países, la naturaleza de un Estado que

impide tal participación, las causas de los enfrentamientos armados entre países socialistas (China-Unión

Soviética, China-Vietnam, Vietnam-Camboya) son temas fundamentales sin cuya comprensión es

imposible entender las causas por las que el PCE condena, por ejemplo, la intervención de la Unión

Soviética en Afganistán o en Checoslovaquia o defiende la tesis de la soberanía de los polacos para

resolver sus propios problemas. Y sin entender todo esto será imposible darse cuenta cabal de la

importancia que para el eurocomunismo tiene la independencia respecto de cualquier Estado socialista.

En las tesis oficiales del PSUC, por ejemplo, nada o muy poco se proponía sobre los verdaderos

problemas del «socialismo real». Ese socialismo, con exclusión del chino, aparecía en dichas tesis como

un modelo cuasiperfecto, en el que existían defectos o errores, principalmente los de la falta de libertad,

que, por otro lado, casi se llegaba a formular que eran fácilmente subsanables. Es claro que con ese nivel

de superficialidad y sin un debate en profundidad, con escasa participación en él de la propia dirección

del PSUC y con una Secretaría de Organización controlada por hombres contrarios incluso a esa tímida

crítica a los países socialistas, y todo ello en medio de las difíciles condiciones objetivas de la realidad

interna y externa de nuestro país, el resultado previsible no podía ser muy distinto al que se dio.

Y no creo que los debates sobre estos temas sean imposibles o contraproducentes, debido a «lo atrasado

de la base social y cultural» del partido, a que «los obreros no leen» o a otros argumentos que a menudo

se esgrimen en el interior del PCE. Porque mientras algunos se creen estos argumentos, los folletos de los

Ponomariov o los Breznev corren entre las filas del partido sin que a ello se oponga una política de

publicaciones del PCE seria y coherente sobre estos y otros temas. Incluso se llega a recomendar la no

lectura de Nuestra Bandera, y no sólo por sus deficiencias propias, que, por otra parte, sólo son reflejo de

la falta de la política coherente de información y publicaciones a que me refiero.

Creo que este debate, que esta discusión, afecta profundamente y es perfectamente asimilable por los

trabajadores españoles y que el mismo debe constituir uno de los cimientos irrenunciables de lo que debe

ser la formación de los militantes del PCE. Hay que ir a ese debate convencidos de que la lucha contra el

capitalismo y el imperialismo exige un nivel de clarificación marxista que no tiene por qué ser abstracto o

intelectualista, porque toda teoría bien elaborada es tremendamente vivificadora de la práctica concreta.

Adentrarse en esta problemática exige, a su vez, comprender claramente que hoy decir «clase obrera» es

decir libertad, democracia y participación. En las décadas finales del siglo XX, la clase obrera está

profundamente interesada en la libertad y la democracia, al contrario de lo que preconizan las

concepciones ancladas en el pasado estalinista, para las cuales estos términos son antagónicos.

Revolución de la mayoría

Al lado de este bloque de temas, que no puedo aquí sino enunciar sucintamente, hay que abordar los

temas de la «revolución de la mayoría», de la vía democrática y pluralista al socialismo. Muy a menudo

se confunde esta vía con la práctica política del PCE en los tres últimos años y, en la medida en que esta

práctica ha sido institucionalista en exceso, no se puede entender cómo a través de ella es posible lograr el

consenso de la mayoría de la sociedad en favor del socialismo. Resulta, por tanto, necesario no sólo

explicar, sino, sobre todo, practicar esa «revolución de la mayoría» como un combate ideológico

desarrollado en todos los niveles de la sociedad, en el Parlamento y en los ayuntamientos, desde luego,

pero también en los centros de trabajo, en las asociaciones de vecinos y de padres de alumnos, en todo el

conjunto del entramado social. Sólo desde esta perspectiva puede comprenderse el tema de las

movilizaciones. No se trata de que la dirección del partido, u otras instancias superiores, llamen a más o

menos movilizaciones. Se trata de que los comunistas estén impulsando todo el debate y la protesta social

contra la política de la derecha, contra los intereses capitalistas, y que ello se articule en mil formas de

movilización distintas surgidas desde abajo.

Se trata, en definitiva, de recuperar la concepción gramsciana, de luchar por la hegemonía. Por una

hegemonía que hoy tiene que tener una dimensión pluralista que, obviamente no podía tener en los años

que Gramsci vivió. Pluralista desde el punto de vista político, de unidad con los socialistas, de avance

común hacia el socialismo, y pluralista desde el punto de vista social, asimilando la realidad de que los

partidos políticos no agotan las formas de actuación social y política de los hombres y mujeres de nuestra

sociedad y que el feminismo, el movimiento ecologista, los movimientos ciudadanos y las mil formas

nuevas de participación recogen aspectos fundamentales, desde nuevas ópticas, de la lucha por el

socialismo hoy.

