Autor: Duverger, Maurice. 
   Los dos comunismos     
 
 Diario 16.    01/07/1980.  Páginas: 1. Párrafos: 14. 

OPINION

1-julio80/Diario16

MAURICE DUVERGER

Profesor de Ciencia Política

Los dos comunismos

En política, el cambio de lenguaje significa siempre un cambio de estrategia. De ahí la importancia que

tiene según sea utilizado en unas u otras zonas.

Entre los comunistas, no es lo mismo lo que se dice en Occidente o en el Este. El ejemplo del Partido

Comunista Francés sirve para desvelar tan importante juego.

El comunismo utiliza dos lenguajes distintos en los países de Occidente en los que obtiene más del 10 por

100 de los sufragios. En Italia, España e Islandia, mantiene el vocabulario abierto y liberal que utilizaban

antes la mayor parte de partidos europeos. En Finlandia, la mayoría le sigue siendo fiel ante una minoría

alineada a los soviéticos, los cuales mantienen (porque les favorece) un «fraccionismo» que combaten con

vigor en cualquier otro país. En Francia, Georges Marcháis sostiene argumentos más duros que los de

Alvaro Cunhal en Portugal, siendo éste el único estalinista hasta estos últimos tiempos, que se ve

excedido por su hermano mayor.

Estas diferencias sólo se deben de modo secundario a la estructura de los países y de los partidos en

cuestión. La influencia de Gramsci sobre su ideología y el peso de los intelectuales en sus organismos

directivos han influido en la apertura del comunismo italiano. Del mismo modo, la tradición nacionalista

ha influenciado al comunismo islandés. Pero, contrariamente, las pruebas por las que ha pasado su líder

en la resistencia al salazarismo y el subdesarrollo de la sociedad sobre la que actúa, han conducido al

comunismo portugués al lado de la intransigencia. Estos factores son importantes pero no esenciales.

Estrategia política

La opción entre lenguaje duro y envolvente parece estar mucho más unido a la estrategia política. El

eurocomunismo de italianos, españoles, islandeses y de la mayoría de finlandeses parece desprenderse de

su voluntad de estar presentes en el Gobierno y en los dos países nórdicos ha conseguido ser una realidad,

pero en los países mediterráneos corresponde a un proyecto vivaz. Pondremos de relieve que esta

participación efectiva o eventual no está basada en la unión de la izquierda, salvo, quizá, en Madrid, en

donde Santiago Carrillo parece conservar cierta vaga esperanza sin demasiadas ilusiones.

En Helsinki y en Reykjavik los partidos comunistas se entregan a horribles prácticas denunciadas

cotidianamente por su homólogo de París: la alianza del centro; y en Roma, Berlinguer espera limitarles

un día, bajo la máscara más atractiva del «compromiso histórico».

La historia del comunismo francés verifica esa hipótesis demostrando que el mismo partido en el

transcurso de su existencia adopta un lenguaje u otro según sus variaciones estratégicas. La actual

violencia de Georges Marcháis y su entorno sorprende únicamente a quienes han olvidado las palabras de

Maurice Thorez y su estado mayor, después de la ruptura de la alianza gubernamental de 19441947.

«Provocador, está hablando como Goering», decía gentilmente el hijo del pueblo a François Mitterrand,

en el debate de la Asamblea Nacional del 29 de noviembre de 1947.

Unos días antes, desde la misma tribuna, Jacques Duelos acusaba al presidente de la República es decir, al

general De Gaulle de «esforzarse por obtener la confianza de Wall Street», al igual que el presidente

socialista del Consejo, y añadía, refiriéndose a ambos: «Para ustedes, algunos deseos son órdenes.»

Los giros del PCF

El 30 de septiembre de 1948, el buró político proclamaba que «el pueblo de Francia no hará la guerra

contra la Unión Soviética», y el 22 de febrero de 1949, el secretario general iba mucho más lejos. En

efecto, a la pregunta «¿qué haría usted si la Armada roja ocupara París?» contestó sencillamente:

«¿Podrían los trabajadores franceses comportarse respecto a la Armada soviética de modo distintos a los

de Polonia, Rumania y Yugoslavia?»

El mismo Maurice Thorez se había mostrado bastante razonable en 1935, en las negociaciones sobre el

programa del Frente Popular. Jacques Kayser, representante del Partido Radical para dichas

conversaciones, ha recordado a menudo que aquél estaba de acuerdo con los comunistas la mayoría de las

veces para moderar el ardor reformista de los socialistas. Lo esencial radicaba en asegurar la victoria

electoral de la unión de la izquierda.

El líder histórico del Partido Comunista Francés mantendría esa prudencia realista en el gobierno de

liberación en el que ayudó a que los trabajadores comprendieran la necesidad del sacrificio para

reconstruir el país. Del mismo modo, el maligno Marcháis de hoy no debe olvidar al amable Marcháis de

ayer, en el que se mostraba conciliador en 1972 cuando las discusiones del programa común, en 1973

en las elecciones legislativas, en 1974 en las presidenciales y en 1977 en las municipales.

No tienen pudor

Se hubiera podido creer que, en este último periodo, el partido se transformaría. Parecería decidido a

progresar lentamente hasta una democratización que muchos de sus militantes deseaban. ¿Acaso sus

dirigentes han sentido vértigo ante un volver a poner en tela de juicio la ideología y la estructura que era

su necesaria consecuencia? Han vuelto a la tradición que hace que los dos lenguajes del partido

correspondan no a dos fases de un movimiento dialéctico perpetuamente renovado.

Todas las organizaciones, todos los individuos cambian de vocabulario al mismo tiempo que de

estrategia, pero la mayor parte de ellos toman precauciones formales para disimular, más o menos, los

cambios y dar la sensación de una coherencia. Pero los comunistas no tienen ese pudor y cambian

brutalmente de sentido, olvidando sus argumentos anteriores o justificándolos con acusaciones fantasiosas

en contra de sus adversarios o colegas y sin preocuparse de la verosimilitud. Cuando se encierran en su

fortaleza la refuerzan con el mismo ardor y la misma alegría que utilizan para escandilar en los momentos

de apertura.

Quizá volvamos a ver al Marcháis sonriente y meloso, si Dios le concede larga vida. Si no es así, otro

ocupará su lugar si el partido considera que es éste su interés. Todo consiste en esperar.

 

< Volver