Autor: Tamames, Ramón. 
   Crisis de la sociedad y reflexión sobre los partidos políticos / 2     
 
 El País.    26/11/1980.  Página: 18. Páginas: 1. Párrafos: 12. 

18/NACIONAL

EL PAÍS, miércoles 26 de noviembre de 1980

TRIBUNA LIBRE

Crisis de la sociedad y reflexión sobre los partidos políticos / 2

RAMON TAMAMES

El pretendido liberalismo vive de mitos. Como el de la necesidad de disminuir los salarios reales; a pesar

de que la experiencia demuestra que la mayor desigualdad en la distribución de la renta no favorece

precisamente el crecimiento, sino más bien lo contrario.

4. Las recetas del falso liberalismo

Por otra parte, tampoco puede conseguirse un desarrollo más rápido a base simplemente de disminuir la

intervención del sector público. También en este caso la experiencia indica con claridad que el

crecimiento fue mayor con más intervención; al menos en países como Estados Unidos durante la

segunda guerra mundial. Y en el Reino Unido, a pesar de la mayor intervención pública desde 1945, el

crecimiento también resultó más veloz que en los años veinte y treinta, de menor presencia del Estado en

la economía. Desde luego que la tecnología y el ciclo, también contribuyen a esas variaciones, pero

parece suficientemente claro que no cabe aceptar, sin más, como una relación causa/efecto irrefutable la

de mayor intervención pública/tendencia al declive económico. Sin ir más lejos, Japón es un ejemplo de

actividad del Estado en íntima conexión con la empresa privada.

También los nuevos y falsos liberales pretenden que el sistema económico ha adquirido una excesiva

rigidez a causa del gran número de reglamentaciones económicas y laborales. Pero suprimir todas esas

regulaciones resulta literalmente imposible, porque los problemas técnicos van haciéndose más y más

complejos en materia de contaminación, energía, alimentación, etcétera. Realmente, al final, podemos

apreciar cómo el sueño liberal no es una aspiración romántica, de simplificar la vida para simplificar las

intervenciones; más bien es un propósito disfrazado de suprimir las intervenciones más molestas para los

fuertes, al tiempo que se pretende lograr más protección para los de siempre.

5. «La defensa del territorio»

Con un menor peligro de guerra —o por lo menos esa es la apariencia—, con un mayor desarrollo del

sindicalismo y de los movimientos de liberación, las decisiones son más difíciles de adoptar en el mundo

de hoy. Nos hallamos en una sociedad donde existe la conciencia de que la mejora de cualquier grupo

social implica el deterioro relativo de otro u otros grupos. Es la sociedad de suma cero a la que se ha

referido Lester C. Turow. En esa sociedad, cada uno se defiende para impedir que disminuya su nivel

relativo, de la forma que aproximadamente Robert Audrey ha sabido describir en su estudio antropológico

sobre El instinto del cazador, al referirse a la defensa que cada grupo social hace de su propio territorio,

para evitar la entrada de cualquier intruso que pueda poner en peligro su grado de bienestar.

La «defensa del territorio», se exacerba con la crisis. En el caso de las relaciones de trabajo, con la

segmentación del mercado se agudiza el gremialismo, los planteamientos insolidarios por parte de una

considerable proporción de trabajadores que a toda costa pretenden mejorar, en tanto que el conjunto

empeora. Y, análogamente sucede con el corporativismo de los cuerpos de funcionarios, que en medio de

la crisis pretenden, mantener sus privilegios, y a ser posible incluso aumentarlos. Así, el gremialismo y el

corporativismo —y no digamos, el crónico egoísmo social de la oligarquía— introducen una gran rigidez

en el sistema, dificultan el pacto para redistribuir el trabajo y la renta, y acaban —a menos que haya un

Gobierno de amplia base popular decidido a arrostrar la impopularidad— por hacer sumamente difícil o

imposible una verdadera planificación democrática.

