Autor: Tamames, Ramón. 
   La España ausente     
 
 El País.    11/11/1978.  Páginas: 1. Párrafos: 12. 

La España ausente

RAMÓN TAMAMES

Diputado por Madrid, del PCE

Las dos giras europeas de parlamentarios, que promovió el Instituto Español de Emigración en los

últimos días, han servido para exponer de viva voz el contenido de la Constitución a un buen número de

compatriotas de la emigración transpirenaica. Han constituido experiencias de honda significación que no

pueden quedar sin reflejo en la opinión pública —lo que en parte ya ha hecho la prensa y en la realidad

política y social. Los anhelos expresados en Bruselas, Amsterdam, Londres, París, Francfort o Zurich

deben plasmarse en realizaciones concretas que empiecen a devolver la confianza a esa España hasta

ahora ausente que representa casi un 10% de la nación y que con su esfuerzo ha contribuido de forma

decisiva a las transformaciones económicas y al cambio político acaecidos en los últimos dos decenios.

Un esfuerzo realizado casi siempre en condiciones difíciles, lejos de la escena propia, en un exilio

prácticamente forzoso que en aparente paradoja se formó en su mayor proporción coincidiendo con una

fase de fuerte crecimiento.

Pero no entremos ahora en explicaciones históricas que podrían ser muy largas y pasemos a analizar

directamente las aspiraciones expresadas por nuestros emigrantes a los parlamentarios que les visitamos.

Aspiraciones que quedaron formuladas en el curso de largos debates, llenos de interés, y a los que se

aportaron argumentos apasionados y hasta acalorados. Como era completamente lógico que sucediese en

encuentros de esta clase, que sin duda deberían haberse celebrado mucho antes, y que significaron un

primer diálogo entre una España aún social y políticamente marginada —y que por ello, claramente se

siente dolida y explotada y los representantes de esta otra España de aquí, en que han de cambiar tantas

cosas, pero que todavía no inspira la credibilidad indiscutible que sólo las realizaciones efectivas pueden

llegar a dar.

Algo quedó bien claro en este viaje constitucional: que la Constitución la apreciará más profundamente la

inmensa mayoría en la medida en que vean reflejados en sus artículos las propias necesidades, y también

según aprecien que en ella se dé respuesta a sus anhelos de comprensión, de solidaridad y de una vida

mejor. Y en este sentido, las dos menciones que contiene el texto constitucional sobre la España emigrada

serán, a todas luces, insuficientes en tanto no se desarrollen con amplitud y eficacia. Así sucede con el

enunciado del artículo 42. que promete una inaplazable atención especial a los intereses de los

trabajadores españoles en el exterior, y que se refiere vagamente a la política de retorno. Y en cuanto al

artículo 68. sobre el derecho de voto de los ciudadanos fuera del territorio español, no es extraño que tal

promesa resulte acogida de momento con el más general escepticismo, ante la triste experiencia de lo

sucedido en las elecciones del 15 de junio de 1977, cuando el derecho de sufragio ni siquiera pudo

ejercitarlo el 5% de la población española en el exterior.

Todo indica —y en las capitales europeas hemos tenido buena constatación de ello— que los problemas

de la emigración, en esta hora constituyente, deben tratarse, con carácter igualmente constituyente. Los

emigrantes dejaron bien patente en sus intervenciones la necesidad de una nueva ley de Emigración.

Incluso algunos llegaron a concretar ese objetivo en la urgente celebración de un congreso de la

emigración, para en él sentar las bases de la futura ley a debatir en el Parlamento.

Antes esos propósitos, que inexcusablemente hemos de hacer nuestros, cabe preguntar: ¿Cuáles son las

cuestiones más importantes? Muchas, pero en un repaso rápido las que con más frecuencia escuchamos

los parlamentarios en nuestro recorrido europeo son las que paso a reseñar:

1. La equiparación en seguridad social y en otras condiciones de trabajo con los nacionales de los países

de residencia; esto es el final de la discriminación. Para lo cual es preciso mejorar los convenios

bilaterales así como plantear la aplicación inmediata de determinadas convenciones del Consejo de

Europa.

2. Un trato de verdaderos ciudadanos y no de subditos simplemente— en nuestros consulados, donde,

según se nos manifestó, no siempre funcionan los servicios con la eficiencia y el nivel de atención que

son exigibles.

3. Una preocupación especial por la educación de los hijos, y sobre todo por la enseñanza de la lengua

española, de modo que se eviten no pocas situaciones de bilingüismo desequilibrado, del que surgen

problemas muy graves, tanto de pérdida de identidad como de brecha generacional entre padres e hijos.

4. Una regulación específica del servicio militar para los jóvenes, de modo que resulte posible su

sustitución por prestaciones especiales de carácter civil, a realizar dentro de la misma comunidad

española del país en que se vive y labora.

5. La instrumentación del efectivo derecho de retorno, relacionando el ahorro del emigrante y toda una

serie de inversiones públicas con proyectos concretos de industrialización, modernización agraria y

vivienda en Andalucía, Galicia, Extremadura y en otras regiones de fuerte emigración.

6. Y para que todo no quede en meras palabras será de gran importancia la representación efectiva de los

emigrantes en el futuro Consejo de Planificación (artículo 131 del texto constitucional), y en los

principales organismos de decisión de la inversión pública.

Por último y no lo menos importante—, si se quiere que lo expuesto tenga desde el principio auténtica

verosimilitud, me parece indispensable que ya en el referéndum puedan votar todos los emigrantes que así

lo quieran, sin más obstrucciones burocráticas, simplemente exhibiendo el pasaporte el día 6 de diciembre

en cualquier oficina consular española. Bastará con que en una página concreta del pasaporte, tras ejercer

el derecho de sufragio, se ponga un sello que simplemente diga: Votó en el referéndum constitucional.

Con un decreto-ley al respecto, análogamente a lo ya decidido para los ciudadanos de dieciocho a

veintiún años, aún estamos a tiempos de que la hasta ahora España ausente de verdad empiece a sentirse

en el marco de la nueva Constitución.

 

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