Autor: Molinero, Miguel Angel. 
 Número 2 del PSOE. 
 Alfonso Guerra: No tengo un pelo de tonto     
 
 Gaceta Ilustrada.     Página: 5-7. Páginas: 3. Párrafos: 29. 

«Número 2» del P. S. O. E.

ALFONSO GUERRA: "NO TENGO UN PELO DE TONTO"

"Soy politico por motivos éticos."—"Dentro de dos años, el Partido Socialista Obrero Español estará en

el Gobierno."

"En las Cortes seremos una oposición coherente y dura."

Alfonso Guerra, sevillano de treinta y siete años, diputado, secretario de Organización del P. S. O. E.,

numero dos tras Felipe González y hombre clave en la consolidación y dirección del partido. Tiene fama

de hombre frío y resolutivo, y reputación de cerebro gris, entreverada de agresividad irónica, que se vierte

en expresiones coloquiales andaluzas.

En los momentos de tensión política —congresos, elecciones— es proverbial su capacidad para

permanecer varios días sin dormir y sin apenas comer, interviniendo en las decisiones de peso, pero sin

aparecer nunca en primer piano.

En un pequeño despacho que da a la calle García Morato, de Madrid, Guerra, entre el continuo

repiquetear del teléfono, y un «buscapersonas» permanentemente colgado del cinturón del pantalón

contesta con rapidez a las preguntas, mientras dibuja obstinadamente en un papel blanco.

—¿Cómo se acerco al mundo de la política? ¿Cuáles han sido sus circunstancias biográficas?

—Procedo de una familia muy numerosa, que llegamos a ser trece hermanos y ahora somos once, y de

todos yo he sido el único que ha tenido oportunidad de hacer estudios universitarios. Nací en pleno año

del hambre, y algo de todo eso —sonríe— se ha reflejado en mi contextura física. Mi interés estuvo en

primer lugar en el mundo de la literatura, fundamentalmente de la poesía y el teatro, En una época dirigí

el grupo de teatro «Esperpento», de Sevilla, y participé con Batlló en la primera época de la colección de

poesía "El Bardo", con aquellos dos números de «la trinchera». Después monté la librería "Antonio

Machado", en Sevilla, porque nunca he perdido contacto con ese mundo.

A partir de los dieciocho años, en 1959, un grupo de personas nos planteamos la tarea de reorganizar el

P.S.O.E., a nivel de Andalucía, ingresando en Juventudes Socialistas, trabajando al margen de la

estructura oficial del partido. Posteriormente establecimos algunos contactos con Toulouse, donde estaba

la dirección en el exilio, que fueron difíciles, porque las relaciones con Llopis han sido siempre

terriblemente agrias.

Posteriormente estos contactos se intensificaron y en 1970 Felipe González y yo formamos parte de la

Ejecutiva, y después vendría, a través de los Congresos del 72 y 74 en Suresnes, la vuelta de toda la

responsabilidad política a los militantes del partido del interior.

—Ahora ocupa un cargo fundamental en el P. S. O. E. ¿Ha cambiado de actitud con respecto a la

actividad política?

Yo soy un político por motivos éticos. La prolongada situación del país de injusticia y falta de libertad

han forzado a muchas personas, ajenas a ese ámbito, a cambiar esa situación participando en actividades

políticas; primero en la clandestinidad; ahora, desde otras coordenadas.

Pero sigo sin tener interes en las carreras políticas; como no tengo ropa que guardar no me interesa el

aspecto menudo de esta actividad. En ese sentido tengo las manos libres, frente a los que legítimamente

tienen ambición. Aunque no soy político de vocación, conozco bien la organización, y no tengo un pelo

de tonto en política.

—,Qué han supuesto para el P. S. O. E. las pasadas elecciones? ¿En qué sentido han hecho variar el

panorama político español?

—Hace nueve meses, cuando yo afirmaba que sacaríamos noventa y un diputados, me tachaban de

optimista delirante. Para mi, por tanto, los resultados electorales no han sido una sorpresa, y podían

habernos sido mas favorables de no ser por las disposiciones adicionales de la Ley Electoral, con la

confusión creada en torno al modelo válido de papeletas, etc.

Desde el punto de vista de la izquierda, podemos considerar que en Europa se hablaba siempre de dos

modelos; uno, el de los países del norte y centro, con partidos socialdemócratas fuertes y escasa presencia

de los partidos comunistas, y el de los países del sur, con mayores tensiones sociales, con una izquierda

compuesta por socialistas y comunistas.

Las elecciones españolas han modificado este esquema, resultando en la izquierda un potente partido

socialista, mientras que el P. C. ha tenido un apoyo popular similar al de los países del norte. Por tanto,

ese esquema mecánico no sirve para España cuyo espectro político ha quedado configurada por dos

grandes fuerzas, la U.C.D., que representa los intereses y la concepción de los partidos de derecha

europeos, en ese sentido es un partido típico de derecha, aunque se denomine centrista, y el P. S. O, E.,

como representante de las aspiraciones y los intereses de las clases populares.

