Autor: Javierre, José María. 
   Somos simplemente nuevos     
 
 Ya.    10/09/1977.  Páginas: 1. Párrafos: 74. 

10-IX-77

LA ENTREVISTA DEL SÁBADO

“SOMOS SIMPLEMENTE NUEVOS”

Alfonso Guerra

—Alfonso, ¿eres la bestia negra del socialismo español?

—No.

— ¿No?

—No; justo al revés: soy un romántico de la política.

—Dentro y fuera del partido todos le tienen por "el duro".

—Es una imagen equivocada.

—Yo te oí en la plaza de toros de Alcalá de Guadaira…

Ríe contento, le gusta discutir este asunto; y quizá le guste que le tengan por "el duro". Negarlo sonriente

y dejar sobrentendido que sí, que Alfonso Guerra, el número dos, tiene de acero inoxidable las suaves

largas manos huesudas sin sangre.

—En Alcalá de Guadaira...

—No propuse que hundiéramos el barco, sólo dije que los desembarcáramos en una isla desierta…

Fue un mitin sonado, en la placita de toros de Alcalá. El primero de la campaña electoral. Presidía Felipe.

Ganó las ovaciones de la tarde Plácido Fernández Viagas, el magistrado que pedida la excedencia se

incorporó a las listas del PSOE. Plácido es hombre cordial, y además llegó a la campaña con el corazón

reblandecido por fuertes emociones. Entró a cuerpo limpio. Conmovía oirle. Dijo que

sus convicciones cristianas le inclinaban a pedir olvidáramos de una vez para siempre las rencillas

históricas y enterráramos definitivamente el hacha de guerra. Más o menos. Y luego Alfonso Guerra puso

un comentario irónico y agudo a los perdones de Plácido: Meteríamos en un barco a los capitostes

capitalistas; no los mataríamos, pero en alta mar barrenaríamos la panza del barco. Sin derramamiento de

sangre.

— Yo no dije que los ahogáramos, propuse que los desembarcáramos en una isla desierta.

Amiel avisó que en ningún sistema las instituciones valen más de lo que valga el hombre que las aplica.

Ni el socialismo se salva de esta ley histórica, comprobada en la gama de fórmulas que va de Besteiro a

Stalin. Cuestión, siempre, de material humano. El hombre Alfonso Guerra no es feroz visto de cerca. En

las fotos y en la "tele" lo parece. Qué sorpresa. Está flaco; las fotos y la "tele" lo deforman porque da

grueso. Sutiles las manos, que mientras habla deja inermes, abandonadas, como si las tuviera inscritas en

el paro. Fino el perfil. Ancha la frente, profundos los ojos. Y unos dientes blancos, blanquísimos que le

resplandecen en toda la cara. Quizás, efectivamente, pueda ejercer de duro, incluso aguantar con

tenacidad.

—Un romántico, ¿eh?

—Entiendo la política ´´por derecho". No me satisfacen los cabildeos. Miro las cosas de frente. Me

considero con un futuro personal libre, desatado.

—No te gustaría quedar de político toda la vida.

—No.

—¿Qué te gustaría?

—Algo que ya nunca cumpliré: ejercer de maestro rural. Búscaré mi refugio en la investigación acerca de

la creación literaria. Pienso que mi resistencia a instalarme en Madrid nace cabalmente de mi propósito

más o menos consciente: conservar una independencia futura sin sumergirme por completo en la política.

Cuentan que gana las negociaciones, y pienso que ha de ayudarle esta especie de lejanía con que mira los

tejemanejes políticos. Temperamento además refexivo, no creo que nunca se deje llevar de "primeros

movimientos". Talleyrand invitaba a desconfiar del primer movimiento: "El primer movimiento—decía—

es siempre generoso." Y la política una compraventa tan asquerosa que hunde a las personas generosas. Si

lo sabría Talleyrand.

Horizonte religioso nulo

—La fama de anticlerical sí la tienes bien ganada.

—¿Por qué?

—Te caemos mal los curas.

—No, no; depende según qué curas.

Y me cuenta una historia increíble que a más de un cristiano de este país bendito debiera robarle el sueño.

La historia de un niño y de un muchacho crecido en "la católica España" al margen de toda influencia

religiosa. Sin que nadie le enseñara a santiguarse. Llegó al último curso del Instituto y le pidieron en el

examen de religión que se persignara. No sabía. Nadie le había enseñado. Los profesores creyeron que no

le daba la gana. Pero no sabía.

—Un par de reacciones de este estilo cuando me han preguntado y no sé contestar habrán originado mi

fama de anticlerical. Los curas me caen simplemente lejanos.

—¿Nunca tuviste un amigo cura?

