Autor: Fraga Iribarne, Manuel. 
   Derecha, centro e izquierda.     
 
 ABC.    02/08/1977.  Página: 3. Páginas: 1. Párrafos: 17. 

DERECHA CENTRO E IZQUIERDA

EN los momentos de transición, y por lo mismo de confusión, que estamos viviendo, es esencial un

trabajo constante de clarificación de las ideas. Pocas lo necesitan de modo tan urgente como las palabras

que encabezan este articulo. Cada día oírnos hablar de posiciones de «centro-izquierda», de «extrema

derecha» y otras semejantes, y parece necesario intentar aclararlas en cuanto sea posible.

Empecemos por reconocer el hecho de que hoy todo el mundo considera que es bueno llevar en el traje

algo que suene a izquierda. Como en el año 31, en España, o en 1945, en Francia, nadie quiere ser de

derechas. A lo sumo, se puede aceptar (piensan y dicen) ser de centro, y a ser posible de un centro-

izquierda.

¿Qué es ser de izquierdas? Defender, en primer lugar, que la libertad es más importante que el orden y la

autoridad; en la linea máxima, esta actitud lleva al anarquismo. Afirmar, en segundo término, que la

igualdad es mejor que las diferencias, cualquiera que sea su fundamento (mayor capacidad, mayor

rendimiento, etcétera); el límite final es, naturalmente, el comunismo. Pretender, en fin, que el hombre es

naturalmente bueno y fraternal; que es la sociedad la que le corrompe; que la ley es siempre injusta, y

que, en definitiva, no debería haber gente en las cárceles ni crimen que no sea susceptible de amnistía.

Frente a estas posiciones, la derecha valora el orden, la jerarquía y la necesidad de una sanción para el

delito. Es indudable el descrédito de numerosas ideas y palabras de la derecha en los excesos de los años

treinta y cuarenta, pero debemos superar la demagogia con nuevos y serios análisis de estas cuestiones.

El orden y la ley son conceptos básicos de la vida social. No sólo no es contradictorio con la libertad, sino

que son conceptos correlativos. Las libertades son derechos concretos, dentro de un orden; ningún inglés

entiende sus libertades fuera del contexto del Parlamento que las regula, de los jueces que las garantizan,

de los policías que las defienden y de las cárceles que aislan a quienes perturban.

El concepto de jerarquía es también clave de la vida social. Los hombres no son iguales, sino diferentes.

Este es más fuerte, aquél más listo, éste más trabajador.

Como dice Alain de Benoist, en un libro importante («Visto desde la derecha»), la actitud derechista

básica es considerar al mundo como diversidad, considerando positivas y necesarias ciertas desigualdades

e imposible y negativas las, actitudes de total homogeneización.

Es conocido el mito de Procusto, aquel gigante que tenía una cama en la que tendía a sus víctimas; a las

que eran más largas que el triste lecho, les cortaba los pies; a los que les venía grande, los estiraba y

descoyuntaba hasta que dieran la medida. No cabe mejor representación de la imposibilidad de imponer

una igualdad total. Cualquier profesor sabe que no puede tratar igual al buen estudiante que al malo, y

cualquier juez sabe que no puede dar la misma razón al marido borracho que a la mujer apaleada,

Por supuesto que no toda desigualdad es buena ni justa, ni podemos hoy defender las tesis darwinistas de

la supervivencia de los más fuertes, aunque los modernos biólogos y sicólogos tienden a reforzar la tesis

de que hay algo inevitable en la lucha por la vida.

Pasemos a la tercera cuestión. Tiene que haber una autoridad sancionadora, si la sociedad va a estar

defendida. No sé puede estar impasible ante el aumento de la violencia, de los atracos, de las violaciones,

de la inseguridad callejera. Hay que mantener la paz, la ley, el respeto. No hay causa que pueda justificar

el asesinato a sangre fría de los rehenes. No puede aceptarse que unos terroristas puedan condenar a

muerte y que un tribunal legalmente constituido no pueda hacerlo.

