Autor: Claudín Ponte, Fernando. 
   La obsesión de Santiago Carrillo     
 
 El País.    15/03/1979.  Página: 12. Páginas: 1. Párrafos: 6. 

POLÍTICA

TRIBUNA LIBRE

La obsesión de Santiago Carrillo

EL PAÍS, jueves 15 de marzo de 1979

«Genio y figura hasta la sepultura»: el secretario general del PCE no puede resistir a su hábito de dar

lecciones a diestra y siniestra, de repartir amonestaciones y consejos, de lanzar amenazas y pronosticar

catástrofes en caso de no atenderse sus recomendaciones. Es más fuerte que él. En el informe que acaba

de presentar al Comité Central del PCE supera, a este respecto, todas las marcas anteriores. Y eso, con

sólo un 1,5 % de aumento en el pequeño porcentaje electoral de su partido. Habría que verle si el PCE

alcanzara, aunque sólo fuera, la cota del Partido Comunista portugués.

Para Carrillo todas las dificultades de nuestro proceso político derivan de falta de clarividencia política en

los otros. «Con las elecciones —dice en su informe— hemos perdido tres meses para abordar los

problemas políticos, económicos, sociales fundamentales por la falta de clarividencia política tanto del

PSOE, como de AP y UCD». Para abordarlos, ¿cómo? El secretario general del PCE, que se considera

marxista, no puede ignorar que la manera de «abordar» los problemas del país, así como la «clarividencia

política», tienen algo que ver con los intereses sociales representados por los partidos políticos. En la

situación anterior, bajo la hegemonía de UCD, se «abordaban» predominantemente —y se hubiera

seguido abordando durante los «tres meses»— desde el punto de vista de las clases privilegiadas. Incluso

la Constitución «consensuada» lleva este sello, pese a ser el terreno más propicio para los compromisos

entre los intereses contrapuestos por representar únicamente el marco legal en que dichos intereses han de

dirimirse. La única manera de modificar tal situación era que el país se pronunciase democráticamente

por un cambio de dirección política hacia la izquierda. Oponerse a las elecciones significaba oponerse a

esta posibilidad. Naturalmente, era sólo una posibilidad. Había el riesgo de una revalidación de la

hegemonía ucedista, como en efecto ha sucedido. Pero incluso en este caso había el aspecto positivo de

situar el funcionamiento del régimen parlamentario, una vez aprobada la Constitución, sobre la base de

una clarificación de las opciones políticas de los electores. La propuesta de renunciar a esta clarificación,

de reemplazarla por un nuevo pacto entre los estados mayores de los partidos, marginando al sufragio

universal, revelaba una singular concepción de la democracia.

¿Clarividencia política? La UCD ha demostrado no carecer de ella ni en la situación anterior ni en la

batalla electoral en tanto que intérprete de los intereses globales del capitalismo español. En cuanto

al PSOE se refiere, Carrillo lo ataca precisamente por donde menos pecado había: lo ataca porque no

siguió sus recomendaciones después del 15 de junio, porque no se propuso entrar en un Gobierno

dominado por la UCD y los «poderes fácticos». A nuestro parecer esta actitud del PSOE ha sido una

prueba de «clarividencia política» en tanto que principal partido de los trabajadores en este país. El PSOE

ha incurrido, nos parece, en otros errores, sobre los que tendremos ocasión de opinar, pero no en ese que

le reprocha Carrillo. Le ha perjudicado, en todo caso, no diferenciarse más aún de la UCD.

Mimetismo simplista

La propuesta de Gobierno de concentración democrática, que ha sido y sigue siendo el eje de la estrategia

del PCE, tiene la seducción de las fórmulas simples y miméticas frente a problemas complejos y nuevos.

La referencia mimética, en este caso, son los gobiernos de unión antifascista formados en diversos países

europeos durante el período constituyente que abrió la derrota del fascismo, o también la política de

«compromiso histórico» del Partido Comunista italiano. Pero la UCD no puede asimilarse, por razones

obvias, a la Democracia Cristiana italiana ni al partido gaullista francés, formados en la resistencia

armada contra el fascismo; la democratización española a partir de la legalidad franquista no puede

asimilarse a la ruptura revolucionaria que representó la victoria de la resistencia. La izquierda participó

entonces en los gobiernos con posiciones de fuerza, parlamentarias y, sobre todo, extraparlamentarias,

que contrastan radicalmente con la situación de la izquierda española en nuestro proceso constituyente. Y

aun así, aquella experiencia terminó con el profundo quebrantamiento de la izquierda y la consolidación

por mucho tiempo de la dominación capitalista. El Partido Comunista italiano ha iniciado la entrada en el

«área gubernamental» a partir de una sólida implantación en todas las esferas de la sociedad italiana, de

una gran consistencia orgánica e ideológica del partido y del movimiento sindical, y pese a ello la

subordinación en que se ha colocado respecto a la Democracia Cristiana ha servido fundamentalmente —

como reconoce ahora el PCI en sus tesis para el XV Congreso del partido— para debilitarle y agravar al

mismo tiempo la crisis italiana. Es fácil imaginarse lo que hubiera sucedido con el PSOE si entra en el

