Autor: Fraga Iribarne, Manuel. 
   La balcanización del país     
 
 Ya.    28/04/1977.  Páginas: 2. Párrafos: 19. 

LA BALCANIZACION DEL PAÍS

LOS países balcánicos fueron siempre un símbolo de los inconvenientes de la desunión y de la

creación de unidades demasiado pequeñas para resultar viables. La balcanización es el proceso

de destrucción de unidades económicas, sociales y políticas, con la grave consecuencia de la

pérdida de poder, de orden, de estabilidad y de recursos. Una zona balcanizada se convierte,

necesariamente, en un foco de conflictos y de inseguridad para los vecinos. La primera guerra

mundial comenzó en los Balcanes y condujo a la balcanización de Europa entera.

Hoy, la mayor parte de los países del Occidente se encuentran en un proceso de balcanización y,

por lo mismo, en grave peligro de debilitación interna, frente a la monolítica fuerza de los

países totalitarios del Este.

HAY una primera cuestión regionalista. Las regiones que integraron los Estados nacionales

modernos están en movimiento. Unas veces se invocan viejas tradiciones culturales; otras, el

haber preexistido como reinos o señoríos con independencia mayor o menor; otras, como en Escocia

(donde también se dan los dos primeros factores), la aparición de nuevas fuentes de riqueza, como

el petróleo submarino, capaces de dar viabilidad económica a un nacionalismo. Se esgrimen diversos

argumentos contra el centralismo burocrático, o frente a la colonización económica, y en los

centros de enseñanza se cultiva el particularismo cultural, económico y sociológico.

Hay una segunda cuestión, basada en las tendencias ambientalistas y la defensa de la calidad

de la vida. Nadie quiere cerca una central nuclear o una industria con vertidos químicos, o una

chimenea con humos. Nadie niega que el país necesita unas industrias o unas fuentes de energía,

pero se pretende que sean otros los que lo resuelvan. Es cada vez más difícil resolver el problema

de los terrenos inundados por una presa o la construcción de una autopista.

Lo mismo se produce en los segmentos sociales, de base funcional o no geográfica. Es inútil

explicar a determinados grupos que la inflación perjudica a todos: ellos insisten, eficazmente, en

que se suba el escandallo de sus precios o el nivel de sus remuneraciones; deben ser otros los que

resuelvan el problema o se sacrifiquen.

No hablemos del tema político, en sentido estricto. Los partidos políticos tienden a proliferar

(entre nosotros, hasta el infinito), y, además, surgen múltiples organizaciones profesionales,

vecinales, etc., defendiendo cada una su parcela y descuidando la visión y defensa de los

intereses del conjunto.

Podríamos seguir. Cada vez se acepta menos una moral colectiva, una religión establecida, una

concepción del mundo y de la vida compartidos. Lo que fueron sólidos bloques de granito se están

pulverizando en arena que el primer viento se lleva.

NO pretendo negar, en modo alguno, los excesos que hayan podido cometerse en nombre de una

interpretación exagerada o equivocada de la unidad religiosa, moral, económica, social o política.

Pero sí es indudable que, con la flexibilidad que sea posible, la sociedad no se desintegre y se

convierta en presa de los grupos organizados.

¿Cómo es posible el construir esa suma de vertebraciones que hacen uno a un país? Esa va a ser,

en España y en otras naciones, una cuestión capital en los próximos años.

LO primero que se plantea es un problema intelectual. Es indudable que la unidad es un valor

superior. La unidad de Dios, la unidad del cosmos, la unidad del ser, son los grandes principios

que dan coherencia metafísica. Somos un conjunto de huesos, de músculos, de nervios; mientras

estamos vivos, somos la unidad de todo eso; al morir se desintegra el cuerpo, y se pudre, y

cada elemento se va por su lado.

