Autor: Fernández de la Mora y Mon, Gonzalo. 
   Se busca una socialdemocracia     
 
 ABC.    10/06/1977.  Página: 3. Páginas: 1. Párrafos: 9. 

SE BUSCA UNA SOCIALDEMOCRACIA

PARECE que algunos de los ex t r a n jeros que asistieron al úlmo Congreso madrileño del P.S.

O. E. regresaron preocupados por el radicalismo del socialismo español. Basta hojear el

reciente libro «Programas ecoómicos de la alternativa democrática» ara comprobar la

extraordinaria homogeneidad que existe entre los obietivos del socialismo y del .comunismo

celtíberos. Ambos son partidarios de la nacionalización del crédito, los seguros y los medios de

producción. Ambos postulan la autogestión de las empresas, la socialización del suelo urbano,

la colectivización del campo y la estatización de la enseñanza. Las diferencias principales

son de procedimiento: nuestro socialismo es una especie de comunismo por entregas. Los

programas del Partido Socialista Obrero Español y del Partido Socialista Popular serian

evidentemente «gauchistes» en Bonn, Estocolmo o Londres. ¿Por qué este sinistrismo?

¿Por qué este contraste con sus homólogos nominales del resto de Occidente? Pienso que hay

dos razones fundamentales: una es la tradición revolucionaria y otra nuestro contexto actual.

El perfil histórico del P. S. O. E. pasa por cuatro puntos definitoríos: su aparición parlamentaria

en 1910, su presentación nacional en 1917, su negativa al juego democrático en 1934 y su

extremismo a partir de 1936.

El P. S. O. E. nació tarado por la radicalización anarquizante. Su fundador, Pablo Iglesias, en el

primer discurso pronunciado ante las Cortes ´—era el 9 de julio de 1910—, pidió la supresión de

la Magistratura, de la Iglesia y del Ejército. Y, pese a la indignación de la Cámara, amenazó con

el recurso a la violencia física. Estas fueron sus famosas palabras: «Para Impedir que el señor

Maura vuelva al Poder, ya dije en otra parte que mis amigos estaban dispuestos al atentado

personal.» Si así se manifestaba el gran patriarca del partido, el que nos cuentan que vivió y

murió en olor de santidad laica, no es difícil imaginarse la actitud de sus correligionarios más

exaltados.

La primera gran demostración nacional del P.S.O.E. fue la huelga general revolucionaria de

agosto de 1917. Era /a primera de este carácter que. conocía Europa; la segunda, dos meses

después, fue la soviética. El dramatismo de aquellas jornadas lo narra un testigo de excepción,

Miguel Maura, en una carta del 18 de agosto. Escribe «hecatombe», "degollina», «salvajada», y

cita el intento de volar una presa de abastecimiento de Madrid. El comité de huelga estaba

formado por los prohombres del P. S. O. E. y de su central sindical la U. G. T.: Besteiro,

Saborit, Largo Caballero y Anguiano. Fue el profesor Besteiro quien dio la orden de marcha con

un artículo publicado el día 13, que se iniciaba con la contraseña convenida. En algún pueblo

se proclamó la República y el sangriento balance arrojó casi un centenar de muertos.

El P. S. O. E. no se convierte en una gran fuerza nacional hasta las elecciones de junio de

1931, ingrata revelación para los ingenuos a lo Berenguer y Aznar. Entonces, ios socialistas

obtienen 117 escaños sobre un total de 358, y participan en el Gobierno, Pero en los comicios

de noviembre de 1933 retroceden espectacularmente: apenas 70 diputados sobre un total de

450. Es el triunfo del llamado Centro Derecha, el cual, después de penosos regateos

presidenciales, llega muy recortado al Poder. La respuesta socialista es el repudio de las reglas

del juego democrático y el desencadenamiento de la revolución de octubre de 1934. En su libro

«De mi vida», el líder socialista Prieto reconoce su protagonismo ya desde el desembarco de

armas junto al Nalón a primeros de septiembre. Y suya es esta confesión de 1942: «Me declaro

culpable... de mí participación en aquel movimiento revolucionario.» El balance fue atroz: una

guerra en Asturias, una guerrilla en Cataluña, una ola nacional de violencia y más de cuatro mil

muertos

.