Todos estos principios nos traen a una cuestión fundamental. Pocos discuten hoy que la democracia sea

un título básico de legitimidad. Pero es indudable que no toda la autoridad social es de origen

democrático. No lo es la de un obispo, ni la de un profesor, ni la de un padre, ni la de un gran artista. No

es nada seguro tampoco que la autoridad proceda de la soberanía de los ciudadanos en las llamadas

«democracias populares».

Estas afirmaciones son derechistas, y no se ve razón ninguna para que quienes las consideren verdaderas

se averguencen de ellas, mientras que las izquierdas se enorgullecen de tesis que en su mayoría son

racional y moralmente insostenibles. Todo ello revela un mal profundo de nuestras sociedades, que es

menester aclarar.

Es claro que asi como hay hombres y grupos de izquierda idealistas y honestos, y otros oportunistas y

totalitarios, tampoco la derecha es una sola. Hay una derecha de convicciones o de principios (religiosos,

morales, políticos) y otra meramente posicionai o de intereses. Esta segunda propende, a veces, a querer

disimularlo, declarándose más o menos centrista, incluso otras cosas.

Empiezo por decir que no tengo nada de principio contra el centro, como actitud política. Lo he defendido

y lo defiendo, y he escrito incluso una ¿Teoría del Centro». Mas lo primero que debe decirse es que no

hay centro si no hay, a la vez, derecha e izquierda. Cuando yo empecé (en 1969) a hablar del centro, en

España sólo jugaba la derecha, y la izquierda acampaba extramuros. Hablar de centro les sonó a muchos

(y con razón) al previsor intento de romper el monopolio de la derecha; mis críticos de entonces juzgarán

si el invento valía o no la pena, y si fue o no un error el poner tantos obstáculos a la necesaria reforma.

Hoy se pretende, al contrario, que sólo la izquierda es legitima, y que hasta el centro ha de ser centro-

izquierda.

Vamos a hablar en serio. Derecha e izquierda son polos naturales de la vida social; y es deseable buscar el

equilibrio entre los mismos, que siempre será precario e inestable. Hay un viejo mito, del que habla Luc

Benoist, de la «coincidencia de los opuestos», de una "morada de los elegidos», poco menos que una

Tierra Santa de los que huyen de los extremos. Los chinos pretendieron haberlo encontrado en su famoso

«Imperio del Centro». La verdad es que, en muchos casos, la idea de Centro va unida a la de Eje, en

definitiva a un orden impuesto desde los que a sí mismos se llaman Centro, para mejor eludir el

planteamiento de los verdaderos problemas y perdurar en el ejercicio del poder.

En los años bien difíciles que nos esperan, una cosa es necesaria: que las cosas se llamen por su nombre,

y. que los problemas se planteen en su realidad. Otros van a defender otras cosas: no les van a faltar

padrinos ni portavoces. Algunos entendemos que los valores que en este momento están, particularmente

necesitados de defensa son los de la permanencia, la continuidad, el orden, la ley, los principios morales,

la seguridad, la tradición. Y los valores intelectuales que se deben mantener son los del realismo

aristotélico, frente a ciertos idealismos nebulosos. No se puede negar que hay épocas que crean riqueza, y

otras que la destruyen; como, no se puede negar que para exigir y gastar más hay que trabajar más y

mejor.

Dentro de poco, todas estas cosas se verán más claras. Los hechos no se pueden negar; se imponen por si

mismos. Pronto veremos sí el país mejora o empeora; si las palabras pesan más que las realidades, y qué

soluciones son certeras, y cuáles no lo son.

Decidamos, desde ahora, discutir todo ello con sensatez y con humildad, y sin resentimientos. Pero en

espíritu de verdad y de lealtad con el pueblo. Y de plantearle las cosas de modo que él pueda juzgar sin

anteojeras,

Manuel FRAGA IRIBARNE

 

< Volver