Referéndum: Declaraciones de personalidades. 
 Antes de votar, González atendió llamadas de uno y otro lado del Atlántico     
 
 Ya.    13/03/1986.  Página: 12. Páginas: 1. Párrafos: 14. 

Antes de votar, González atendió llamadas «de uno y otro lado del Atlántico»

Madrugó ayer Felipe González. Asegura que durmió tranquilo. Desde muy temprano atendió las numerosas llamadas telefónicas que recibió de dirigentes políticos «de uno y otro lado del Atlántico». Se vistió con un traje azul de cuadros de fina raya, de hechura impecable. Se había cortado el pelo. Apareció relajado.

Madrid/YA

—¿Presidente, se considera usted un estudiante en el dia de su examen?

—No, no es mi examen, aunque algunos se empeñen. De todas formas, íntimamente, si que puedo experimentar un sentimiento parecido.

—¿Se trata.?.

—Se trata de votar a favor o en contra de una opción de progreso.

—¿Preocupado?

-Sí.

—¿Sobretodo?

—Porque nos jugamos mucho.

—¿Por la abstención, los Indeciso»...?

—Yo, siempre, en todas las consultas electorales deseo que haya una gran participación.

Pensaba votar a las nueve, pero se retrasó treinta y siete minutos. Le daba vueltas a la cabeza, atendía llamadas. Sus hombres más próximos insistían: «El "sí" ganará». Algunos buscaban ejemplares de la prensa extranjera, sobre todo norteamericana, releían el editorial publicado el lunes por el «New York Times». «Si a la mejora en los índices económicos —manifestó a YA un portavoz de la Presidencia— se uniera ahora el respaldo a la política exterior del Gobierno, se habrá dado un auténtico aldabonazo.»

Lo que son las cosas, en las oficinas de Moncloa, alguien desempolvó y recordó el telegrama que Ronald Reagan envió a un Felipe González victorioso y muchísimo más eufórico. Era el 29 de octubre de 1982:

«... Como democracia hermana —decía—, los Estados Unidos apoyan fuertemente el proceso democrático en España y comparten plenamente los ideales de paz, de libertad y los derechos humanos que representan...» Y señaló: «Este texto es hoy más apreciado, aunque pueda costar el decirlo.H

Acompañado de su esposa, Carmen Romero, el secretario genera] socialista se trasladó al colegio electoral ubicado en el colegio Nuestra Señora del Buen Consejo, en el número 30 de la calle de Juan Montalvo. Había una enorme expectación, mayor aún que en los comicios generales. Más de un centenar de periodistas gráficos y literarios. Las fuerzas del orden tuvieron que actuar en varias ocasiones para abrir camino hasta la mesa electoral. El servicio de seguridad del jefe del ejecutivo actuaba de forma taiante, y el más tajante su secretario, Julio Feo: «¡Atrás, fuera...!» Felipe González pidió varias veces calma. Utilizó la cabina, dobló su papeleta del «sí», la introdujo en el sobre y tras dirigirse a la mesa y saludar a la presidenta de la misma, Adriana Fraga Estéve, casualmente, introdujo su voto en la urna.

Por razón de apellido, Carmen Romero debió votar en una mesa contigua. La esposa del Presidente, despistada, olvidó la papeleta en la cabina. «¿Dónde he dejado el papelito?», se preguntó Carmen ante la mirada sorprendida de los miembros de la mesa. Tomó otra y comprobó con fijeza que elegía afirmativo.

A ia salida, el jefe del Gobierno se detuvo unos instantes con los informadores. Aparentaba prisa. No tenía ganas de repetir palabras. Un grupo de mujeres, empleadas de la limpieza, le piropeaban, le llamaban: «Felipe, hermoso». Una, entrada en años, escapó del cerco de guardaespaldas y le besó entre los aplausos de sus compañeras. Otra gritó: «Felipe, te quiere todo el mundo, las izquierdas y las derechas.» Y Felipe, claro, sonriente, saludó sin levantar demasiado los brazos.

Los que ni aplaudieron ni saludaron, claro, fueron los interventores comunistas. Mario Moya, concejal del PCE en el Ayuntamiento de Madrid, denunció que las listas del censo no estaban colocadas en la puerta.

 

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