El socialismo llegó oficialmente a la plenitud del Poder en la zona republicana durante la guerra

civil. Los dos sucesivos presidentes del Gobierno fueron dos líderes socialistas: Largo

Caballero y Negrín. Un hombre clave en Ministerios esenciales como el de Defensa fue otro

socialista: Prieto. El comunismo participaba y acosaba, pero tras las bambalinas. La

responsabilidad gubernamental la asumió el socialismo. Fue un trienio de terror, jalonado por el

genocidio de Paracuellos, la persecución de las creencias (trece obispos y ocho mil religiosos

asesinados), las checas, etcétera. La piedad impide descender a los detalles.

La Historia demuestra que, por desgracia, el socialismo español no fue una socialdemocracia a

la europea. Ni el S. P. D. alemán, ni el laborismo inglés, ni sus hermanos nórdicos, italianos o

franceses son tácticamente homologables al radicalismo revolucionario de su homónimo

español.

Pero, además de la genealógica, hay otra razón vigente, la contextual. El Estado del 18 de Julio

hizo la revolución social más profunda y extensa de la historia de España. El socialismo

nacional, inspirado en la Falange y en la doctrina tradicional desarrollada por los Pontífices, se

encaminó, con métodos más eficaces y humanistas, hacia los objetivos reales de las

socialdemocracias transpirenaicas e incluso llegó a rebasarlos parcialmente. Si hoy se

aplicasen en España los programas de muchos de los socialismos occidentales asistiríamos a

una operación conservadora, porque habría que privatizar las empresas públicas, descongelar

los arrendamientos, autorizar el libre despido y limitar el incremento de los salarios en

funcióndel crecimiento de la renta nacional. Es esta paradójica situación la que estimula la

radicalización del socialismo español y le impulsa a reivindicar fórmulas que, como las

nacionalizaciones y la autogestión sistemáticas, son típicamente comunistas. Si la sustancia —

no el procedimiento— del programa socialdemócrata la ha puesto en obra el Estado del 18 de

Julio, ya no es sólo la historia del P. S. O. E., es la coyuntura la que explica la tendencia de

nuestro socialismo a desplazarse hacia las consignas d e I frentepopulismo comunizante

porque son las más simples, las de posibilidades más demagógicas, las que menos obligan a

pensar y las únicas pendientes.

Quien desee trasladar a nuestro país el modelo demoliberal centroeuropeo ha de crear lo que

nunca hemos tenido: una socialdemocracia moderada, dialogante, liberal y anticomunista.

Desde el Gobierno será muy difícil repetir la operación canovista y fabricar un interlocutor,

porque ahora lo impide algo tan voluminoso como el marxismo. Desde el campo socialista sería

más viable, pero olvidando los viejos nombres y las antiguas querellas. Aquí y allá se registran

esfuerzos de algunos beneméritos notables para crear, de nueva planta, una socialdemocracia

a la europea; pero, ¿podrán evitar el desbordamiento de los extremismos y de los hábitos

revolucionarios heredados? De momento no hay indicios de que el empeño se logre; al

contrario, el líder del P. S. P. acaba de advertir al viejo modo de Largo Caballero: «Si Alianza

Popular gana las elecciones volverá la lucha a la calle y al taller.» Son, pues, muchos los

síntomas que inducen a pensar que lo más viable de nuestro socialismo sigue sustancialmente

fiel a su pasado. La escena politica española podría titularse, al modo proustiano, como una

búsqueda de la socialdemocracia perdida. Por ahora, nadie ha aportado datos que permitan

esperar que será encontrada. Es lamentable; pero es la verdad.

Gonzalo FERNANDEZ DE LA MORA

 

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