Autor: Gala, Antonio. 
 Cuaderno de la Dama de Otoño. 
 Soldadito español     
 
 El País.    19/05/1985.  Página: 36. Páginas: 1. Párrafos: 6. 

Cuaderno de la Dama de Otoño

SOLDADITO ESPAÑOL

Antonio Gala

De los 20 a los 25 años hay una edad espléndida. Los muchachos piensan estar formados en todos los sentidos, y no io están en ninguno: se traía de la auténtica juventud. No se ha vivido aún la razón de las opiniones, y la vulnerabilidad y la delicadeza se disfrazan de fuerza, de desdén, de rebeldía. No se nota el desvalimiento, y es, en consecuencia, más peligroso; corno la generosidad, si existe, más inconsciente.

Con mayor o menor prisa la adolescencia se aleja y, de un empellón, se mete a) individuo en el batiburrillo del que jamás saldrá. A esa edad en España no se ha perdido del todo la esperanza, y la vida se ve como un caleidoscopio de posibilidades. (En teoría; la realidad es muy distinta. Pero de 20 a 25 años la teoría tiene un maravilloso poderío.) Yo creo. Dama de Otoño, que a tí y a mí nos sucedieron entonces cosas inolvidables, que nos marcaron para siempre aunque las hayamos u ideado A veces venían de fuera, y su digeslión nos costó sangre y es origen del estado ce nuestros estómagos; a veces fueron decisiones que lomamos, de lasque a pesar de sus secuelas nunca nos arre pendemos. Porcuc estábamos a las puertas no de la vida, sino de nuestra vida. Y la gobernamos con la relativa libertad que atrapamos dejándonos las uflas. Lo que llegó después trajo ya el sello de lo que entonces elegimos.

Por tales consideraciones juzgo bueno que, a los 20 años, se establezca la prestación de un servicio a la comunidad. Eso hace que los muchachos aprendan lo que es su nación, su gente, fuera de los circuios íntimos; que se traten y convivan muchachos de cualquier procedencia: pobres y ricos, estudiantes y trabajadores (si es que el estudiante no es un trabajador, y si es que alguien tuvo la suerte de encontrar trabajo); quienes serán médicos y mecánicos y carpinteros y maestros y pastores, y quienes no serán nada; los andaluces y los gallegos y los catalanes y los vascos. Esa mezcla fomenta el respeto a lo que no entendemos, U tolerancia de opiniones no nuestras, el conocimiento de otras formas de vida y actitudes, el roce con personas que no habríamos ni siquiera imaginado. Para una experiencia así, antes de tal edad es difícil que nadie esté dispuesto todavía; después de tal edad es difícil que nadie esté dispuesto ya.

Lo que no me gusta es que ese servicio a la colectividad se rinda en el Ejército. No me gusta nada. A ti no te coge de sorpresa mi aversiór. por los uniformes. (El servicio por el que abogo es lo contrario de la uniformación: el intercambio de las variedades, e] ofrecimiento de contrarias aptitudes, la recíproca visión de las diferencias.) Yo soy pacifista y antimilitarista. Los objetores de conciencia deberían ser mucho más rumorosos —o mejor, la inmensa mayoría— y muchísimo más alabados. (El director de la Academia

Militar de Zaragoza afirma que algunos grupos pacifistas "pueden estar manipulados e incluso resultar fuerzas colaboradoras con la Unión Soviética". El general Ángel Santos Bobo no debe ser tomado muy en serio: trata de defender la indefendible postura gubernamental ante la OTAN, asegurando de paso que la carrera nuclear representa "un elemento de disuasión más convincente que las armas convencionales" —como si éstas les pareciesen a. ios pacifistas un regalo de Reyes—. Acaso el general no ha caído en la cuenta de que ir muchos belicistas también pueden colaborar con la Unión Soviética. y muchos ángeles y muchos santos y muchos bobos. Y que hacerle el caldo gordo a la OTAN es, desde luego, tan criticable y no menos explosivo. Ya es hora de olvidar los fantasmas. Yo soy antimilitarista y pacifista, y no me manipulan ni el Este ni el Oeste. E igual que yo —lo espero— hay una infinidad.

