Autor: Álvarez, Faustino F.. 
   Un detective de intenciones     
 
 Ya.    10/03/1986.  Páginas: 1. Párrafos: 5. 

Un detective de intenciones

Faustino F. ALVAREZ

LE ha tocado, ahora mismo, pastorear los datos que se extraen, como peces sagrados, del corazón de este país. Con las cifras construye teorías, y basta detectar un cataclismo en las movedizas arenas de la duda para edificar una conclusión. Julián Santamaría, con el enorme bigotón que le desciende de terrenos nasales como un torrente, es el frontón de la moneda que devolvemos los encuestados: a él hay que preguntarle qué es lo que pasa, y su sabiduría de sociólogo no puede ocultarse, como tantos, en «un no sabe/no contesta.»

Sus silencios están llenos de humo de infatigables cigarrillos, de algo que pone una cierta magia en los dígitos y una confusa emoción en las respuestas que vomita el ordenador. En él se escenifica la terminal de carne y hueso de ese proceso consistente en no permitir que las intenciones se encojan de hombros y se puedan convertir en misiles para la gente alegre y confiada. Tantas preocupaciones han convertido al testigo en militante porque, en otro tiempo, el escaso margen por el que ganaban quienes apostaban por la libertad no permitía el lujo de la automarginación. Perteneció al Frente de Liberación Popular (FLP) entre 1959 y 1962; desde aquel 23-F se afilió al PSOE. Ahora, la sociedad ha puesto en sus manos el Centro de Investigaciones Sociológicas, que pretende ser la llave maestra para la «caja negra» de las conciencias españolas.

A pesar de los sistemas avanzados, no se le puede negar a Julián Santamaría una dosis de hechicería: a fin de cuentas, a él también le toca leer lo oculto, conjurar lo temido, aplicar el carbono 14 a las verdades que se sonrojan cuando salen al proscenio. Por lo demás, he aquí al laico confesor del cuerpo social, al inspector de tendencias, al detective de intenciones. Algunos pedantes dicen que, ante una encuesta técnicamente buena, la niebla huye. El vicepresidente del Gobierno, Alfonso Guerra, sin embargo, opina que la verdad sólo sale de la madriguera cuando se recuenta la cosecha de los votos, como hacen los cazadores con las piezas en los amaneceres castellanos.

En Estados Unidos, Julián Santamaría aprendió que, bajo la complejidad de los ordenadores, cimentando las sofisticadas conexiones de la trama social, subyace y brilla la sorpresa patrimonial de los hombres libres. También es consciente de que la realidad es un puñado de barro moldeable. Entre

la apuesta por el libre albedrío y la evidencia de que la rebeldía a veces termina pisoteada en el rebaño, Julián Santamaría ha venido protagonizando estas últimas semanas de España: a fin de cuentas, él es el mensajero de las respuestas que la realidad va haciendo públicas y, como a los sismógrafos, le toca poner la oreja sobre el terreno para sentir, a lo lejos, los bostezos o los manotazos del terremoto. La neutralidad que se le supone ha sido cuestionada en estas fechas en que tantos españoles han mezclado cordura y desconfianza en proporciones que oscilaron enloquecidas.

Los números cantan, según dicen, pero hay quienes creen que en su música influye el director de orquesta. Mientras los políticos gritan, Julián Santamaría guarda silencio ante una pantalla poblada de cifras verdes que él va coleccionando, diseccionando y sometiendo a interrogatorio. Su papel está a mitad de camino entre el médico que te coloca el termómetro y el mago que, sin mirarte, te adivina el gesto de los ojos. Cuando le hablan del referéndum OTAN, sufre porque, a fin de cuentas, su ciencia está relacionada, esencialmente, con los tiempos de paz.

 

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