6. Balcanización del poder

Hay, además, una balcanización del poder. En el período de entreguerras (19181939), o incluso antes de

la primera guerra mundial, se hablaba de los Balcanes como del «avispero de Europa», por el mosaico de

nacionalidades existentes en una multiplicidad de Estados de reciente creación y sumamente inestables.

Cualquier problema en los Balcanes se convertía en conflicto, por la falta de verdaderos poderes

constituidos para superar las contradicciones pacíficamente. Esto es lo que comienza a pasar también hoy

en el interior de casi todos los Estados.

Y España no es ninguna excepción. El poder del Estado ya no es reconocido como un excelso diariamente

de conflictos. Las nacionalidades, regiones y municipios, los grupos sociales más diversos, las

asociaciones —por no hablar de los sempiternos grupos de presión— quieren intervenir en cualquier

decisión, participar en la elaboración de cualquier norma, vigilar su aplicación cuando afecte a su

problema, a «su territorio». Por ejemplo, la localización de las plantas energéticas o industriales, las

explotaciones mineras, el reparto de los impuestos, las competencias de educación, las facilidades

financieras, etcétera. Incluso llega a verse amenazada la propia integridad del mercado nacional, tan

costosamente construido a lo largo de mucho tiempo.

Y en cualquier caso, lo que está claro es que por la balcanización, las decisiones tardan mucho en

adoptarse, y cuando se logran, las soluciones no siempre son las mejores para los intereses generales de la

comunidad, sino el resultado de una difícil transacción en la cual los intereses más fuertes (aunque no

sean los mayoritarios) son los que acaban por pesar más.

7. Electoralismo y seguridad

A las anteriores dificultades ha de agregarse que el breve plazo entre elecciones no favorecen

precisamente los proyectos de inversión a largo plazo, que resultan muy costosos, que son cada vez de

más difícil decisión, y que a la postre se revelan como de pequeño rendimiento electoral. Se prefieren los

proyectos a corto plazo, de más clara rentabilidad electorera. Así, la previsión económica y la

planificación, quedan sustituidas por las medidas semidiariamente improvisadas por las perentorias

circunstancias; como la planificación acaba por presentarse como si se tratara de una quimera

inalcanzable, sobre la que además está de moda —entre los pseudoliberales— hacer bromas de más o

menos mal gusto.

Hay, incluso, aspectos de psicología social insuficientemente valorados. Quiero decir que como

consecuencia de la experiencia histórica de las últimas décadas de crecimiento, existía y aún existe la

expectativa de una continua mejora en el nivel de vida. Y parar en esa senda que parecía iba a ser siempre

ascendente, origina frustraciones, hace insufrible la sensación de pobreza simplemente por crecer más

lentamente de lo que cada uno esperaba.

Por lo demás, en la situación anterior, el crecimiento acelerado representaba un efecto de lubricación, se

admitían transitoriamente algunas pérdidas comparativas, en la seguridad de que en poco tiempo se

recuperaría la distancia perdida. Pero esto es mucho más difícil o termina por hacerse imposible en una

fase de estancamiento como la que ahora atravesamos.

Otro factor que influye en la rigidez del sistema es el deseo de obtener un mayor grado de seguridad. El

riesgo al que tanto se alaba todavía por los empresarios en los discursos, se evita siempre que se puede, y

para ello se recurre al Gobierno. Aunque a veces la «salvación» no sea otra cosa que prolongar su agonía,

sin una verdadera reconversión. De esta forma se gana en seguridad, pero se pierde en competencia, y el

progreso —entendido como antes— no puede por menos de ralentizarse. Lo cual no sería ninguna

tragedia si se hiciese racional y voluntariamente, como se pretende por los partidarios del crecimiento

cero.

Ramón Tamames es diputado del PCE por Madrid. La primera parte de este artículo se publicó en la

edición de EL PAÍS de ayer, día 25.

 

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