Mis motivos son obvios: las guerras no han resuelto jamás nada, a no ser el porvenir económico de los trancantes de armas. Soy un profesional de la paz, como los militares son profesionales de la guerra por muchas vueltas que se le den al asunto. Creo ín muy poco de lo que los militares más acendrados creen y por lo que se mueven. Dudo, así lo juren, que ellos amen la paz con el mismo fervor que yo la amo. Y ios juzgo, con su cargamento de grandes palabras en desuso, bastante más utópicos que yo, pero a sensu contrarío... ¿Te acuerdas. Dama? A los diez años, ác vuelta de una excursión a Los Pedroches, un guardia civil me largó un puñetazo por recitar a Lorca entre mis compafleros; en 1981, militares de altísima graduación me impidieron volver a jurar públicamente la bandera (yo procuraba romper las necias exclusivas de los ultras y de los cuarteles: la bandera, si es un bien, es común); y, entre esas fechas, más nos vale borrar lo sucedido.

El servicio militar obligatorio me parece inútil y muy perjudicial. Lo que en e1 se muestra de los profesionales es su cara peor: la puerilidad, la indiscriminada disciplina, la asombrosa pérdida de tiempo, los suboficiales imbéciles y los oficiales que no lo son menos, el dejar ios cajones a la puerta del cuartel, el honor militar tan lejano del nuestro (puesto que humilla y despersonaliza), el vano intento de atiborrar un aflo con memeces estériles, la obediencia baldía, la denigrante prisa para no llegar a ningún sitio. Un día en un cuartel provocaría la carcajada si no provocara la indignación: se busca, con la más estricta minuciosidad, la ro-botización del ser humano; sí contrndicc cuanto de creativo tenga. Y lin In menor excusa, porque se ensaya allí lo que no es ensayable: la guerra, la muerte, la absoluta sumisión, el mudo arrodillamiento (es decir, aquello que, ni a título religioso ni amoroso, tiene nadie derecho a requerir).

Que yo sepa, no vivimos ya en un Estado militar. Y, si no exponemos y dejamos morir a los niños mal constituidos, como Esparta, no hay por qué malograr a los jóvenes, débiles o no, inteligentes o no, sensibles o no. Hay que desengañarse: aquí las únicas guerras decentes ¡as han hecho siempre los civiles.

Y los civiles guerrilleros, que no tenían la más´ligera idea de estrategia, táctica, logística, . balística, ni otras ciencias (?) marciales. Y; por íi fuera poco, en el servicio miü-tar nuestros muchachos no paran de correr riesgo» mortales. En el 83. el Ejército de Tierra tuvo 91.998 accidentados, o sea, el 41,8 % del total,que se dice muy pronto. En los últimos cinco años se suicidaron —a i a hermosa edad por mal nombre denominada militar— 105 jóvenes —los intentos frustrados fueron muchos mal—, y fallecieron por diversas causas 848. Las armas las maniobras, los viajes, los ejercicios de tiro y hasta las comidas, son trampas mortales. (En alguna espeluznante ocasión, también tos superiores.) Las versiones que el Ejército da de tan atroces hechos, con frecuencia son contradictorias. A las familias —ni a la patria— no les consuela que se hagan los entierros entre salvas de honor; que el Ejército sufrague el traslado de los restos; ni que se les conceda una indemnización de 100.000pesetas; ni que al mutilado, que no volverá a trabajar normalmente, se le señale una mensualidad de 35.000. No, eso no consuela a nadie. Y que el ministro proclame que las cifras de los siniestros producidos en este campo aquí "no son dramáticamente superiores" a las de otros países, tampoco: no hay nada dramáticamente superior a la muerte de un hijo de 20 años, sin que se sepa por qué ni para qué. El que quiera jugar a la guerra, que juegue; pero el que no, que tenga su oportunidad: no sustitutiva, ni solapadamente castigada, sino mis honrosa y enaltecida —por más benéfica y humana— que la otra. Dejémoslo claro: lo de "soldadito español / soldadito valiente, / el orgullo del sol / es besarte en la frente" es la mayor idiotez que se ha escrito jamás. Sobre todo cuando al soldadito se le ha matado antes.

 

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