—Nunca. Apenas los he visto de cerca. Tuve uno de profesor de religión en el Instituto. Un hombrecillo

bondadoso y borrachin, nunca nos enseñó nada, porque de veras llegaba en mal estado y le hacíamos

objeto de bromas pesadas, también crueles. Recuerdo que a mí me inspiraba ternura, y me fastidiaba

mucho el comportamiento de los chicos; por ejemplo, los días de lluvia le escondían las botas que, llenas

de barro, él se quitaba al entrar en clase. Pasamos los cursos a la buena, sin que nadie se ocupara de

solucionar aquella situación extraña.

—¿Y en la Universidad?

—Nunca asistí a clase de religión. Conocí a Pallarés, que me invitó a dar una charla en un ciclo cultural.

Nada más.

—Sin embargo, Sevilla, tu ciudad, pone en la calle manifiestaciones religiosas que habrán significado

para ti un interrogante.

—Soy un apasionado de la Semana Santa sevillana. Hasta he aprendido lances poco conocidos de su

protocolo. Me gusta seguir el ceremonial. Y conozco la historia y costumbres de algunas cofradías.

—¿Entonces?

—Entonces, nada; para mi está claro: se trata de representaciones simbólicas. La gente necesita símbolos

y los vive. La Semana Santa, el Rocío, los festejos patronales, todo este conjunto de simbolos atraen y

conmueven al pueblo; son un tesoro popular.

—¿No les das otro valor más alto?

—Ni creo que lo tengan.

—¿Qué piensas de la Iglesia católica?

—¿La Iglesia como sistema social, la Iglesia, digamos, organización? Un conjunto de personas

extraordinariamente listas, muy inteligentes. Doy por seguro que no dan seriedad religiosa a lo que

defienden; basta para comprobarlo meditar los planteamientos de algunos teólogos. Reconozco que

habrá, sobre todo en los pueblos, algunos curas creyentes de buena fe, también muchos fieles. Pero la

existencia histórica de la Iglesia no se ajusta, de ninguna manera a los presupuestos evangélicos,

predican una cosa y viven otra. Pienso que la organización religiosa está en poder de responsables que

juegan con todas las bazas en su mano, dispuestos a utilizar todos los recursos para defender sus

privilegios, capaces de subirse a todos los trenes, los que van, los que vienen, a todos, sin mayor

escrúpulo.

Los creyentes, oyendo estas cosas, nos quedamos perplejos. ¿Será posible que, después del

Concilio Vaticano II, no hayamos conseguido todavía llevar al ánimo de nuestros hermanos la

sinceridad de una fe a la cual tenemos por completo atada nuestra peripecia existencial?

—¿Nunca te has cruzado alguien que significara para ti un testimonio inquietante de vida religiosa?

—Nunca. Y no recuerdo haber visto jamás un obispo de cerca.

—¿Te gustaría?

—Sí, me gustaría. Será divertido.

—¿Y la Biblia?

—Leo la Biblia, me encanta. Pero apenas tiene nada que ver con la existencia real de los cristianos.

—¿Me dejas que un dia te ponga un arzobispo a tiro?

—Sí, claro.

—¿Tu acceso al poder plantearía fricciones en la frontera religiosa?

—No. La Iglesia de hoy pide libertad para todos. De acuerdo. Para todos, también para la propaganda en

contra suya. Y, por supuesto, sin dar dinero para sostener a los curas, que deben ser pagados por sus

fieles, no por el Estado.

—¿Y la enseñanza, la beneficencia?

—Sin dinero público, que trabajen lo que quieran: que sostengan las instituciones que monten. Pero con

su dinero.

—Ocurre que el Estado no llega a cubrir las necesidades sociales de enseñanza.

—Deberá llegar.

Quisiéramos que nuestros amigos socialistas estudiaran a fondo las razones en las cuales los católicos

españoles apoyamos un ordenamiento jurídico en lo referente a la enseñanza, la beneficencia, el apoyo

económico a los sacerdotes. Hemos de analizar claramente estos asuntos. Y poner todos buena voluntad y

deseos de entendimiento con objeto de respetar los mutuos derechos sin resolver a base de prejuicios

ideológicos.

LAS METAS DEL SOCIALISMO ESPAÑOL

—Alfonso, el personal no ve claras las metas del socialismo.

Todo resulta hoy complejo. Al terminar la última guerra mundial surgieron agrupaciones políticas sin más

programa que facilitar a cada ciudadano dos huevos fritos y un dólar; el partido "Ham and Eggs", lo

llamaban en California. El pueblo llano aplica todavia baremos elementales a las promesas políticas. Las

expectativas, la esperanza importan incluso más que los programas. Los líderes del socialismo español no

dicen clara la meta de su esfuerzo: si vamos a un sistema colectivista, tal como el oriente de Europa; o

buscan el camino del bienestar por los procedimientos característicos de la socialdemocracia occidental.

El viejo Cánovas dijo que en política "lo que no es posible es falso".

