Autor: Urbano, Pilar. 
   Guerra, contra los columnistas     
 
 Ya.    11/03/1986.  Página: 14. Páginas: 1. Párrafos: 1. 

Guerra, contra los columnistas

PILAR URBANO

HOY, día del silencio reflexivo, me propongo no-hablar-del-reíeréndum y que cada quien se lo reflexione bien. Pero aprovecho el silencio nacional para hacerme oír del «oyente». A ti te hablo, Alfonso Guerra. A vuecencia, si prefieres este tratamiento. En las páginas centrales del YA de este domingo leí tus declaraciones a Graciano Palomo. Subrayé, casi al inicio, tu confesión grafiquísima «como tengo asumido el papel de pararrayos, mi piel se ha convertido en piel de rinoceronte». «Rhinoceros.» Metamorfosis del iracundo Júpiter fulminador que se convierte en paciente pararrayos... Fue hacia el final de la entrevista cuando di el respingo. Un respingo de perplejidad. Era el párrafo, veintitrés líneas y cuarto, en que te referías a los periodistas-columnistas. Hacía mucho tiempo que esperaba el ataque de vuecencia. Pero lo esperaba más contundente, o más incisivo, o más vitriólico. Y, desde luego, más valiente. De ahí mi perplejidad: hacías un paquete genérico, sin señalar a nadie, sin atreverte a dar nombres. Decías: «algunos columnistas». Decías: «En España se ha vivido ahora la moda de un cierto columnismo...»(a propósito, vuecencia no debería decir «un cierto», porque es una barbaridad gramatical, un galicismo impropio de tu ilustración). Decías: «Hay un sector de los columnistas importantes en los periódicos que piensan que la libertad de expresión se reduce a su libertad. Pienso que se dan noticias con una absoluta irresponsabilidad (...). Hemos asistido en el último mes a toda una teoría de bulos que saca alguien y después unos columnistas se hacen eco de esos bulos sin ningún empacho y sin ningún pudor, creando con todo ello una situación falsificadora de la realidad y se miente más de la cuenta.» Aquí hice un alto. No me di por aludida. Soy, casi tan modesta como Felipe González, que, a su vez, se declara «más modesto que De Gaulle», y no me incluyo —aunque otros me incluyan— entre el «sector-de-columnistas-importantes-en-los-periódicos». Así que, sin sentimiento personal de agravio, repasé ios insultos que dedicabas a la crema de nuestra profesión: reductores de libertad de expresión, propaladores de bulos, irresponsables, gente sin pudor, falsificadores de la realidad, mentirosos... Ah, con un matiz sutil: «Se miente más de la cuenta.» ¡Hola! O sea que hay una cuenta de mentiras, aceptable mientras no se rebase... Bizarra ética, que entronca o se arraiga en la filosofía machad lana con que concluyes el párrafo:

«También la verdad se inventa, decía Antonio Machado, y eso es lo que algunos aplican.» ¿Por qué te zahieres, por qué te fustigas? Yo creo, vuecencia Alfonso, que a estas alturas, también a los columnistas se les ha hecho piel de rinoceronte. Y tus dicterios dan en duro..., o ni siquiera dan. De no ser así, ni con todo el cuadro de «Las lanzas» tendrías suficientes pararrayos para soportar la tormenta de querellas, individuales o colectivas, que te hubiesen estallado desde este sufrido gremio. Pero también creo, dilectísimo vicepresidente-oyente, que hay algo que debes oír... Escucha que te hablo sin-acritud: un columnista no es una caza-correbulos. Un columnista trabaja de otro modo: a partir de un hecho noticiable, lo contrasta con datos plurales y diversos, lo expone al crisol de la legalidad vigente, lo somete a la memoria histórica, lo enjuicia desde la óptica crítica y, con las herramientas de la libertad y la verdad, «con rigor, sin favor y sin temor» ofrece, al fin, una explicación de la realidad. Una: la que honestamente ha elaborado. Y apuesta en ella la solvencia y el crédito de su firma..., que es su máxima prenda de valor. Pero un columnista, «comme-il-faut», jamás será laqut´grafo-manso-sí-bwana, que se limite a reproducir los dictados del César. El columnista enjuicia, critica, denuncia los yerros, los vaivenes y los abusos del poder. Su papel no es el del servicial «recadero», ni el del oficioso periodista-de-cabecera... Y, claro, al poder le molesta, le enoja y «no-le-sirve». Y ahí está el mal: debería servirle, precisamente porque..., sirve al pueblo. Así de sencillo. Así de sublime. Así de respetable.

 

< Volver