Autor: Sánchez Montero, Simón. 
   Un congreso libre y conflictivo     
 
 El País.    20/04/1978.  Páginas: 1. Párrafos: 21. 

EL PAÍS, jueves 20 de abril de 1978

OPINIÓN

TRIBUNA LIBRE

Un Congreso libre y conflictivo

SIMÓN SÁNCHEZ MONTERO

Del Comité Ejecutivo del PCE

Pocas veces, creo que ninguna, un congreso de un partido político en España ha despertado tanta

expectación y motivado tantos artículos y comentarios como el próximo IX Congreso del PCE, que tendrá

lugar en Madrid dentro unos días. Y nunca su celebración ha sido precedida de una discusión tan libre,

abierta y apasionada dentro del mismo partido como en esta ocasión.

Pero el debate tiene también lugar fuera del partido, sobre todo en la prensa y demás medios de

información de masas. No me refiero sólo a la información del mismo, sino a la participación en él.

Primero, en muchos casos, con un planteamiento falso, sensacionalista: ¡El PCE abandona el leninismo!

Y en otros casos, como en el editorial de EL PAÍS del día 6 de abril, casi dirigiéndose a los afiliados del

partido, contestatarios o no, y diciéndoles: habéis equivocado el tiro. El problema no es el leninismo, sino

los viejos «dirigentes históricos», abnegados, pero tontos. ¡Echarlos!, esa es la verdadera solución. Bien,

no podemos negar a nadie su derecho a opinar. Estamos en una democracia.

Si. El IX Congreso del PCE ha armado mucho ruido. Creo que seguirá armándolo para bien, en definitiva,

del PCE y de la democracia. Por eso es justo agradecer a los medios de información, y yo lo hago de muy

buena gana, su contribución para que la resonancia del congreso sea lo más fuerte posible.

El contenido del debate

Como sucede en la mayoría de los problemas políticos en apariencia muy complejos, el fondo del debate

que tiene lugar en el PCE es muy sencillo. Podríamos resumirlo así: ¿Es posible la existencia, en un país

como España, de un partido comunista y democrático? Especifiquémoslo bien para que no haya

equívocos. Se trata de un partido democrático de verdad, tanto como el que más lo sea, pero al mismo

tiempo de un Partido Comunista, revolucionario. Revolucionario, no porque pretenda la insurrección

armada, la lucha violenta, la destrucción del Estado burgués para implantar la dictadura del proletariado,

sino porque mediante la lucha política legal de masas, en el Parlamento y en todos los ámbitos de la

sociedad pretende, a través del desarrollo de la democracia, transformar la sociedad y llegar al socialismo

y al comunismo. Para lo cual es precisa la participación de la gran mayoría de la población, es decir, una

gran coalición de fuerzas políticas y sociales, entre las que el PCE será uno más.

Se trata, en realidad, y a la escala de un partido que sólo tiene el 10% escaso de los votos, del mismo

intento que en 1968 tuvo lugar en Checoslovaquia, y que se denominó «la primavera de Praga». Se

trataba allí de demostrar que socialismo y democracia, lejos de ser antitéticos, son las dos caras

indivisibles de la misma moneda. Y también allí, como aquí en el PCE, los realizadores de aquel

movimiento salieron del mismo Partido Comunista checo, y habían sido antes estalinistas. Pero no creo

que sea honesto dudar de su sinceridad democrática, que por cierto les costó bastante cara. ¿Y con qué

títulos se puede dudar de la sinceridad democrática de los dirigentes «históricos» del PCE?

La primavera de Praga terminó como todos sabemos. Y los reaccionarios de todo el mundo, los que

mantenían que socialismo y libertad son incompatibles, dieron un suspiro de satisfacción. ¡Ya lo decían

ellos! Aquella borrachera de libertad sólo podía llevara lo que llevó: a los tanques soviéticos en las calles

de Praga.

También aquí, en el proceso de renovación del PCE, los obstáculos son grandes, y el objetivo aún no ha

sido logrado plenamente. Pero yo tengo la seguridad de que lo lograremos y tendremos un PCE

democrático y en nada parecido a un partido socialdemócrata.

Leninismo

De todos los problemas debatidos en las conferencias locales, regionales o de nacionalidades, que se han

celebrado ya en su totalidad, el más controvertido ha sido el de si leninismo no o leninismo sí. Es decir, si

el PCE se define, como hizo siempre, como un partido marxista-leninista o, de acuerdo con lo que se

propone en las tesis políticas y en el proyecto de estatutos presentados por el comité central, como un

«partido marxista, democrático y revolucionario».

¿Es ése el problema más importante? No y sí al mismo tiempo. Me explicaré.

No lo es, porque de lo que se trata es de elaborar lo que en la jerga del partido se denomina la nueva «vía

al socialismo», «la estrategia y la táctica» del partido. Es decir, se trata de elaborar el pensamiento

político, las formas en que el partido cree que es posible salir hoy de la crisis económica, desmantelar el

aparato de la dictadura y consolidar la democracia para desarrollarla después hasta llegar al socialismo y

al comunismo. Esa política es el eurocomunismo. Y la discusión preparatoria del congreso está mostrando

que, con matices y variaciones, todos o casi todos los militantes del partido están de acuerdo con ella.

Pero el instinto político no engaña a los camaradas. El definirse o no como partido leninista no es cuestión

baladí: es esencial. No porque el dejar el término leninista como definitivo signifique cambiar la política

que el partido ha seguido desde hace años para iniciar un rumbo diferente, sino porque al definirse como

partido marxista, democrático y revolucionario, el PCE rompe definitivamente con el pasado..., y con el

presente dogmático del comunismo. Se trata de romper con la Iglesia, con el catecismo y, lo que es más

doloroso, con los santos de esa religión en que los dogmáticos han convertido al «leninismo».

