Los partidos políticos y la desunificación     
 
 Cuadernos para el Diálogo.     Página: 5,6. Páginas: 2. Párrafos: 9. 

LOS PARTIDOS POLÍTICOS Y LA DESUNIFICACION

La utilización de ideas tópicas, carentes en cuanto tales del más mínimo rigor, parece constituir, en los últimos tiempos, uno de los rasgos idiosincrásicos de la retórica oficial. Unas veces se trata de una noción simplista del orden público; otras, se alude con notable desmesura a una fantasmagórica subversión; algunas, se insiste en la continuidad y estabilidad como supremos valores de la vida política y cauces indispensables del desarrollo económico. Ahora, al parecer, le ha tocado el turno a la unidad, viejo vocablo, mito incluso, de épocas pasadas en que las decisiones políticas se justificaban en virtud de un unitarismo —pariente carnal de la uniformidad— totalitariamente entendido. Cosa grave el que haya que resucitar conceptos primarios para fundamentar posturas ideológicas instaladas en el poder. Pero más grave y preocupante resulta todavía que la argumentación al uso de hoy adolezca de una significación predominantemente negativa. No se habla tanto, en efecto, de los beneficios de la unidad como de los perjuicios que han derivado o pueden derivar de lo que ha dado en llamarse desunificación. Diego Ramírez y otros, notorios ideólogos, defensores de ideologías crepusculares en el mundo occidental, han hecho hincapié recientemente en los males de la desunificación. La idea de unidad, en su razonamiento, no es objeto de elaboración doctrinal, sino que se identifica pura y simplemente con el sistema tal y como ellos le conciben. De este modo, todo lo que no implique aceptación ciega e irracional de su dogmática interpretación de las leyes e instituciones vigentes equivale, de facto, a una transgresión del principio unitario que arriesga la existencia misma del orden institucional. Los fanáticos de la unidad así aprehendida se convierten, por insoluble paradoja, en los máximos factores de desunificación, porque nunca nadie puso de relieve con tanta lucidez y tan escuetamente como estos ideólogos la falta de capacidad integradora de unas estructuras constitucionales en las que sólo caben ellos mismos.

En la hora presente, el superior valor del unitarismo se maneja dialécticamente como muro de contención de las asociaciones políticas, destinadas, en opinión suya, a provocar una perniciosa desintegración nacional. Su argumentación pretende apoyarse en la experiencia histórica y puede resumirse de la siguiente manera: el régimen democrático-liberal y su institución básica, los partidos, dieron en el pasado unos resultados nefastos y condujeron al país a una guerra civil. Transcurrida ésta y suprimido el pluripartidismo, el progreso y bienestar alcanzados carecen de parangón en nuestra historia última. En consecuencia, los partidos políticos son per se malos porque engendran división o desunificación con riesgo de catástrofe colectiva.

Nuestra discrepancia de semejante planteamiento es radical, no ya por razones ideológicas, sino porque simplifica y deforma gravemente lo que puede asumirse —en términos siempre relativos— como verdad histórica, que cabe consultar sin esfuerzo en los más divulgados manuales de historia para bachilleres. Es, en primer término, inadmisible considerar a los partidos como agentes exclusivos o principales de la desunificación y causa primaria de los conflictos de una determinada coyuntura histórica. Y es, en segundo lugar, igualmente inaceptable trasladar los efectos aparentes o visibles de ciertos acontecimientos de nuestra historia, aislados de su contexto, a un presente sustancialmente diferente. Pero son éstos temas que merecen una mayor reflexión.

