Autor: Sánchez Montero, Emilio G.. 
 Sociedad. 
 Una de moscas     
 
 Ya.    12/03/1986.  Página: 5. Páginas: 1. Párrafos: 4. 

Una de moscas

EMILIO G. SÁNCHEZ MONTERO

DADO que ayer fue el día de gran silencio en el que no podía oírse ni el vuelo de una mosca respecto al gran tema, y hoy es el día de autos, en el que estaremos en vela hasta altas horas de la madrugada con la mosca detrás de la oreja, parece que la máxima actualidad legalmente comentable gira en torno a las moscas. Hablemos, pues, del famoso y familiar díptero, que es noticia, además de por lo ya comentado, por su traumática experiencia colectiva a bordo del «Spacelab».

Y es que resulta que las moscas españolas que fueron enviadas al espacio con la específica y tradicional encomienda de dejar bien alto nuestro pabellón nos han salido un poco ranas. Ningún español bien nacido hubiera dudado jamás de la portentosa masculinidad de nuestras moscas macho, pero parece que e! poderoso influjo de la altura las ha tornado inapetentes hasta el extremo de frenar de modo insospechadamente rotundo su patriótico trajín reproductor, dejando en ridículo, corporativamente hablando, a todos los gloriosos varones de este país que confiábamos en ellas.

Parece hasta mentira que la ausencia de una simple ley, no consensuada y ni siquiera debatida en comisión, que llaman «de la gravedad», haya tenido efectos tan devastadores sobre la hasta ahora indiscutible virilidad de nuestras moscas macho. Y no sólo eso, sino que incluso las ha hecho envejecer prematuramente hasta el punto de causarles la muerte en plena juventud: echadas al espacio en noviembre, no han conseguido comer el turrón, ya que el último superviviente de la tragedia, encanecido y maltrecho, fallecía el mismo día de Navidad, según hemos podido saber ahora.

En atención a la jomada que vivimos y consecuente con lo que marca la legislación, no seré yo quien se atreva a extraer posibles corolarios de tinte político de tan dramático suceso. No comentaré, pues, nada que pueda relacionar la altura alcanzada por las desdichadas moscas con su ulterior incapacidad para relacionarse con sus semejantes, ni el súbito e irreversible envejecimiento que acarrea subir tan alto y perder el sentido de la gravedad de las cosas.

Todo lo contrario: quiero terminar dejando muy claro que ésta es una simple historia de moscas, tan inocente, inocua y volátil como sus protagonistas.

 

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