Se trata de volver al marxismo revolucionario y democrático, la teoría que inspiró toda la acción

revolucionaria de Lenin. Al actuar así (si así lo decide), el IX Congreso del PCE procederá de pleno

acuerdo con el pensamiento y el estilo de Lenin. No es que el partido «abandone» el leninismo. Es que la

historia, el desarrollo económico, político, científico, cultural, etcétera, que han creado un mundo

radicalmente distinto del que Lenin conoció, ha superado las tesis fundamentales del leninismo, que

fueron justas porque respondían a las necesidades del movimiento revolucionario en aquella época. Por

eso el partido deja de llamarse leninista, y con el bagaje del marxismo revolucionario (que comprende

también a Lenin, como a otros pensadores y revolucionarios marxistas, en lo que tienen de permanente)

se dispone a lanzarse a la alta mar y navegar con decisión hacia las playas del socialismo y del

comunismo.

El tiempo del debate

En opinión de muchos camaradas, el comité central ha procedido de forma irreflexiva y precipitada al

lanzar al partido a este debate sobre el leninismo, debate para el que no estaba preparado, que se ha hecho

en muy poco tiempo (en algunos casos es verdad). ¿Qué necesidad teníamos, según esos camaradas, de

buscarnos este lío? ¿Por qué no dar más tiempo, abrir un amplio debate, y dejar que los camaradas lo

fueran asimilando poco a poco? Y como prueba de lo que dicen ponen el ejemplo de otros partidos

eurocomunistas que siguen llamándose marxistas-leninistas y que, sin embargo, son grandes partidos, con

un elevado porcentaje de votos.

Parecen argumentos de peso, pero en realidad no lo tienen tanto. El debate dura ya en el partido muchos

años. Claro que ha sido un debate realizado por un partido clandestino, acuciado por la necesidad de

actuar con muy pocos medios y en condiciones muy difíciles. En consecuencia, se ha debatido

principalmente a nivel de dirección y colaboradores más inmediatos. A la base del partido ha llegado el

resultado de la elaboración, los planteamientos políticos orientados hacia la inmediata acción de masas. El

partido actuaba, luchaba, veía que su acción confirmaba, en general, la línea política, pero discutía muy

poco. Eso era la consecuencia, en primer lugar y sobre todo, de la clandestinidad. Pero también de una

mala concepción del trabajo, que hacía caer a los militantes en un activismo reivindicativo de carácter

casi sindical muchas veces, cuyas perniciosas consecuencias estamos pagando todavía.

Pero la vida no espera a que los comunistas resolvamos nuestros problemas teóricos y políticos: nos

plantea acontecimientos ante los que hemos de definirnos clara y rápidamente. Santiago Carrillo ha

hablado de la necesidad de ganar, en muy pocos años, un tiempo histórico de treinta años que llevamos de

retraso sobre otros pueblos y partidos europeos. Y sólo podemos ganarlo actuando con resolución,

audazmente.

Eso es verdad. Pero hay otra razón poderosa para la urgencia. Lenin fue el autor de una frase famosa:

«Sin teoría revolucionaria no hay movimiento revolucionario.» La historia ha confirmado la verdad de esa

afirmación. Lo característico de los partidos socialistas y socialdemócratas es un desprecio olímpico por

la teoría revolucionaria, hasta tal punto que, en el mejor de los casos, el único «consumo» que se hace de

ella es la vaga enumeración de unos cuantos enunciados «teóricos», casi siempre librescos, sin relación

con la actividad política real. Esa actividad está determinada, casi siempre, por el más puro empirismo y

se caracteriza por el oportunismo político, por el deseo de ganar las elecciones y realizar algunas reformas

más o menos importantes, pero sin plantearse jamás de verdad la transformación socialista de la sociedad.

Por otra parte, si la teoría no se enriquece continuamente con el estudio y generalización de las

experiencias que proporciona la práctica, se anquilosa y da lugar al dogmatismo izquierdista, tan corriente

hoy.

Pero todo lo anterior significa que, para un partido que oriente su actividad partiendo de la teoría, una

formulación teórica inadecuada de su política y de sí mismo perjudica seriamente su desarrollo, aunque

sea una política justa. Si ese desfase se prolonga mucho tiempo, el perjuicio será mucho mayor. El PCE

hace una política eurocomunista. Pero el eurocomunismo no cabe en el leninismo: los teóricos soviéticos

y otros lo han visto claramente. Y en efecto: al ampararse bajo la etiqueta del leninismo, al que negaba en

la práctica, estaba restando fiabilidad democrática u la política del partido y actuaba como un freno para

su desarrollo teórico y práctico.

No era posible esperar, pues la vida no se para. Era preciso, como hizo Lenin en 1917, tirar la vieja

camisa y buscar nuevos caminos audazmente.

Las formas del debate. Los hombres

La democracia en el partido no era posible en la clandestinidad. Ni siquiera para elegir los delegados a los

congresos. Pero la dirección del partido estaba creando conscientemente las condiciones para que la

democratización a fondo del partido fuese imparable, inevitable, por más esfuerzos que alguien pudiese

hacer para evitarla. Conscientemente sembramos vientos de libertad para provocár este vendaval de

críticas, de libertad, de democracia. Aunque ese vendaval se llevase por delante a todos los históricos. Los

hechos han sido así, y creo que nadie, honestamente, puede poner en duda la sinceridad democrática de

los que los han propiciado.

El debate previo ha sido conflictivo, por ser plenamente libre, y el congreso también lo será,

probablemente. Pero, cualesquiera que sean sus decisiones, yo estoy convencido de que servirá para crear

el Partido Comunista nuevo para una nueva política comunista, partido que, en mi opinión, será muy

importante para la democracia española.

 

< Volver