Autor: Rodríguez, Carlos. 
 Silva Muñoz, la nueva imagen de Alianza Popular. 
 Queremos hacer la gran derecha     
 
 Arriba.    17/03/1978.  Página: 24-25. Páginas: 2. Párrafos: 39. 

—La política lleva absorbiéndome muchos años, muchos años, sobre todo desde que entré en el

Ministerio de Obras Públicas; tampoco lo quiero retrotraer a cuando entré en las Cortes en 1961, y

realmente creo que lo que me ha restado son muchas posibilidades profesionales. Pero la vocación y el

sentido del deber mandan... y a veces al sino por encima de todo.

Silva Muñoz, la nueva imagen de Alianza Popular

"QUEREMOS HACER LA GRAN DERECHA"

Habla Federico Silva Muñoz, una extensa biografía en los primeros planos de la actualidad política, y que

está recobrando fuerza e interés desde su reciente elección como presidente de la federación de partidos

de Alianza Popular. Se dice de él que es el hombre de la «nueva imagen» de AP y el gran partido

gubernamental UCD. Estamos en su despacho de la planta octava de un moderno edificio de la calle de

General Sanjurjo, zona importante de Madrid, y de la que se decía que siempre han vivido en ellos unos

cuantos Ministros. El conserje del edificio dice «don Federico» con acento de respetuosa veneración, que

de inmediata idea de que nos vamos a encontrar a un hombre de calidad humana. Abre la puerta él mismo

y resulta cordial, acogedor y comprensivo. Viste con atildada sencillez, traje gris, chaleco, camisa blanca,

corbata discreta y esas gafas de gruesos cristales que forman ya parte inseparable de su imagen pública y

en cuyo fondo brillan los ojos empequeñecidos, pero con insospechada vivacidad. La decoración del

despacho es lujosa sin excesos, muy luminosa por los amplios ventanajes que forman toda una pared. A

través de ellos se ve un edificio muy parecido al que nos encontramos, en el que tiene su domicilio

Manuel de Zulueta, otro de los hombres formados, como Federico Silva Muñoz, a la sombra de aquel

líder nato que fue el dirigente católico e ingeniero Martín Sánchez-Juliá. Pese a su amplia cordialidad,

Federico Silva es particularmente enérgico en el gasto y en la palabra. Es un nombre acostumbrado a

dirigir, y el profundo surco vertical de su frente delata autoridad. Es hombre que intimida un poco.

Preocupación

—De alguna manera todos los ciudadanos tenemos mayor o menor grado de preocupación por los

negocios públicos; pero sólo una pequeña minoría orienta su vida preferentemente a la actividad política.

¿Por qué y cómo llegó a la política Federico Silva Muñoz?

Llegué a la política después de haber pasado por una experiencia pública importante. Experiencia que

derivaba de una vocación hacia la vida pública que se tiene o no se tiene. Creo que después, el hombre, en

particular, es el encargado de actualizar en cada momento. En el otoño de 1945 ingresé en la Asociación

Católica Nacional de Propagandistas (ACNP). Me dediqué activamente al apostolado seglar durante

muchos años con el leve paréntesis de la recta final de mis aposiciones. Y volví a él cuando, elegido

presidente de los "propagandistas" Francisco Guijarro, otoño de 1953, fuí elegido secretario general de

dicha asociación. Más tarde mis deberes profesionales me apartaron de nuevo, pero volví a ser reclamado

allá por el año 1957, siendo elegido, sin yo saberlo, en una votación que hubo en Loyola en ese año

consejero nacional de la Asociación. Después fui vicepresidente. Y estaba en la terna para presidente

cuando fui nombrado Ministro. Al mismo tiempo, desde ACNP fui director de la sección de estudios

especiales y superiores del CEU, presidente del patronato del CEU del Colegio Mayor «San Pablo» y

consejero de la Editorial Católica. Pero un día determinado me enteré, casi fortuitamente, de que había

sido nombrado. Procurador en Cortes por designación directa del Jefe del Estado. Entonces empecé a

madurar el pase de mi actuación apostólica a la actuación política. Y un día me encontré nombrado

Ministro de Obras Públicas, y ese día la decisión fue tajante, terminante. Había cruzado el Rubicón de la

política y a ella me dedicaría hasta que fuera necesario o tuviera fuerzas para ello, dando de lado por

completo al apostolado seglar, en el que no he vuelto a participar. Porque entiendo que no se puede uno

valer de la Iglesia para hacer política ni valerse de la política para aduar dentro de la Iglesia. Son dos

campos para mi perfectamente deslindados y diferentes. Yo actuaré siempre como creyente en la política,

pero nunca mezclando ambas esferas.