Gobierno bajo la hegemonía de la UCD, dada su debilidad orgánica e ideológica y con una relación de

fuerzas global condicionada por la conservación de los aparatos estatales heredados del franquismo,

apenas reformados. El simplismo de la fórmula carrillista reside en ignorar éstos y otros factores

decisivos, propugnando una panacea seductora sin base real. La presencia del PSOE en el Gobierno

hubiera dado un aval de izquierda a la política «centrista» y provocado la descomposición del PSOE, sin

jugar siquiera el papel de factor estabilizador, porque los sectores más reaccionarios habrían utilizado la

presencia socialista en el Gobierno para intensificar el sabotaje del proceso democrático. Por eso la UCD,

con una percepción más clara de los intereses globales del sistema social que la que tienen —o han

tenido— algunas fracciones de las clases dominantes, no propició la entrada del PSOE en el Gobierno.

Las ventajas del «aval» frente a las masas populares no compensaban la agudización de las

contradicciones en el seno de las clases dominantes.

Fobia antisocialista

Tanto en su informe ante el Comité Central como en la reciente campaña electoral y en todo el periodo

posterior a las elecciones del 15 de junio, los ataques al PSOE constituyen un ingrediente fundamental de

la política de Santiago Carrillo. No es sólo la crítica normal derivada de divergencias estratégicas o

tácticas. Hay una fobia antisocialista que es correspondida por la fobia anticomunista de algún que otro

dirigente del PSOE. Resulta revelador, en le que concierne al secretario general del PCE, que después de

atacar al PSOE durante año y medio por negarse a entrar en el gobierno UCD, lo haya atacado durante la

campaña electoral por disponerse, supuestamente, a entrar en él. Era lógico que la campaña se polarizase

en el enfrentamiento de los dos partidos mayoritarios en la derecha y la izquierda, puesto que

representaban las opciones políticas posibles en la actual coyuntura. Pero esa lógica no existía para

Carrillo. Según él, se trataba de un duelo ficticio. Había «tongo». Adolfo y Felipe estaban ya concertados,

y al día siguiente de las elecciones se darían el gran abrazo. El desmentido de los hechos no ha inmutado

al secretario general y en su informe ni siquiera ha considerado necesario dar explicaciones. Haciendo

otro giro de 180°, ha vuelto a atacar al PSOE por no adoptar la política de concentración preconizada por

el PCE, que hoy como ayer significaría poner a la izquierda a remolque de UCD. Se evidencia así que la

cuestión es atacar al PSOE, sea como sea. La obsesión PSOE de Carrillo sólo es comparable a la obsesión

PSF de Marcháis. En ambos casos consideran inadmisible un partido socialista mayoritario y se

proponen, como objetivo prioritario, «reequilibrar» a la izquierda debilitando a ese partido. Reequilibrarla

y poner a cada uno en su sitio. El partido socialista tiene que ser socialdemócrata, porque así lo decidió la

«historia» interpretada por los teóricos «marxistasleninistas» de la Tercera Internacional. Y el partido

comunista tiene que ser, en virtud de la misma interpretación, el auténtico representante de los

trabajadores. Puede haber otros, pero no «auténticos». Desde el actual «izquierdismo» de Marcháis

todavía tiene cierta coherencia resucitar esa vieja concepción estaliniana, pero desde la práctica política

de Carrillo en los últimos dos años suena demasiado a falso. Esta práctica está mucho más cerca de la

socialdemoeracia que la resistencia del PSOE a pasar por el aro de convertirse en apéndice político de

UCD. En realidad, tanto en los partidos socialistas que no han renunciado a la lucha por el socialismo,

como en los partidos eurocomunistas, hay tendencias socialdemócratas. Y es normal que así sea, porque

tales tendencias tienen su raíz en la misma complejidad y contradictoriedad de la lucha de clases. Pero

mientras los partidos socialistas lo reconocen y admiten, no sucede lo mismo en todos los partidos

eurocomunistas. En el más maduro —el PCI— es un fenómeno normal la tendencia claramente

socialdemócrata encabezada por la prestigiosa figura de Amendola. Análoga situación comienza a existir

también en el PSUC. Pero el PCF y el PCE se resisten a legitimar las tendencias que se manifiestan en su

seno, tanto las socialdemócratas como las otras. Y para desviar la atención de los aspectos

socialdemócratas de su práctica política, que no son pocos, claman contra las «desviaciones

socialdemócratas» de los demás. ¿Por qué no cargar cada uno con las suyas?

No es casual que Santiago Carrillo haya aprovechado el ligero descenso de votantes del PSUC para

lanzarle en su informe una buena andanada de amonestaciones: demasiado catalanismo, insuficientes

ataques al PSCPSOE, y demasiadas tendencias. Sobre todo, esto último. La amplia libertad de debate y

reflexión que existe en el PSUC contrasta con el ambiente que aún prevalece en el PCE, sobre todo en sus

instancias dirigentes. Es un modelo perturbador y contagioso, difícilmente soportable para Castelló, 36.

Porque pese a los pasos dados en el IX Congreso, la democratización del PCE sigue siendo una cuestión

tan actual y urgente como la democratización de los ayuntamientos.

 

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