Autor: Cardín, Alberto. 
   Elogio de Carrillo     
 
 Diario 16.    28/07/1981.  Páginas: 1. Párrafos: 13. 

ALBERTO CARDIN

Escritor

Elogio de Carrillo

Frente a los ataques continuados que Santiago Carrillo viene recibiendo estos días, Alberto Gardín levanta

su voz en defensa del secretario general del Partido Comunista, aunque «alabar la política, cuando tan

mala prensa está teniendo en el mundo entero, y alabar, en concreto, al más trapacero y despiadado de los

políticos, según rezan disidentes y expulsados, pueda casi sonar a desafío».

No es por llevarle la contraria al resto, pero un elogio puede hacerse desde varias perspectivas. El

mayordomo infiel del Evangelio era alabado por su señor, no precisamente por su lealtad y honradez, sino

por su sabiduría «de las cosas de este mundo». Y es bien patente que hasta el mayor criminal o el

burócrata más incompetente pueden ser alabados por su perfeccionismo técnico, tanto sea en materia de

destripamientos como de «escaqueos».

Lo que ocurre es que alabar la política, cuando tan mala prensa está teniendo en el mundo entero, y

alabar, en concreto, al más trapacero y despiadado de los políticos según rezan disidentes y expulsados,

puede casi sonar a desafío.

Política

Hay con respecto a los políticos varios errores en boga. Uno es que tengan que ser originales, lo que no

tiene por qué ser cierto cuando justamente su cometido es expresar las metas de sus electores, y esto ya

supone una cortapisa para cualquier audacia.

Otro es que tengan que ser virtuosos, lo que se contradice con cualquier teoría de la interacción social,

que afirma que las metas conscientes de múltiples individuos, en su confluencia, acaban opacándose por

igual para todos. Y un político no tendría por qué tener una voluntad más clarividente o más virtuosa que

su conjunto social correspondiente, sino, en todo caso, más eficaz, lo que excluye cualquier jerarquía

moral de los fines.

Otro, finalmente, es que tengan que ser íntegros y «morales». A lo que ya respondía Pasionaria, cuando el

gesto moral de Felipe González, diciendo que si era tan ético no podía ser buen político. Lo cual podría

volverse del revés y expresarse como sigue: puesto que sigue siendo político, no puede ser tan

ético. Y aplicado al caso de Carrillo: sin duda, don Santiago es el más completo de los políticos.

Consignas

En esto último parecen estar de acuerdo todos, sólo que siempre con una cierta retranca peyorativa.

Dejadas atrás las acusaciones, canónicas y ya un tanto olvidadas, lo de su crueldad con Wenceslao

Carrillo, o lo de Paracuellos, o si entregó o no entregó a Grimau, Carrillo viene siendo desde toda la

transición espejo de políticos y blanco, por tanto, de todas las críticas dirigidas contra la política.

Hay, por ejemplo, un consenso general sobre que el duque de Suárez era un arribista y un chapucero, en

que Felipe González es a la vez hábil y bueno, en que a Fraga le puede su mal carácter, a pesar de ser un

gran parlamentario, o en que Areilza es un señor muy culto y muy demócrata, a pesar de haber sido

alcalde de Bilbao en el 37. Se acumulan las ingeniosidades sobre estos aspectos o se los recubre con un

halo de respeto y de negación.

A Carrillo, en cambio, sólo se le reconoce, y no sin cierta malicia, su habilidad para despistar a la Policía

«transicional», tocado con una peluca. Todo lo demás son en él cabildeos, ukases, traiciones,

manipulaciones y repeticiones.

Cristina Almeida dice que el PCE es «un partido consignero», y podría decir que quien mejor recita las

consignas es Carrillo, que es un virtuoso de años. Lo que no sabe o no cuenta, es que lo contrario de la

consigna es el discernimiento, y éste inevitablemente lleva más allá de los partidos, bien sea al apocalipsis

de lo por venir que nunca llega, al infierno de lo que nunca va a llegar.

Moraleja

Si hubiera que transfigurar filosóficamente a Carrillo, seria sin duda como hicieron sus autores con Lin-

Piao, en un libro que llegó tarde a España, pero muy instructivo, El ángel, antología de la revolución I.

Tendríamos que titular como ellos: «Carrillo, como voluntad y como representación.»

Voluntad, sí, dirá todo el mundo, de mando y de perpetuación. Pero representación, ¿de qué?

Representación de todos: los que quieren la política y los que van más allá de ella.

Los que la quieren, porque Carrillo, a pesar de todas sus triquiñuelas, está dispuesto a morir con el PCE,

cuando a éste no le queden ya votantes y todos los intelectuales «orgánicos» se hayan pasado a «la

alternativa de poder». Los que van más allá de ella, porque siempre tendrán en Carrillo un hito de hasta

dónde llegó lo político. Carrillo ni copia, ni filosofa, ni manipula en política. Simplemente es la política

misma. Y no hay más cera que la que arde.

 

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