—Alfonso, metas del socialismo español. ¿Es posible colectivizar España?

—La pregunta me parece grave. ¿Puedo responder con calma? Ten en cuenta que la demagogia en

relación con la situación anterior obliga a decir cosas que desorientan al público. Y deterioran el sentido

político de la base. Es una tentación para los líderes políticos. A mí me parece conveniente buscarle al

asunto fundamentos profundos. Creo que el mundo actual está en condiciones de elevar

considerablemente los índices de productividad y ofrecer mayores bienes a los habitantes del planeta. Esta

posibilidad no llega a término por decisión de quienes ejercen el poder. Defienden sus propios intereses.

Aspiramos a que la evolución rápida propia de nuestra época nos lleve a las puertas de una sociedad

nueva, que ofrecerá sin duda metas múltiples y variadas, con soluciones que no se ajustan a nuestra

expectativa actual porque rebasan los medios ahora disponibles. Este planteamiento afectará también a las

empresas,| abriendo un abanico de soluciones que abarca estilos di ferentes, con todo tipo de empre sas,

desde las libres hasta las so cializadas (...) arx ni sus interpretes inmediatos dan soluciones integras para

los planteamientos que al marchar el mundo continúan surgiendo. Hay que camínar. Para la base nos

resulta vital presentar símbolos, que a veces valen más que muchas palabras.

—¿Por qué no hacéis un planteamiento nítido de vuestras posturas?

—Cuidado, nosotros no podemos equivocarnos ante nuestra base, y ciertas decisiones serían

evidentemente prematuras.

Bueno, hace ahora cien años Bismark se defendía en el Reichstag explicando que la política no es una

ciencia matemática, sino un arte. Un cosido de compromisos. Pero los partidos políticos españoles

continúan orientando la base social del país al mantener como plantillas de mando en las respectivas

centrales sindicales los líderes que durante los últimos años del franquismo pusieron el movimiento

obrero en línea de lucha política. Entonces no se luchaba en realidad por intereses sindicales, sino porque

sólo estaba disponible como trinchera política la zona laboral.

—¿Y ahora? ¿El Psoe atenaza la UGT a su servicio?

—De ninguna manera. La UGT desborda ya el ámbito de nuestro partido, y lo desbordará cada día más.

Nosotros mantendrémos nuestros vínculos, naturalmente. Pero la UGT seguirá su rumbo sindical.

EL OTOÑO POLITICO

—Si el país agrava su situación de crisis, ¿aceptaréis una colaboración en el Gobierno?

—El partido tendrá que estudiar cuidadosamente 1as circunstancias objetivas. El Psoe no puede

incorporarse a un programa de derechas. Habría que pactar sobre un programa que respondiera a un

espectro amplio de fuerzas políticas y que incluyera determinadas condiciones, para no dejarnos encerrar

en una trampa. Ahora da la sensación de que las resoluciones políticas emanan del presidente y de un

corto equipo consultivo a su alrededor. Quizás este método sirvió para la primera etapa y no sirva para las

futuras.

—Parecéis orgullosos los líderes del Psoe: tan convencidos de vuestra potencia, tan seguros de vosotros

mismos.

—No; Somos simplemente nuevos. Dicen que nos falta experiencia. Pero si llega nuestra hora

aportaremos dos elementos indudables: limpieza administrativa, lejos de toda corrupción, y soluciones

técnicas. Las dos cosas las necesita el país para corregir disparates actuales. Imagínate, todavía se siguen

pagando los sueldos de altos cargos sindicales. Y un Ayuntamiento provinciano puede gastarse un millón

de pesetas en una cena de gran gala. Costumbres adquiridas, qué barbaridad.

—Os acusan de esperar la breva mientras el país anda moribundo.

—Tenemos un programa. Somos sencillamente una alternativa de poder.

—¿Qué ocurrirá en las elecciones municipales?

—Veremos. Si la economia sigue deteriorándose, nosotros ganaremos más votos. Supongo que el

Gobierno realizará un esfuerzo para crear estímulos y atraerse clientela. Pero ni a UCD ni a nosotros nos

irán fáciles las cosas. Los grupos pequeños disponen en las elecciones municipales de una espléndida

oportunidad, porque los ciudadanos votan la imagen directa de alguien perfectamente conocido en el

ámbito local.

Cuando Alfonso Guerrá se pone serio, está muy serio. Pero la sonrisa le acude familiarmente al rostro.

Walt Whitman fotografió en un verso perfecto la dignidad política de Lincoln: le vio "tan apacible y

altivo" (so calm and haughty). "Apacible y altivo" no sería una mala tarjeta de visita para Alfonso Guerra.

En todo caso, mi paisano Gracián afirmó que "un mixto de paloma y serpiente" a él no le parecía un

monstruo, sino un prodigio.

José María JAVIERRE

 

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