Autor: Silva Muñoz, Federico (JUAN DE ESPAÑA). 
   Centro, 36     
 
 ABC.    31/05/1977.  Páginas: 1. Párrafos: 9. 

ABC. MARTES, 31 DE MAYO DE 1977.

CENTRO, 36

Por Federico SILVA MUÑOZ

El intento de propagandear la Historia es, por desgracia, bastante frecuente en nuestro país. No

me sorprendería ver un día a Cervantes, Lope de Vega o Jovellanos convertidos en contestatarios,

libertarios o pioneros de los escritores antifascistas. En el fondo, parece que tenemos una especie

de furor por bautizar en nuestras creencias hasta a los muertos, y de contar las cosas como se nos

antoja. Y, con nuestra intolerancia, al que se resiste, lo borramos.

Por eso, en el plano estrictamente político, y para contribuir a que la Historia no sea propagandeada,

he juzgado que no estaría de más recordar con objetividad literal algunos hechos que protagonizaron

el intento de crear un partido de centro, alejado por igual de las derechas y de las izquierdas,

entre fines de 1935 y comienzos de 1936. Son mayoría los españoles que ni los vivieron, ni siquiera

los conocen.

A fines de 1935, la derecha constituida por el bloque gubernamental (cedistas, agrarios, radicales y

reformistas) se había debilitado por múltiples causas: el «estraperlo» y la escisión de Martínez

Barrio desmantelaron al Partido Radical. La C.E.D.A. se debatía entre la hostilidad del presidente

Alcalá Zamora y el fracaso de «la victoria sin alas», sobre la revolución de 1934, de lo que dan

testimonio las palabras que don José María Gil-Robles y Quiñones dirige a los militares al cesar en

el Ministerio de la Guerra: «Yo sólo os puedo decir una cosa: volveré aquí..., hasta entonces, cumplir

con vuestro deber, como habéis cumplido hasta última hora; cuando llegue ese momento, lo cumpliremos

nuevamente juntos por el Ejército y por España.» Los agrarios coqueteaban con el presidente de la

República, porque presentían que la influencia del Poder seria decisiva para hacer un buen papel en

las elecciones. Y los reformistas titubeaban por análogas razones.

Las izquierdas, mientras tanto, se aprestaban a formar el Frente Popular, que era, a juicio de Largo

Caballero, «no la estación final, sino una de tantas por las que hemos de pasar para llegar a la meta».

«El Socialista», ahora reaparecido, decía entonces: «Las derechas no saben lo que es una revolución

auténtica. No se puede pedir a un pueblo, sobre todo cuando tiene tan frescos los quebrantos, que

canalice cuerdamente su iracundia; eso se consiguió una vez en España (el 14 de abril), y la segunda

se nos antoja que va a ser imposible.» A esta literatura respondía Gil-Robles que «los periódicos de

izquierdas, nutridos con detritus de alcantarilla», realizan una labor difamatoria. Y «El Sol» decía

que «no se puede estar a merced de cuatro plumas frenéticas», dedicadas a practicar la injuria como

sistema.

En este clima, el señor Alcalá Zamora abre la crisis del 10 de diciembre de 1935. Su objetivo era

crear un partido del centro que a modo de «cascos azules», que diríamos hoy, se interpusiera entre

la derecha y la izquierda; pudiera dar satisfacción al tenaz y, hasta entonces, fallido deseo del

presidente de tener un partido; y que, según escribía «La Libertad», ese partido pudiese «ser expresión

del espíritu y tendencia que son necesarios para dar la batalla a la extrema derecha: cedistas,

agrarios y monárquicos, arrojándoles al borde del camino. Las izquierdas no serían obstáculo para la

formación de ese partido a cuyo frente verían con tranquilidad, y sin reservas, a los señores Portela

y Chapaprieta».

Tras un piélago indescriptible de vicisitudes, que van de lo bufo a lo dramático, protagonizadas por

algunos de los más destacados de la clase política de entonces, unas en la propia Cámara presidencial

y otras en pleno Consejo de Ministros, todo ello bajo la inspiración del presidente de la República,

éste se decide por Portela Valladares, para nombrarle y después confirmarle como presidente del Gobierno,

dotándole del deseado decreto de disolución, para hacer las elecciones, con lo que se consagraría el

partido del Centro. Así lo manifestó la declaración ministerial del Gobierno Portela Valladares el 31

de diciembre de 1935: «La hostilidad entre la derecha y la izquierda abre una sima ante el país.» Y se

autodefine como «el centro republicano que sirve de regulador y de ponderado equilibrio en nuestra

organización política».

No pensaba del mismo modo «El Debate» —el «Ya» de entonces—, que el 3 de enero de 1936 decía: «Lógico

es que se ponga frente a frente, de un modo claro y rotundo en la lucha legal, nobilísima, los frentes

que corresponden a los términos de la disyuntiva. Si los revolucionarios renuncian a sus diferencias

políticas, obvio es aceptar del enemigo el consejo.»

Sin embargo, el centro estaba fletado. ¿Hacia dónde se dirigía? ¿A dónde iba el país? La respuesta de

los acontecimientos fue más rápida de lo que se esperaba. Convocadas elecciones generales, se autorizó

la reaparición de los periódicos suspendidos, se abrieron las Casas del Pueblo y centros sindicalistas

clausurados, en aras todo ello de la pacificación nacional; el Gobierno se ocupó de desmontar 2.000

Corporaciones locales para poner a sus adeptos; una larga lista de personas que entonces se declararon

progresistas, se aprestaron a ocupar los altos, medianos y pequeños cargos; y el señor Portela confiaba

en presidir una minoría de 150 diputados en la próxima Legislatura, según él mismo declaró a la Prensa.

Como ha escrito Ricardo de la Cierva: «Lo mismo que sucediera en 1931, los resultados completos y

fidedignos de las elecciones de febrero de 1936 no se han publicado y, posiblemente, no podremos nunca

conocerlos con exactitud.» Por eso no es de extrañar que mientras los datos que figuran en el resumen

que hicieron los periódicos el día 19 dieron al centro de Portela Valladares desde 50 a 21 diputados,

ya Azaña en el Poder, el 25 de febrero, figuraban los siguientes resultados: Frente Popular, 260;

derechas, 147; centristas de todas clases, 66, y el centro del señor Portela, específicamente, 20

diputados.

Después sucedieron muchas cosas: la huida de los gobernadores y altos cargos; la anulación arbitraria

de actas de la derecha por la mayoría parlamentaria de la izquierda, que así conseguía ser más mayoría;

la deposición tan dudosa, desde el punto de viste constitucional, del propio presidente señor Alcalá

Zamora; la delicuescencia del Estado..., y la hecatombe en julio.—F. S. M. 

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