Pero todo lo anterior exige un partido vivo, pensante y participante a todos los niveles en la elaboración y

la puesta en práctica de una línea y una estrategia revolucionarias. Un partido cuya adhesión y entusiasmo

por esa línea y esa estrategia sean el resultado de su pensamiento y su práctica colectiva. Esto plantea

transformaciones desde la misma base del partido: desde las agrupaciones. Agrupaciones cuya vida

languidece hoy, en las que no se ha definido que su fundamental quehacer es un hacer volcado a la

sociedad, a través del trabajo que en ella realizan todos y cada uno de sus miembros. Sólo esta práctica es

la que sienta las bases de la elaboración de la política del partido, y como tal tiene que ser discutida y

analizada. Difícilmente, digo, las agrupaciones de hoy permiten asentar un partido eurocomunista. Se dice

que de estas agrupaciones se han ido los profesionales y los intelectuales. Pero también parece que se han

ido los obreros, salvo en los casos en que la agrupación de fábrica existe y tiene vida. Pero de estos

últimos, muchos de ellos se han ido no a su casa, como es el caso entre muchos profesionales, sino a CC

OO, en las que se revierten y debaten los problemas que no se debaten en el propio PCE, con los

resultados de desnaturalización de CC OO y del propio partido, que se han puesto de manifiesto en el

último período, provocando en ocasiones injerencias, sin plantearse la raíz de los problemas y

contribuyendo a mezclar y confundir todos los planos.

El irse a su casa de muchos profesionales y de buena parte de los cuadros eurocomunistas del PCE se ha

resuelto, frecuentemente, con excesiva facilidad atacando peyorativamente a los intelectuales, picos de

oro, etcétera. Como si el carácter obrero del partido estuviera reñido con la presencia de los mejores

profesionales en sus filas, como si este hecho, que tanto caracterizó al PCE en su momento, no empezara

ya a reflejar la hegemonía de la clase obrera sobre el conjunto del cuerpo social. Como si los análisis que

condujeron a la formulación de la Alianza de las fuerzas del trabajo y la cultura estuvieran ya

abandonados. En los últimos tiempos, en el partido, ser calificado de intelectual o profesional se ha

convertido, con frecuencia, en sinónimo de derechismo, oportunismo o claudicación.

No fue nunca así para los que, obreros, estudiantes o profesionales, forjamos el partido que funcionó en el

interior del país en los años de 1968 a 1977. Un partido que, a pesar de la clandestinidad y del sistema

cerrado de las células, era un partido vivo y actuante, pletórico de debates, de confrontaciones muy duras

con la realidad y en el que cada miembro se sentía activo partícipe de la elaboración y puesta en práctica

de una política con la que se identificaba. Un partido en el que los errores se analizaban y, por tanto, se

podían corregir. Un partido que, sin embargo, hoy ha perdido su sistema nervioso y vital central.

La lucha por el socialismo

Por ello hay que renovar profundamente el funcionamiento de las agrupaciones y, con él, el de los

comités y órganos de dirección. Hoy, alcanzar la síntesis es más difícil que en otros períodos, porque los

problemas son más complejos y ante ellos no siempre los comunistas somos coincidentes. Pero la síntesis

exige tener en cuenta todas las opiniones y no sólo las que previamente coinciden con lo de siempre, e ir

con todas ellas a elaborar una línea política capaz de incidir en la realidad.

Como conclusión: creo que hay que forjar el Partido Comunista necesario para la lucha por el socialismo

en la perspectiva del año 2000. Un partido profundamente democrático, con una democracia que permita

el debate a fondo de todos los temas que nos afectan. En el convencimiento de que es la democracia la

que permite la argumentación y que el eurocomunismo sólo puede apoyarse en ella y en el razonar

marxista de los militantes del partido.

Porque pretender basar el eurocomunismo en vez de en la argumentación en la aceptación ciega de lo que

la dirección dice, en la fidelidad a esa dirección, en el carisma de los dirigentes y en la fuerza del aparato,

sería el peor servicio que podríamos prestar a dicha causa. Porque en cuanto a fidelidades, obediencias y

adhesiones acríticas siempre nos llevarán ventaja los que quieren un partido dependiente del exterior y,

como demuestra el ejemplo del PCF, es por ahí por donde nos acabarán ganando.

Las revoluciones del pasado, decía Marx, oprimen como una pesadilla el cerebro de los vivos. Que no sea

así para nosotros. Que nos liberemos de lo que tienen hoy de pesadilla para recuperar lo que tuvieron en

su momento, y aún tienen hoy, de sueño real y de utopía realizable.

Pilar Brabo es miembro del Comité Ejecutivo del PCE y diputada por Alicante

 

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