Por otra parte, en su manera de enfocar la campaña electoral se podia advertir ya cuáles iban a ser los

lugares que ocuparían los distintos partidos políticos en la relación de fuerzas. Había dos partidos que

pedían el apoyo mayoritario, la U. C. D. y el P. S. O. E., mientras otros, como el P. C., trataban de fijar

una imagen de marca: Alianza llamaba a la nostalgia franquista, y una serie de partidos residuales, del

bosque de las doscientas siglas, trataban de restar votos a otros grupos, fundamentalmente al P. S. O. E.

Tras las elecciones ha quedado claro que hay, nitidamente, dos únicas alternativas de poder.

—Vamos a imaginar por un momento que el P. S. O. E.. hubiese alcanzado la mayoría en

las elecciones. ¿Hubiese habido una involución en la transición hacia democracia? ¿Contaba con

capacidad para afrontar las tareas de gobierno o se hubiese echado atrás?

—Si el P. S. O. E. hubiese ganado las elecciones tenia por delante dos alternativas fallidas y una

coherente. Serían alternativas fallidas la del que tiene miedo a gobernar por carecer de un programa e por

el desgaste del poder, o bien la electoralista en el peor sentido de fa palabra, la del que sólo se propone

ocupar el poder a cualquier precio.

La alternativa coherente consiste en no desechar la responsabilidad de gobernar —y el P. S. O. E, ha

asumido en la campaña esa responsabilidad— ni tampoco plantear la contienda electoral como una

carrera para ocupar poltronas ministeriales. En última instancia, un partido politico es un instrumento para

llevar a cabo un programa, partiendo de una concepción de la sociedad, no es un fin en si mismo.

A mí no me preocuparía que el P. S. O. E. se quemara si previamente habia transformado la sociedad,

modificado las estructuras del país en un sentido socialista. En cuanto a las posibilidades de involución,

hablando claramente yo creo que el Ejército hubiese respetado el triunfo socialista en las urnas, salvo que

se quisiera hundir el país, como creo que lo respetará dentro de dos años, porque para entonces el

P.S.O.E. estará en el Gobierno.

Por otra parte, las posibilidades de una detención de la marcha hacia la democracia eran escasas, ya que

las distintas fuerzas políticas no estaban mayoritariamente interesadas en frenarla. Hasta Alianza Popular

ha declarado alejarse de la tentación de hacer una política extraparlamentaria, al modo de los «missinos»

italianos, en lo que ha podido influir el que haya aumentado su presencia en las Cortes, con la designación

de algunos senadores regios. No tienen, desde su óptica, otra alternativa que apoyar el proceso, al apoyar

a la Monarquía.

— Algunos observadores políticos afirman que no todos los votos que han ido a parar al P. S. O. E. eran

votos socialistas, y que eso ha de tenerse en cuenta a la hora de la posición del partido en el Parlamento.

—Esta es una vieja historia. Antes decían que no íbamos a sacar votos por nuestra actitud radical. Como

los hemos sacado ahora resulta que dicen que no son votos socialistas. Estos análisis se hacen tanto desde

la derecha, lo que no resulta extraño, como desde la izquierda, y responden en la mayoría de las ocasiones

a un deseo de muchos de justificar su derrota electoral, y en otros a una curiosa obsesión por orientar la

política del partido socialista. Gente que ha perdido las elecciones habla del voto de calidad, que igual

resulta que era de caridad, de misericordia, vamos.

El P. S. O. E. tiene que fijarse una estrategia a corto y medio plazo, consistente en fortalecer la

organización interna, al mismo tiempo que en las Cortes hará propuestas en consonancia con su programa

electoral, basando su política en los intereses populares y evitando que el Centro se apropie de nuestra

literatura política en sus programas, ya que no en su cumplimiento.

Será una oposición coherente y dura, sin concesiones formales ni ideológicas, con dos propósitos

principales. Completar el proceso democrático en Ios municipios y crear los instrumentos necesarios para

el desarrollo democrático del movimiento obrero, apoyando a la U. G. T. y a los sindicatos libres. En la

medida que se concilien ambos propósitos, el P.S.O.E. se consolidará como única alternativa de cambio

social.

—¿Qué tipo de modelo socialista propugna el P. S O. E? ¿Se trata de un modelo marxista,

socialdemócrata, o de otro tipo?

—No hay un modelo de referencia, porque los países que se llaman socialistas no son democráticos, y los

que son democráticos no son socialistas. No se trata de buscar utopias, sino de hacer transformaciones

con los pies en la tierra. Y uno transformación en los medios de producción y en las estructuras que son

reflejo de los mismos.

En estos tiempos, el que afirme ser sólo marxista, demuestra, paradójicamente, no serlo, porque la

izquierda ha ensanchado su horizonte cultural de referencia, y una filosofia política en la que se basa una

práctica, no puede consistir en una interpretación dogmática de unos textos, sino en la adecuación a la

realidad de unas claras coordenadas políticas.