Un político demócrata cristiano

—Señor Silva Muñoz, ¿qué recuerdos le trae su etapa como Ministro de Obras Públicas y de qué

manera piensa que puede gravitar sobre su actuación política de hoy el haber ocupado un puesto de tanto

relieve en el régimen anterior?

—En primar lugar, quiero dejar bien claro que mi paso por la cartera de Obras Públicas me dio una gran

experiencia personal y una gran experiencia política. En segundo término, creo que me dio ocasión de

colaborar con un hombre insigne como ha sido al general franco. En tercer término, creo que me dio la

oportunidad más importante de mi vida de haber hecho algo, y algo que creo importante por mi país y por

todos los españoles. No voy a recordarlo, porque pudiera suponer que yo pasaba factura de cuanto hice.

Pero dicho esto, también quiero recordar que a mi me echó nadie del Gobierno de Franco. Yo me fuí.

Dimití cuando los derroteros de la política española, aparte de otras razones personales que en aquel

momento tuve, se encaminaban en una dirección que yo consideraba insatisfactoria y que llevaba a un

mal fin. Los hechos, por desgracia, vinieron a confirmar mi opinión. Yo no me eternicé agarrado a la

cartera ministerial. Yo no he abjurado de nada, he mantenido mis principios, tanto a nivel político como a

nivel personal.

—Por lo menos a nivel de calle se tiene a Federico Silva Muñoz como un político demócrata cristiano.

¿Hasta qué punto esta definición es válida, lógica o ajustada?

—Bien, como el sistema de la democracia cristiana y el sistema político que ella encarna se ha llamado

así y ha tenido esta denominación hasta ahora, creo que la simplificación más elemental es que se me

encasillara en la democracia cristiana. De ahí me alumbré públicamente, de manera que yo nací a la vida

pública, como he explicado al principio, en ese sector, de la mano del cardenal Herrera y de Fernando

Martín Sánchez-Juliá, que fueron mis grandes maestros. Y eso, todo lo que representaba la concepción

pública y la concepción del Estado y de la sociedad desde ese ángulo espiritualista y cristiano, se llamó

democracia cristiana.

Por tanto, me considero muy cómodo en esa situación ideológica y política. Y perfectamente encuadrado

dentro de ella. Ahora bien, la denominación "demócrata cristiano", que arranca de tiempos de León XIII,

cuando finalizó el siglo pasado, quizá no sea actual, porque entre medias está al Concilio Vaticano II y un

cambio en la estructura de la mentalidad de las gentes y de la Iglesia, quizá mucho mayor que el que se

produjo en muchos siglos seguidos anteriores. Por tanto, yo sigo fiel a mis convicciones espiritualistas y

cristianas y, si me permite la «boutade", le diría que, en siendo de Zaragoza, que le llamen como quieran.

—Parece que, en los momentos actuales de España, este sector humanista y cristiano está muy dividido.

Hay una parte, la de usted, en Alianza Popular. Otra, la de Fernando Alvarez de Miranda, en UCD. Otras

fuera del espectro parlamentario, como las de Gil-Robles y Ruiz-Giméndez.., ¿Qué posibilidad que

lleguen a unirse todos esos grupos?

—Con su planteamiento, creo que me ha dado cumplido motivo para la respuesta. Cuando de un partido

que teoricamente podría existir, que si tiene algo de razón de ser es porque es el partido más ideológico

que podría tener el centro y la derecha española, y no me lo plantea como una ideología, sino como un

conjunto de personas... al grupo de esta persona, el de aquella otra... me está dando, con su pregunta, la

gran complicación de por qué no se crea la democracia cristiana en España.

Presidente de Alianza Popular

—En fecha reciente, ha sido usted elegido para presidir la federación de partidos de AP. Quisiera hacerle

algunas preguntas al respecto. La primera, ¿por qué el partido del señor Silva Muñoz no se ha integrado

en el partido unido de AP?