HAY después un problema económico. La Edad Media fue eso que ahora se pretende: cada ciudad, con

sus puertas y sus arbitrios; cada señorío, con sus impuestos; cada pequeño reino, con sus

fronteras; cada castillo, con su puente para cobrar portazgo; y, en definitiva, para subir al Rhin

una barcaza con mercancías tenía que pasar varios cientos de controles y sacaperras, con lo cual no

había posibilidad de comercio ni de desarrollo. Hoy vemos que esta Comarca dice que no quiere una

industria, por humos o por vertidos; que esta otra afirma que la central nuclear se debe poner en

otro sitio; esta rechaza un pantano, porque inunda su valle, y así sucesivamente. Esta provincia

pretende pagar menos impuestos; la otra, que se niegue a la de más allá un buen calendario para sus

exportaciones; la de más allá le discute a otra su ferrocarril. Así no vamos a ninguna parte; es

decir, vamos a fragmentar un espacio económico ya pequeño, a la hora de integrarlo en las Comunidades

Europeas, donde todos vamos a ser pocos para defender nuestros intereses legítimos como españoles.

HAY, en tercer lugar, un problema social. Hay dos grandes visiones de la sociedad: una, la

tradicional y cristiana, que la ve como un mundo abierto a la cooperación de todos; otra, la marxista,

que la concibe como un escenario de la lucha de clases. Son antagónicas en todo. La primera entiende

que la ley debe buscar la armonía y la justicia entre todos; la segunda mantiene que el orden y la

justicia son imposibles fuera de una sociedad sin clases. Ya sabemos lo que esto quiere decir en

Rusia y en los demás países comunistas: una sociedad sometida por igual a la dictadura férrea del

Partido Comunista. Ya sabemos también las consecuencias de la doctrina marxista en los períodos de

transición: escalación de la lucha de clases, huelgas salvajes, reivindicaciones inflacionarias

y destrucción del sistema económico social.

HAY, en fin, un problema político. Las fuerzas políticas se pulverizan en cientos de grupos y

grupúsculos, cuando todo el mundo sabe que no es posible hacer funcionar la democracia con más de

tres o cuatro, y que lo ideal son dos. Se añaden múltiples grupos regionales, y el resultado

inevitable es la formación de parlamentos incapaces de legislar, de gobiernos que no pueden

gobernar y de oposiciones irresponsables.

Hay que enfrentarse seriamente con estos cuatro problemas, o bien la salida inevitable estará primero

en un período de anarquía (al principio mansa y luego violenta) y después en una fórmula de fuerza,

de un signo o de otro.

Precisamente porque lo uno y lo otro no es deseable, debemos todos hacer un esfuerzo serio y realista

sobre cada uno de los temas.

EN lo espiritual, doy por inevitable el pluralismo; la propia Iglesia católica ha asimilado el

principio de libertad religiosa. Pero eso no quiere decir que no debamos, todos cuantos creemos que

la persona sin religión y la sociedad sin moral colectiva son preocupantes, unirnos para crear un

consenso básico en una moral pública, en una reducción del escándalo y de la explotación de las

pasiones y en el establecimiento de unas reglas de juego intelectual limpio.

EN lo económico hay que decidir una actuación igualmente responsable de la mayoría. Hay que unir las

fuerzas de todo el país para salvarlo de la catástrofe; no exagero, de la catástrofe económica y social.

No hay más salida que invertir, crear riqueza, multiplicar puestos de trabajo, luchar contra la

especulación y la inflación. Es justo que se indemnice bien y rápidamente a los expropiados; es

necesario que se exijan garantías a las industrias de que respeten el medio ambiente y la calidad de

la vida; pero no podemos parar el desarrollo sin condenarnos a la miseria y a la desesperación de la

juventud.

EN lo social tenemos que reconocer que sólo nos podemos salvar juntos. Hay que poner las cuentas sobre

la mesa y responder a todos; hay que dar información, explicaciones y participación; pero, si jugamos a

repatir sin más, nos comeremos el capital, comeremos la gallina y después no habrá solución.

Y en cuanto a lo político, es urgente la integración de las fuerzas. Porque algunos lo hemos hecho y

otros no han sabido hacerlo, se han producido enfados y recelos. Seamos serios: a nadie se le impide

hacer lo mismo, es decir, aliarse, trabajar y buscar al pueblo. O es que, tal vez, lo que se pretendía

era otra cosa.

Manuel FRAGA IRIBARNE 

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