Autor: Comín, Alfonso . 
   Intelectuales de iuzquierda y organización de la cultura     
 
 El País.    24/08/1977.  Páginas: 1. Párrafos: 16. 

CULTURA

EL PAÍS, miércoles 24 de agosto de 1977

TRIBUNA LIBRE

Intelectuales de izquierda y organización de la cultura

ALFONSO COMIN

Miembro del comité ejecutivo del PSUC

«La guerra de España, entre mil cosas grandiosas y mezquinas, habrá servido al menos para diferenciar y

situar los límites de la inlelligentzia.» Estas palabras de Guillermo de Torre encabezan la edición facsímil

que se ha hecho de la colección de Hora de España, la revista de los intelectuales republicanos publicada

«al servicio de la causa popular». Podemos parafrasear a Guillermo de Torre aplicando la consideración

al período franquista, para concluir que éste «habrá servido al menos para diferenciar y situar los límites

de la inlelligentzia». Y si ahora afortunadamente podemos considerar historia tanto la frase original como

su prolongación parafraseada, no estará de más recordar, a modo de introducción, episodios

fundamentales que conforman dicha historia, aunque sean suficientemente conocidos.

La lucha contra la censura

Durante cuatro décadas (¡) un amplio sector de intelectuales de las diversas nacionalidades y regiones de

España hemos dedicado lo mejor de nuestras energías a la absurda tarea de luchar contra la censura,

contra la represión cultural. Hemos debido mantener nuestra palabra y nuestra voz en alto para lograr la

supervivencia de las culturas nacionales, catalana, vasca, gallega, castellana. Las diversas, variadas y

rocambolescas escaramuzas con los sucesivos censores configuran las peores pesadillas de nuestra

condición intelectual. Hemos resistido a la represión cultural impuesta por el ex ministro de Información

y Turismo desde su edificio de lineal estilo fascista, no sin importantes costes humanos y culturales

imposibles de valorar, no sin desgastes espirituales abrasadores, a veces, hasta el suicidio. El capítulo de

la autocensura del escritor constituye uno de los menos visibles, pero de consecuencias incalculables para

el futuro de nuestras culturas.

Sabiendo —cuestión elemental— que la libre circulación de las ideas y de las corrientes culturales del

mundo contemporáneo era crucial para nuestra existencia histórica misma, para la identidad de nuestros

pueblos, hemos procurado abatir la empalizada que el franquismo había colocado en los Pirineos y en

nuestras costas, bajo oropeles turísticos. En esa tarea incluso hemos logrado sacudir la sólida y secular

vertebración inquisitorial de la Iglesia nacional-católica. A la pretensión autárquica del franquismo,

hemos contestado con la pasión universal de la intelligentzia. Y aunque hemos sufrido derrota tras

derrota, al llegar el 20 de noviembre de 1975, nuestra decisión y nuestras convicciones permanecían...

cansadas, pero firmes.

Nueva etapa

Ahora pasamos ya las «páginas heroicas» para iniciar una nueva etapa. Empezamos a actuar en el

contexto de las libertades democráticas. Y ante esa perspectiva nos preguntamos, ¿qué desarrollo seguirá

la política cultural de la Administración y de los partidos, qué programas se avecinan, cómo se va a

reconstruir nuestra maltrecha herencia cultural? En una palabra, ¿Cómo se va a organizar la cultura en la

nueva etapa?

El interrogante es de la mayor importancia. Amplios sectores intelectuales estamos preocupados por esta

cuestión. No sabemos todavía qué orientaciones va a seguir el nuevo Ministerio de Cultura (me olvido de

ese irritante, provinciano y consumista bienestar que se le ha añadido) una vez liquidada la funcionalidad

represiva que se asignó al ex ministro. Ni siquiera sabemos con qué parte del presupuesto contará. Por su

parte, no parece que los partidos políticos de izquierda hayan abordado a fondo, con suficiente decisión y

energía, este capítulo fundamental de nuestra convivencia plurinacional.

Jaime Salinas (en EL PAÍS) y Carlos Barral (en Cuadernos para el Diálogo) se hicieron eco de la

inquietud y revuelo que provocó en algunos sectores intelectuales una encuesta hecha por la revista

Reseña a los partidos sobre política cultural. La «intolerable pobreza imaginativa» (Jaime Salinas) que

reflejaban las respuestas produjo desaliento. El hecho puede explicarse sabiendo que los partidos

concentran hoy sus energías en la elaboración y consiguiente implantación de una Constitución que

permita orientarnos hacia una democracia avanzada. Tal Constitución será sin duda condición necesaria,

imprescindible, para poder ejercer las libertades democráticas, entre ellas, la de expresión. Pero la

sustancia misma de la democracia se halla en muchos aspectos en la política cultural que la configure.

La prolongada y peculiar represión cultural franquista a que nos hemos referido ha ido acompañada,

paradójicamente, de una notable proliferación de iniciativas culturales creadoras, autónomas e

independientes, no mercantilizadas y ajenas a la gran industria cultural: editoriales, revistas teórico-

políticas, revistas locales o de barrio, sellos discográficos, nueva canción, etcétera... de diverso género y

calidad. Se trata de una inmensa riqueza «en la base» que ha surgido y vive gracias a corrientes profundas

de pueblos que han desarrollado en diversas fases de su historia formas inesperadas de ingenio creador y

de pertinaz voluntad cultural. El policentrismo cultural es hoy una nota destacada de la realidad presente.