En el caso del P. S. O. E., entendemos que contra lo que creen los grupos de extrema izquierda, el

capitalismo no ha llegado a su final como sistema económico y social, pero si que está en crisis. Por eso

proponemos un programa de transición al socialismo, basado en un creciente protagonismo de las clases

populares y trabajadoras, mediante la conquista de plataformas de poder irreversibles, salvo pinochetazos,

controlando centros reales de poder económico y politico y evitando que los controlen otros, siempre

desde el respeto a la democracia y a la libertad. Sería, por tanto, no un partido en transición, sino el

partido de la transición al socialismo, en virtud no sólo de su actividad propia, sino del conjunto del

«corpus» social.

—¿Cuál va a ser su actitud con los comunistas?

—La política del P. C., de cara a las elecciones, quizá por la necesidad de crear una imagen democrática,

le ha perjudicado, al proponer un programa socialista. Ha consistido en un intento demasiado mimético de

trasladar el modelo italiano, pero en poco tiempo.

En Italia pasaron muchos años, y hubo teóricos de la talla de Togliatti y Gramsci, a lo que hay que sumar

la imagen del secretario general, marcada por la dictadura. Hay divergencia entre sus declaraciones y su

funcionamiento interno, en cuanto a la democracia. Hay gente que dice que la política del P. C. ha sido

muy hábil. Sin embargo, se da la paradoja de que habiendo ofrecido una imagen y una práctica política

«electoralista», no ha tenido electores, lo que indica que no están pisando terreno firme.

Si se exceptúa Cataluña, la unidad de la izquierda no tiene viabilidad. El P. S. O. E. no necesita una

etiqueta radicalizadora, y el P. C. no está, además, en condiciones de darla, con sus posiciones de

euromonarquismo, o eurocomunismo, como le llaman ellos. La via al socialismo pasa por el P. S. O. E.

más que por la unidad de la izquierda. De ahí su obsesión para que entráramos a formar gobierno, para

quedar de oposición constructiva y amable.

—¿Va a haber de verdad unidad socialista?

—Hay que diferenciar dos grupos principales, un partido a nivel del Estado, el P. S. P. y los grupos

socialistas regionales o de nacionalidad. Las elecciones han demostrado que el pueblo se inclina por una

autonomía solidaria, y no insolidaria, a cualquier precio, como la que han propuesto muchos grupos

socialistas, basando todo su programa en el autonomismo, para diferenciarse.

El proceso de unidad socialista va muy bien en Cataluña. En Valencia queda un grupo minoritario, en

Andalucía esperamos que se consiga por la base, al margen de la actitud de algunos líderes, y en Aragón,

donde han conseguido un escaño, no parecen tener prisa por la unidad. En cuanto al P. S. P., digamos

que está "condenado" a unirse con el P. S. O. E., y esta necesidad la comprenden muchos de sus

militantes.

Las dificultades provienen de algunos miembros de la dirección, cuya actitud en estos momentos

comprendo, por aquello de la cola de león y la cabeza de ratón. El P. S. P. podría no poder formar grupo

parlamentario, por lo exiguo de su representación, y tendría que asisitir a las Cortes como testigo casi

mudo. Estoy convencido de que la unidad se va a producir muy pronto. Incluso cabría la posibilidad de

que se acercaran a posiciones socialistas ciertos sectores actualmente integrados en la U. C. D., como

producto de disensiones internas.

—¿Y en el P. S. O. E. no hay disensiones internas? ¿Está la base más radicalizada que los dirigentes?

—Se exagera interesadamente cualquier discrepancia, lógica desde una práctica democrática, sobre todo

ahora que el partido está en una situación de alternativa de poder. Probablemente sea ahora la época, en

toda la historia del partido con menores divergencias. La actitud predominante de los militantes de base es

radical, porque no se es socialista si no se es radical, pero coherente, sin izquierdismos infantiles.

—¿Qué opina de Pablo Castellano?

—Le conozco hace muchos años y anteriormente representaba la postura más moderada dentro del

partido. Ahora la rueda del destino le hace representar un papel que igual él ni siquiera acepta. Creo que

tiene una gran capacidad de foro, que puede jugar un importante papel parlamentario, por tanto, más que

el de ideólogo convincente.

—Mitterrand y otros líderes socialistas europeos se han mostrado reticentes con el ingreso de España en

el Mercado Común. ¿Qué opina de esta actitud?

—Me parece una actitud hipócrita y de cortos vuelos electorales, para no perder votos de sectores que

pueden resultar afectados por la competencia española. Pero son posiciones que no van a prevalecer, y

que, necesariamente, cambiarán, porque están muy por debajo de la deuda internacional que en el orden

politico Europa tiene con España, ahora que han desaparecido los obstáculos que se oponían al ingreso de

una España no democrática.

Miguel Ángel Molinero

 

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