Autor: Fraga Iribarne, Manuel. 
   Un programa para las clases medias     
 
 Ya.    30/07/1977.  Páginas: 2. Párrafos: 13. 

UN PROGRAMA

PARA LAS CLASES MEDIAS

TODO el mundo está, de acuer do en que una de las mejores cosas que le han ocurrido a este país en los

últimos treinta años es la expansión de las clases medías. Es difícil establecer un criterio de medida, pero

todos sabemos que lo mismo las clases medias autónomas (pequeños y medios empresarios, propietarios

medios, profesiones liberales) que los empleados (cuadros empresariales, funcionarios civiles y militares,

profesores de diversos grados, etc.) han tenido un aumento notable en la pasada generación, y constituyen

uno de los conjuntos sociales más importantes del país, que de este modo ha dado un paso decisivo a su

incorporación real a la Europa occidental.

AHORA bien, ese desarrollo positivo está en gravísimo peligro de detenerse, e incluso de una catastrófica

regresión. Fruto de un rápido desarrollo económico, ha de sufrir naturalmente las consecuencias del

estancamiento y la recesión.

Consecuencia de la economía dé mercado, con grandes oportunidades para el hombre de iniciativa y de

empresa, para el asesor eficaz, para el ingeniero capaz, para el hombre decidido y, con legitima ambición

de ascenso y de ahorro, lo va a pasar muy mal ante ciertos planteamientos fiscales y de política

económica de signo diferente.

NO es un secreto para nadie que los patrimonios y las rentas de este sector van a ser los más afectados por

el anunciado plan económico. No son los grandes patrimonios, con base multinacional, y poderosas

estructuras corporativas a su alcance, los que se van a ver más directamente afectados. La familia, que,

con esfuerzo, conquistó un pequeño chalé en la sierra o un apartamento en la costa mediterránea; el

pequeño empresario que logró mejorar un taller para hacerlo fábrica, o el profesional pluriempleado para

sacar su familia adelante, son los que van a soportar la carga principal POR otra parte, estos grupos están

tradicional y estructuralmente menos organizados que los demás. Las centrales sindicales, apoyadas

además por partidos paralelos, van a actuar con gran eficacia en relación con los grupos obreros. Las

multinacionales y las grandes empresas financieras disponen también de buenas y eficaces organizaciones

y asesoramientos. Las clases medias carecen de ellas, y la vieja ordenación profesional a base de colegios

y otras entidades está muy fragmentada y no se compara en fuerza ni actualidad con las organizaciones

sindicales. Es, en definitiva, más fácil hoy hacer programas contra las clases medías que a su favor.

EL tema es capital, a lo menos para quienes pensamos que las clases medias son esenciales para el

equilibrio social y para el desarrollo económico a la vez que la clave de una política verdaderamente

liberal y progresiva. Tesis vieja, desde Aristóteles, es la que defiende una sociedad pluralista, sin grandes

distancias entree las clases sociales, con un sistema automático de movilidad social, con prima a la

energía y a la Iniciativa, sin el sentimiento de estar anclado para siempre en un estamento rígido y sin

esperanza de ascenso.

NO pretendo, claro es, hacer la apología de tinas clases medias perfectas. No las hay, como no hay ningún

grupo social exento de culpas. No tenían razón los viejos liberales al describir al empresario burgués

como un perfecto economista al servicio de la comunidad, cuyo afán de lucro sólo producía buenos

resultados para los demás. No tenían razón Marx y Engels al describir al proletariado como simple

víctima de la rapacidad de los demás. Ha habido siempre buenos y malos empresarios, patronos generosos

y humanos, y otros egoístas, despreciativos e insoportables. También han existido siempre trabajadores

honrados y serios, y otros vagos e insolidarios. Las clases medias, hechas de mujeres y hombres de carne

y hueso, tienen también sus defectos; los generales de toda la humanidad, y los que le son propios y

específicos, y que una amplia literatura ha expuesto y ridiculizado. Hoy mismo les toca una gran

responsabilidad, a mi juicio, en la falta de interés cultural, en la decadencia de los valores morales y

familiares y en una cierta tendencia al cinismo político del país.

PERO, en conjunto, sigo creyendo que son, y han de continuar siendo, parte esencial de nuestra sociedad,

que interesa salvar y no desanimar, que ha de reaccionar (estoy seguro) positivamente ante las nuevas

dificultades, y que no conviene en modo alguno destruir o abandonar a su suerte en este momento difícil.

HAY que lanzar un progra ma para las clases medias. Algunos pensamos dedicar a esta cuestión cuanta

capacidad intelectual creadora tengamos, y orientar hacia ella nuestra acción parlamentaria y en otros

órdenes. Necesitaríamos muchas ideas, sugestiones y colaboraciones. Sería menester una organización, no

política, que supiera dirigirse a todos los grupos políticos. Por ahí debe andar todavía el Instituto de

Clases Medias, que fundé hace veinte años; habría que actualizarlo o reemplazarlo por una idea

semejante, a la altura de las dificultades de los tiempos.

ESE programa deberá tener algunas ideas básicas. La primera, no destruir lo que ya tenemos, con medidas

demagógicas, que acaben de desanimar a la pequeña y la mediana empresa o al profesional de empuje.

LA segunda, facilitar de modo positivo la acción de la pequeña y mediana empresa.

No creo que baste con una institución crediticia oficial; haría falta (como en Bélgica) un ministerio

especial para sus problemas y los de las clases medias en general (artesanía, profesionales, etc.).

LA tercera, un nuevo planteamiento de la organización profesional. Los viejos colegios están, en muchos

casos, desbordados; una conversión al sindicalismo normal es poco conveniente y privará a las clases

medias de toda defensa. Esa nueva organización debe ser facilitada e incluso promovida por vía

legislativa.

LA cuarta idea afecta a la educación y a la cultura. Hay que volver a una idea de selectividad. No

podemos engañarnos: todos los españoles no pueden, ni deben, tener títulos superiores. Deben tener

igualdad de oportunidades para llegar a los estudios correspondientes. Pero facultades y escuelas deben

seleccionar, aclarando las filas para que quienes quieren y pueden estudiar lo hagan. El país no puede

aguantar diez años más el caos actual de las escuelas ni el aumento de un subproletariado intelectual, que

es ya uno de sus problemas más serios.

REPITO que éste no es el problema, sino la invitación a discutirlo y a hacerlo entre muchos. El tema es

grave y urgente. Sería la decapitación intelectual y política de nuestra España si no acertáramos a

realizarlo. Y, por otra parte, las clases medias deben saber que si ellas mismas no se defienden, se

autoexigen y se plantean sus propios problemas, nadie vendrá a salvarlas, ni podrá hacerlo aunque quiera.

 

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