Que decida el país     
 
 Informaciones.    24/01/1976.  Página: 1. Páginas: 1. Párrafos: 5. 

Que decida el país

EL momento político es grave. Estamos incubando nuestro futuro político. Fraga ha hablado de «minutos de parto» y de «desafío histórico». La coyuntura es delicada, porque pretender reformar una legalidad con el consenso de quienes poseen resortes institucionales de es» legalidad-situación, que periclita históricamente, es difícil. Es la peor de las situaciones, porque son las fuerzas moderadas, la mayoría del país, que espera la oportunidad de poder organizarse políticamente en un sistema representativo, donde prevalezcan sus voces, las que más padecen en esta transición.

Tendencias progresivas y fuerzas retardatarias pugnan, y a veces dan la sensación de que se neutralizan. Este es el mayor riesgo , a que hace frente el Gobierno, al igual que el pais, colectivamente y como suma de individuos, debe vencer la tentación de dejarse llevar por la histeria. Si no estamos dominados por un sentimiento de autodestrucción, aprovecharemos una oportunidad histórica de organizar una convivencia política pacífica.

El objetivo es claro y !o exponía el lunes el presidente Arias: «Sólo con la participación del pueblo en las áreas del poder, se logra normalmente la convivencia cívica.»

Se trata de articular este principio en normas jurídicas, las únicas que pueden expresar la realidad de una sociedad que ha dejado atrás, en su evolución y progreso, el propio sistema institucional. El paso desde un sistema de adhesión personal incondicional a un sistema de participación institucional —por seguir con las ideas de! presidente Arias— implica la necesariedad de cambios políticos ninfundos, concretos, con eficacia y reconocimiento jurídico. Quienes obstaculizan o pretenden impedir esos cambios contraen una grave responsabilidad. La responsabilidad de conducir el país a una nueva confrontación dramática o a una situación límite tras la cual no sería posible gobernarlo más que con el recurso sistemático a la fuerza. Un destino que un pueblo civilizado debe negarse a admitir.

Medítese el hecho de que una parte de las dificultades y obstáculos con que tropieza una política de evolución democrática se debe a anteriores fracasos y frustraciones de intentos aperturistas, quizá en condiciones más favorables que las actuales. A quienes con mala memoria hablan de la «insoportable» situación actual y dramatizan, hay que recordarles que ni la crisis económica, ni los paros laborales, ni las manifestaciones son fruto de la nueva situación, sino que tiene causas que la preceden. Hay que recordarles también que fue sólo hace unos meses cuando el diapasón de la violencia y el terrorismo llegó a su nota más alta.

Habría que ser ciego o malintencionado para no reconocer decenas de evidencias de que se han ensanchado apreciablemente la permisibilidad del Poder y el margen de libertad. Y el país no ha saltado por los aires. Por el contrario, el pueblo español está dando una lección de civismo —demostrando muchas veces más conciencia política que sus grupos dirigentes—, que es todo un síntoma de hasta qué punto es posible darle la soberanía.

Ese pueblo no quiere aventuras ni violencias, ni demagogias.

No es hora de que el Gobierno eche el freno. Quien se niega a ser el Caetano español, buscando contribuir a que España no pase el trauma de la nación vecina, ha dicho esta semana una frase que resume, la única política posible para salir de trampas y círculos viciosos: «Hemos de mantener la iniciativa.» Las palabras como evolución, cambio, reforma, ruptura... son necesariamente ambiguas.

Lo que gran parte de la nación desea es un sistema representativo mediante el sufragio universal que combine libertades formales —sin dictaduras de clase o de partido— y reformas sociales, y todo ello mediante métodos pacíficos y no revolucionarios. Ciertamente habrá quien piense que no es esa la voluntad de la nación que debe servir de orientación al Gobierno.

Pero sólo habría un medio para salir de dudas, y a él nos remitiríamos, que el país decida mediante unas elecciones libres. Hace un mes, don Juan Carlos dirigía a los españoles un mensaje que reflejaba confianza en la nación y fe en el futuro. Sus palabras respondían a una concepción del pueblo español como adulto, maduro y protagonista de la nueva etapa histórica que ha comenzado. No hay otro camino digno y civilizado.

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