Autor: Contreras, Lorenzo. 
 Los partidos, tras el referéndum. 
 Al Calviño desconocido     
 
 ABC.    14/03/1986.  Página: 28. Páginas: 1. Párrafos: 6. 

AL CALVIÑO DESCONOCIDO

En los primeros días de la campaña del referéndum, este cronista habló con claridad -supongo- del voto del miedo. Las oleadas del terror subliminal han invadido televisivamente los hogares de España y se han paseado por esos territorios exentos que son, para el Gobierno, Andalucía, Extremadura, Castilla-La Mancha y prácticamente Murcia. Es decir, el sur y el sudeste con su prolongación manchega.

El voto reflexivo, a escala más generalizada que en la España meridional estaba en otras partes, Ya irán -o iremos— aprendiendo los andaluces. Pero aun así, cabe sostener que los estragos causados por la televisión pública no han conocido, salvo en el País Vasco, Cataluña, Navarra y Canarias, notables excepciones.

Hoy es preciso comprender todo lo que significa José María Calviño en este mundo nuestro.

Cuáles son las razones de su persistencia en el cargo de director general del medio. Hasta qué medida sus gravísimos pecados de hombre público son virtudes para el Gobierno. Y cómo sus transgresiones de los miramientos democráticos se convierten en méritos indisputables en un mundo cerrado que tiene un concepto muy peculiar de la ética tras un entrenamiento de cien años de honradez.

Después de lo conseguido por TVE frente a los carteles de los muros, la lógica socialistafelipista debería eternizar a Calviño en Torrespaña o, por lo menos, elevarle un monumento en vida. Si no lo hacen es porque son unos ingratos en la Moncíoa o en Ferraz.

La eficacia de la TVE, de todos modos, opera a pesar de los errores. No es que Calviño y sus esbirros, que podrían entrar en un grupo escultórico de histórica proyección, no se hayan equivocado o hayan impuesto una brillantez auxiliada por los medios técnicos. Nada de eso. Es que su pobreza individual es neutralizada por el poder de la imagen. Cualquier ciudadano que recuerde el enorme fiasco de la entrevista de Rosa Mana Mateos y de los mosqueteros Sopeña, Vidal-Folch y Colom con Gerardo Iglesias y con Fraga, a quienes pretendían deshacer sin conseguirlo, esperaría lógicamente que la mano del poder superior descendiera inclemente sobre sus cabezas. Pero no. Está demostrado que la televisión opera por automatismo, con independencia de la pericia o impericia de sus pilotos. Calviño puede ser cualquiera. Sólo le basta el medio. Por eso el monumento al director general debería llevar por mensaje «al Calviño desconocido».

O quizá es que Calviño es Guerra y el primero interpreta a trancas y barrancas las sibilinas consignas del segundo. En la víspera del referéndum, mientras los mosqueteros hacían el ridículo con Iglesias y Fraga, la Segunda Cadena transmitía las tremendas y sensacionales imágenes del «Ricardo III» de Shakespeare. Sir Law-rence Olivier, en el papel del malvado, parecía un Guerra británico conduciendo los hilos de una intriga. De otra intriga. Esperemos que, llegadas las elecciones generales, Guerra, como Ricardo III, pierda también el caballo.

Lorenzo CONTRERAS

 

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