La lucha por la cultura en Cataluña

La mayoría de estas iniciativas se han mantenido en condiciones complejas y precarias, gracias al apoyo

de amplios sectores sociales que han visto en la existencia de estas modestas empresas privadas la

posibilidad misma de unos mínimos de producción cultural. En Catalunya, concretamente, las editoriales

y revistas de este género se hallan insertas en el tejido social, como algo propio crecido al calor de la

lucha por la cultura nacional.

Superada la guillotina cotidiana del gran censor, ahora hay que preservar esas iniciativas de nuevos

peligros propios del período en que nos adentramos. De una parte, estas iniciativas, más o menos

consolidadas, deben liberarse de la dependencia directa o indirecta, a que puede someterlas la gran

industria cultural para la que pensamiento y cultura son mercancías a su antojo. Hay que salvar la cultura

amenazada, incluso gravemente herida ya, por la sociedad del consumo, esa productora de basura

impresa. De otro, esas pequeñas empresas deberán mantenerse independientes respecto a intereses

partidistas, posiblemente justos y hasta funcionales en el plano propio de la política, pero que pueden

hacer de la cultura esclava de los avatares inciertos de luchas coyunturales, ajenas a su propia identidad

que ha de ser en todo momento libre, crítica, creadora.

Junto a las tareas culturales que desarrollan los partidos —imprescindibles para la comunicación social y

política, dimensión al mismo tiempo de la vida cultural misma— la existencia de las iniciativas culturales

autónomas a que nos referimos, enriquecerán el debate ideológico y el desarrollo de una cultura viva y

plural.

Al Ministerio de Cultura corresponden hoy graves responsabilidades. Sus dirigentes deben dejar atrás

todo tic represivo, por supuesto. Pero además tiene por delante la inmensa tarea de facilitar el desarrollo

de esta multiplicidad de iniciativas autónomas e independientes. La Administración deberá evitar todo

sesgo de la política cultural que pueda escorarla hacia una pretendida «ideología de Estado» en osmosis

con el partido mayoritario. Cuando el aparato de Estado —a los niveles que sea— se confunde con el de

un partido determinado, se pierde la sustancia democrática del sistema parlamentario. Véase, por ejemplo,

el caso de Italia, donde la identificación «aparato de Estado-Democracia Cristiana» ha conducido la vida

nacional hasta la inestabilidad democrática bordada de corrupción.

Recuperación bibliográfica

El Ministerio de Cultura debería, con urgencia, crear bibliotecas o fomentar las ya existentes en ciudades,

barrios, comarcas..., facilitando fondos de libros que sean expresión de la cultura contemporánea, sin

ningún tipo de discriminación ideológica. Deberá atender al fomento de museos, del patrimonio artístico

tan mal parado en estos últimos tiempos, salvándolo de hurtos, por supuesto, pero también de la barbarie

a que lo ha sometido la especulación inmobiliaria. Debería apoyar con gran atención las iniciativas

culturales surgidas de la base, las que impulsan los sindicatos, las organizaciones de barrio, asociaciones

de vecinos, etcétera, en forma de ateneos populares, casas de cultura, casas del pueblo.

En esta perspectiva el Ministerio de Cultura debería devolver a todas las bibliotecas las obras de nuestra

intelligentzia republicana, exiliada o muerta en la tragedia, obras enviadas en su día a la hoguera

purificadera de los réprobos por el farenheit franquista. Muchos de esos autores son todavía

inencontrables y lo serán hasta que sean editados en el interior y su obra recuperada con normalidad de

publicación. Debería buscarse una forma pública de reconocimiento explícito (¿de reparación?) de la

labor de aquella intelligentzia marginada de nuestra vida cultural durante más de cuarenta años. Seria algo

más que un símbolo. Sería como aplicar la reconciliación nacional al campo de la cultura, borrar los

injustos «antecedentes penales» asignados en forma de ausencia de la vida cultural interior, acompañada

de la sistemática denostación en los mass media oficiales. Sería un acto culturalmente pacificador. Con

ello se contribuiría a recuperar la memoria perdida (histórica, cultural, etcétera) para todo el pueblo, si

acaso es todavía posible. He ahí una gran tarea de reconstrucción nacional a desarrollar, al mismo tiempo

que se sientan las bases materiales de la convivencia. He ahí una propuesta.

Evitar privilegios ideológicos

El papel de la Administración en el campo cultural debería, pues, consistir como cuestión previa, en

reconocer todas las raíces de las culturas peninsulares; inmediatamente, en velar por el cumplimiento de

unas reglas del juego que más allá de normas mediatizadoras, evite limitaciones o privilegios ideológicos

de modo que la corrección, veracidad o carácter científico de las diversas corrientes de pensamiento,

pasadas o presentes, se verifique en un libre y leal debate de ideas en el que nadie juegue con ventajas o

valimientos.

Por nuestra parte, los intelectuales de izquierdas que hemos venido luchando contra la represión cultural

durante éstos años, además de situarnos en primera línea de defensa de la libertad de expresión en todo

momento o situación, debemos disponernos a colaborar en la actual tarea de resurgimiento cultural, en

esta labor de configuración de la identidad de nuestros pueblos que exige debate libre y pluralidad de

energías.

Entre todos, pues, hemos de impulsar el desarrollo de nuestras culturas, la salvación de la palabra. Para

ello precisamos con urgencia una nueva política cultural que facilite la coordinación de energías, un

nuevo estilo de relaciones entre la Administración y quienes nos hallamos dispuestos, desde nuestra

tradición cultural progresista, a contribuir con nuestro esfuerzo a la búsqueda de una alternativa al

agotado y embrutecedor modelo de civilización capitalista.

 

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