Prensa obrera     
 
 Cuadernos para el Diálogo.     Página: 6,7. Páginas: 2. Párrafos: 15. 

PRENSA OBRERA

En las últimas semanas se ha desarrollado una polémica periodística en torno a la expansión del diario Pueblo por diversas capitales españolas, en lo que parece ser un intento de ensanche de zonas de influencia partiendo de las condiciones de privilegio de que goza el citado diario sindical, y que han sido puestas de relieve y denunciadas por gran número de diarios de todo el país.

Nosotros no deseamos entrar en esta polémica, entre otras razones porque en ella, y por ambas partes, se escribe entre líneas y se parte de algunos supuestos, aceptados unánimemente, sobre los cuales discrepamos en profundidad.

Sin embargo, no podemos pasar por alto la pretensión de Pueblo de erigirse portavoz de los trabajadores en cuanto clase, ya que —afirma Pueblo—, este diario sustituye y cumple las funciones de los desaparecidos diarios o semanarios obreros.

Evidentemente, la clase obrera no desapareció aunque desaparecieran sus órganos de expresión. La voz de la clase obrera sufre un largo y penoso silencio en el sentido de que sus concepciones ideológicas, sus objetivos de todo tipo y sus tácticas y estrategias no saltan a la letra de molde de los periódicos, ni a las antenas de la radio y la televisión. Pero es un silencio parcial porque esta voz se articula y resuena en los talleres, en los campos, en los barrios, en las calles.

La clase obrera está muy presente en España y, a fuer de sinceros, habrá que reconocer que representando un papel de protagonista en la difícil encrucijada de nuestros días. Si hay un concepto sobre el que la realidad de los hechos se ha impuesto un esclarecimiento inevitable ha sido éste de la clase obrera. La clase obrera, el movimiento obrero, están vivos en nuestra sociedad, por encima de los propósitos y programas de integración superclasista. Porque existe clase obrera militante hay —incluso lo leemos a veces en el propio Pueblo— procesos contra obreros, despidos masivos, conflictos colectivos, huelgas y, lo que es más doloroso, choques violentos con su cortejo de víctimas.

Es demasiado simplista encerrar toda esta problemática bajo la etiqueta de «desarreglos» accidentales de una sociedad integrada en su camino por la senda del desarrollo económico-social, como sostiene Pueblo con frecuencia. Se trata de algo más complejo y profundo. Significa que una gran parte de nuestra sociedad tiene ideales y objetivos a corto y largo

Política de evasión

Si la función de la prensa no es meramente informativa, sino que debe cumplir también un cometido formativo, y la función formativa implica, en un órgano que se atribuye el carácter de portavoz, la exposición abierta y libre, el debate y la síntesis de las opiniones, objetivos y medios propuestos para alcanzarlos, de aquellos a quienes se dice representar, ¿dónde están en Pueblo reflejados los ideales y auténticas aspiraciones de la mayor parte de los trabajadores?

Por otra parte, en una sociedad clasista, y la nuestra lo es de hecho, el debate y la polémica entre las diferentes clases y capas sociales es permanente y la prensa obrera debe ser para los trabajadores el vehículo de esta pugna ideológica, como la prensa burguesa ha sido siempre y lo es ahora el portavoz de sus intereses de clase.

Pueblo no ha cumplido nunca estas y otras condiciones que podríamos aducir para que pueda ser considerado como órgano de la clase obrera. Claro que podían alegar que Pueblo es el portavoz de los trabajadores en una España que ha superado la estructura clasista. Pero la realidad cotidiana demuestra hasta la saciedad que no hay tal superación. Nuestra sociedad es una sociedad clasista típica cuyas esencias no se desvirtúan por el hecho de que una clase, la obrera, carezca de algunos de sus instrumentos tradicionales —entre ellos la prensa propia y autónoma, muy distinta de como la concibe Pueblo— y de algunas de las libertades y derechos esenciales, como la libertad de asociación, la huelga, etc. Una cosa es la desinstrumentalización de una clase y otra su desaparición. Si hiciera falta un argumento a la vez sencillo y rotundo para apoyar estas afirmaciones podríamos decir que mientras que haya capitalismo habrá clase obrera militante. ¿Y alguien duda de la existencia del capitalismo español?

Pero todavía podríamos plantear otra cuestión a Pueblo: su falta de consecuencia. Por concebir la sociedad española como integrada, superada la división clasista, no cabe —dicen— que Pueblo sea portavoz de ideologías, sino simplemente exponente de unos intereses encarrilados por los llamados cauces naturales, en este caso exponente de ios intereses de la Organización Sindical.

Y, desde luego, es de interés para los trabajadores encuadrados obligatoriamente en los sindicatos que se informe y analicen debidamente los conflictos colectivos, las huelgas y otras acciones por ellos protagonizadas y las causas a que responden.

¿Cómo puede afirmarse que se es portavoz de los trabajadores cuando la línea informativa que se sigue, lejos de reflejar las duras realidades y graves problemas de la clase trabajadora, siembra la evasión y el desinterés entre sus lectores?

En este sentido es muy cierta y significativa la afirmación de un destacado periodista cuando, en carta abierta al director de Ya, venía a decir que si quería tener noticia de las andanzas y milagros de cualquier estrella de los escenarios, los ruedos o campos de deportes, leía Pueblo; pero que no se le ocurriría hacerlo si lo que pretendía era conocer los problemas de los huelguistas de El Ferrol, de Asturias o de cualquier otro punto de nuestra geografía.

La prensa burguesa informa más y mejor de las situaciones, problemas y conflictos que afectan a los trabajadores que el diario Pueblo, que pretende ser su portavoz. Lo cual implica otra inconsecuencia: aquellas publicaciones, en cumplimiento de lo que consideran su deber informativo, asumen los riesgos que implica !a interpretación de las normas vigentes en materia de prensa, mientras Pueblo, confortablemente instalado en la seguridad presupuestaria de la Organización Sindical, se lanza por los cerros de Ubeda, dedicando páginas y más páginas a las caras de Bélmez, a las fotografías de Jesucristo a través del túnel del tiempo o al motor de aire comprimido, que soluciona el angustioso problema de la polución atmosférica, amén de su exquisita atención a la crónica rosa y negra de nuestra sociedad, de lo que ya se ocupan publicaciones especializadas, sin necesidad de distraer fondos de las cuotas que pagan los trabajadores a la Organización Sindical.

 

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