Autor: Romero, Emilio (FOUCHÉ). 
   Perlas     
 
 Ya.    13/03/1986.  Página: 19. Páginas: 1. Párrafos: 4. 

DIARIO DE UN ESPECTADOR

Perlas

EMILIO ROMERO

ESCRIBO esta crónica antes de conocer los resultados del referéndum, y entonces «la crónica del referéndum» se publicará mañana. Y mientras tanto voy a referirme a la maravilla de unas perlas extraídas por Raúl del Pozo —un periodista de «ideas avanzadas», a quien profeso un gran afecto— de las mentes de Carlos Solchaga, ministro de Economía y Hacienda, y de Antonio Gala, excepcional autor dramático y presidente de la Plataforma Cívica. Otro de los grandes beneficios de las libertades de expresión es el gozo permanente de la lectura diaria.

Lo de Solchaga

La entrevista con Solchaga, dice Raúl del Pozo que duró cuarenta y cinco minutos y dos güisquis a bordo del Boeing que une Madrid con la Costa del Sol. En tan escaso tiempo me parece una maravilla de realización. Una de las preguntas fue que en los primeros años de la transición los obreros conseguían mejores convenios que en los años de Gobierno socialista. Entonces el ministro de Economía respondió que la causa era «porque entonces la patronal reculaba». El término «recular» me parece excelente. La memoria del ministro —sin embargo— me parece precaria. El asunto es este otro: con la transición aparecían dos sindicatos poderosos, que eran la UGT y Comisiones Obreras. La UGT es un sindicato socialista. El socialismo en los primeros años de la transición estuvo en la Oposición, con la demagogia y las mercancías habituales de este partido, que todavía no había sido serenado por el poder. Ahora ya lo está. Entonces los socialistas, los comunistas y sus sindicatos instrumentales hicieron la gran presión. La patronal fue una invención obligada y urgente, tras el desmoronamiento del régimen anterior, y tenía que encontrar su sitio en una situación difícil. Los propios Gobiernos de Ucedé jugaban a la aocialdemocracia, en los asuntos económicos y sociales, y el ministro de Hacienda era Francisco Fernández Ordóñez. Y por último, había un consenso —el de los Pactos de la Moncloa— para hacer también la política económica.

Así es que el socialismo fue responsable de aquello, por presión y por consenso, en la medida que le correspondía. No está libre de polvo y paja. Las palabras añadidas dei ministro fueron estas otras: «Luego en la economía pintaban bastos, y se necesitó del ajuste y el saneamiento. (Se refiere al socialismo en el poder, desde el 82 a nuestros días.) Y hubo que ir a una reducción de salarios y a una restauración de excedentes. Como esta economía estaba maltrecha, para restaurarla hubo que aplicar dosis de caballo». ¿Y cómo pudo hacer esto el socialismo en el Poder? Por estas dos cosas: porque el socialismo ya no estaba en la Oposición, sino en el poder; y porque la UGT era su sindicato colaborador, aunque con malhumor. Solamente Comisiones Obreras se mantuvo fuera.

Y luego la perla milagrosa. Raúl del Pozo dice al ministro que el milagro español de la dictadura fue un «seiscientos» y un piso para cada trabajador. «¿Cuál es el milagro español de la democracia?» Entonces el ministro contestó de esta manera: «El milagro económico de la democracia, con un Gobierno progresista, es el siguiente, a corto plazo: redistribución de las rentas a través de un sistema fiscal progresivo, pero que no desestimule la creación de empresas y la actividad económica. A medio plazo, la igualización total de las posibilidades de desarrollo de la población, del desarrollo humano de los ciudadanos a través de un sistema educativo progresista y gratuito». Oír esto, en las postrimerías del siglo XX, que es —literalmente— la música del siglo XIX y alguna letra de la reconversión socialista después de la primera guerra mundial, es, ciertamente, un fogonazo lírico de nostalgia. Pero lo dice un ministro de Economía y de Hacienda, cuando ya se lo sabe todo, y se queda tan fresco. El progreso económico y la justicia social tienen ya otros canales. Y hasta hemos superado ya eso que veníamos llamando «el Estado de bienestar».

Lo de Gala

Raúl del Pozo preguntó a Antonio Gala sobre su experiencia de la campaña en favor de los noes del referéndum, y le contestó de este modo: «He visto una España multitudinaria. Eso no lo había visto nunca. Yo siempre he sido de recitales o de conferencias. El hecho de ocho mil o diez mil personas delante de mí, tan sensibles, tan emocionadas, tan entregadas, me ha hecho pensar que en realidad el político no es inteligente. Porque un político sumamente inteligente, que fuese capaz de emocionar como un poeta, correría el riesgo de convertirse en Hitler». ¿Pero en estas estamos? Antonio Gala ha estado ante el riesgo de convertirse en Hitler, porque su emoción ha sido también poética. Pero eso puede ocurrirle a Felipe González o a Fraga. Al parecer, lo que les falta es inteligencia —según la versión de Gala—, porque de otro modo se sentirían como Hitler con sus gentes sensibles, emocionadas y entregadas. Entonces, ¿qué hacer? ¿Habrá que desear que nuestros políticos nunca sean inteligentes delante del pueblo que les siente, les anima y les aclara, para que no se pongan ante esta grave tentación? Luego Raúl del Pozo le preguntó «obre si Almanzor podría ser general de la OTAN, y Antonio Gala respondió así:

«Almanzor era un chulo. Un chulo absoluto de la Reina». Esta perla se corresponde con un autor dramático, y nunca con un presidente de ninguna Plataforma Cívica. Almanzor, efectivamente, fue protegido por la sultana Sobeya. Pero su vida militar fue extraordinaria, y se apoderó de Barcelona, de Zaragoza de León, de Coimbra y hasta de Santiago. Fue mucho más importante que Eisenhower, y tuvo su final glorioso en Calatañazor. «Tenía clara una cosa —dice Gala de Almanzor-que no sé si los generales actuales tienen claras. El no era sólo el instrumento del destino; era el destino». ¿Pero qué idea del destino tiene Antonio Gala? El destino de la Alianza Atlántica no es otro que defenderse, como aquellos Reyes de León y de Navarra, contra el Almanzor soviético. Y defenderse para mantener estas dos cosas: el Occidente, tal como es, en su cultura, y el régimen político democrático de libertades.

Finalmente, ha dicho Antonio Gala, frente al riesgo de que una salida de la Alianza Atlántica nos lleve al Tercer Mundo, lo siguiente: «A mí no me da miedo acercarme al Tercer Mundo. Creo que no me van a llenar de piojos». España, a lo largo de la primera mitad de este siglo, era un país con muchos piojos, y no solamente reales, sino figurados. Después hicimos lo que debíamos, y nos los quitamos. El deseo es que no vuelvan. La solución es bien sencilla: no hacer lo del pasado.

 

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