Los partidos, presuntos agentes de desunificación

Nuestros ideólogos oficiosos conciben la desunificación, un tanto superficialmente, como meras discrepancias ideológicas. Tal enfoque supone que el pluralismo existente en toda sociedad es de por sí causa de desunificación. En este plano no hay posibilidad de entendimiento, porque semejante tesis no se sostiene de pie. El pluralismo ideológico no es algo que pertenezca al mundo del deber ser, cuya conveniencia pueda discutirse. Es, por el contrario, un hecho inherente a toda forma de vida social que, o bien se acepta y canaliza a través de su reconocimiento jurídico, o bien se suprime en su manifestación externa mediante el ejercicio de la coacción material. Por ello, la desunificación, si conceptualmente ha de tener algún sentido, debe implicar una situación social que trascienda al pluralismo ideológico, a menos que bajo la cobertura de la idea de desunificación se quieran esconder pretensiones totalitarias de ejercicio y conservación del poder.

La desunificación, por consiguiente, como situación de una colectividad que excede del natural pluralismo, cuando se produce en una determinada coyuntura histórica resulta ser siempre efecto de causas más profundas que tas divergencias o enfrentamientos ideológicos que los partidos encarnan. Estos, en rigor, no son sino una forma de cristalización de una plural diversidad previamente existente. Son, en último análisis, reflejo de una situación de hecho, sin perjuicio de reconocer su capacidad de influencia sobre la misma una vez constituidos.

En este orden de ideas, nos permitimos sugerir a Diego Ramírez y epígonos que ejerciten sus luces y talentos para meditar sobre el siguiente conjunto de factores, cuya virtualidad como causas de la desunificación que concluyó en guerra civil nos parece más real que la libre circulación de ideologías: 1.°) La estructura, en buena medida estamental, de la sociedad española y la resistencia al cambio de sus oligarquías dirigentes, dispuestas a no ceder un ápice de sus privilegios. 2.°) El latifundismo agrario y los salarios, que con rigor histórico pueden calificarse como salarios de hambre. 3.°) El incipiente capitalismo liberal —que de tanto favor goza hoy en esferas gubernamentales— y su secuela, la lucha de clases. 4.°) La profunda crisis económica de 1929 y el creciente paro en las áreas industriales. 5.°) El analfabetismo endémico en que, conscientemente, se mantuvo sumido al pueblo. 6.°) La vinculación conservadora de tres instituciones básicas de la vida española —la monárquica, la eclesial y la castrense—, reacias a aceptar toda transformación social, etc.

Ante este panorama, expuesto a vuela pluma y de manera ciertamente

Julio 1972 Pag. 5

Los partidos, agentes de integración

El segundo aspecto de la argumentación de los nuevos ideólogos de la unificación es, si cabe, más superficial todavía. Después de estimar al pluralismo y a los partidos como elementos desencadenadores de nuestros conflictos históricos, se oponen a su institucionalización alegando su innata capacidad desintegradora. Tal aserto, además de fundamentarse, según acabamos de ver, en una bárbara deformación de nuestra historia, resulta en el mundo actual absolutamente inexacto. Se abstrae, en efecto, de las transformaciones experimentadas por el Estado liberal y olvida que el tránsito de un orden estatal abstencionista a otro intervencionista y planificador ha determinado una sustancial conversión de los partidos. De grupos consagrados a garantizar la libertad del individuo frente al Estado han pasado a ser asociaciones de integración de la institución estatal. De cumplir unas funciones electorales y de articulación de la voluntad política de la comunidad han venido a asumir, como añadidura, las principales funciones del Estado mediante su inserción simultánea en los órganos legislativo y ejecutivo. Hasta tal extremo es esto cierto que las doctrinas más recientes (Biscaretti, Leibholz, Zampetti, etc.) califican a los partidos de sujetos u órganos auxiliares del Estado y se han planteado como problema nuevo la necesidad de encentar fórmulas que garanticen que los partidos, dada su acción integradora y conformadora de la voluntad estatal, reflejen debidamente la voluntad popular.

Nada hay, pues, más falso, a la vista de la realidad política contemporánea, que la tesis de que las asociaciones políticas son factor de desunificación. Por el contrario, se han convertido en firmes agentes de integración.

 

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