—Verá. AP nació como, una coalición política y electoral, allá en los primeros días de octubre de 1976. A

la vista de la campaña electoral que se avecinaba, decidimos estrechar aquellos vínculos, casi me

atrevería a decir que institucionalizar los, mediante la creación de una federación, a la vez que cinco de

los partidos coaligados originariamente en la federación decidían fusionarse formando un solo partido. En

aquel momento, Acción Democrática Española (ADE), decidió mantenerse en la federación, pero no

fusionarse porque creía, y le estoy hablando del enfoque de la cuestión en un momento pasado, que el

mantenimiento de su identidad democráta cristiana podía favorecer a AP, enriqueciéndole con un

contenido ideológico que como digo es quizá el único que tiene así centro-derecha español, y raíz de otros

muchos pensamientos políticos que están integrados en él, y, además, porque, como digo, si siempre

sus componentes habíamos sido de esa tendencia que para entendemos calificamos de demócrata

cristiana, no debíamos de alterar esta situación. Estas circunstancias perviven, ciertamente, pero hay otra

que prima sobre ellas; la razón de que entendemos que el hacer un partido unificado, y si a la palabra no

se le da demasiada importancia monolítico, debe menos capacidad de maniobra, menos capacidad de

negociación, con otros sectores y grupos de la derecha en esa gran formación de la derecha a que

aspiramos. Esta organización de las "alas" o de los partidos autónomos y federados, es mucho más

flexible para conseguir el objetivo que, unánimemente, AP persigue, el de integrar una «gran derecha»

española.

—¿Considera usted que UCD es derecha?

—Eso lo tendrán que decir ellos. Yo no calificó a nadie, porque tampoco me gusta que ese califiquen a

mí. Cada uno se autocalifica.

—Primero usted, al término del II Congreso de AP, y posteriormente el señor Fraga, hicieron

llamamientos a UCD ¿Qué respuesta han obtenido?

—La reacción ha sido variada, pero, en general, moderada. Para mí, con todos, los respetos para las

demás, la más importante es la de su presidente y Presidente del Gobierno, Adolfo Suárez. Yo creo que ha

dicho tres cosas, dos importantes y una tercera que he visto entre comillada en algún periódico como

oficial del partido, yo no sé si esto responde a la realidad o no. Las dos cosas importantes que ha dicho

Suárez en Avila, y que ha leído en los periódicos, no tengo otra referencia que la específicamente

periodística, es que veía con afecto el llamamiento de AP. Pero, decía a continuación, que UCD no tiene

la misma visión del modelo de sociedad que AP. Y en eso me permito discrepar del Presidente. Creo que

aquí no hay más que dos modelos de sociedad; el modelo de sociedad marxista y el modelo de sociedad

personalista, humanista y cristiana. Y que en este segundo están inscritos tanto la UCD como nuestra AP.

Respecto al tercer punto que, insisto, he leído entrecomillado en la Prensa, que la UCD no quería mis

pactos hacía la derecha, pero que estaba dispuesta a una alianza electoral con AP. Lo he leído y le puedo

dar el texto, porque lo tengo guardado como es natural. No sé qué hay más de esto.

—Alianza electoral, ¿quizá cara a las elecciones municipales? ¿Cree que habrán elecciones municipales

antes del verano?

—Yo no acostumbro a ser augur, porque esto de la adivinación en política es muy difícil. Creo que la

climatología política cambia con más facilidad que la meteorológica. Yo no respondo a eso, porque el que

tiene que responder no soy yo, evidentemente.

—¿Qué posibilidades ve usted para AP en unas elecciones municipales?

—Pues creo que el problema no está en AP, que el problema está en la creación de la derecha. Si esa

derecha comparece unida en las elecciones municipales, estoy seguro que ganaremos. Si aparece

fraccionada, sospecho que perderemos.

—Una de las personalidades que estuvo en el pasado, más estrechamente vinculada a usted fue Alfonso

Osorio, luego hombre importante del Gobierno Suárez hasta las elecciones Generales. En los últimos

tiempos, Osorio parece incómodo dentro de UCD. ¿Cree que se producirá un nueva acercamiento entre su

postura y la de Alfonso Osorio?

—Quiero decirte, a este respecto. Que soy partidario de objetivizar las relaciones en política. Anoche, en

una reunión de AP con motivo de la inauguración de su nuevo centro en Alcorcón, dije que tenía el temor

de que esta excesiva personalización de la política conviertiera la crónica política de estos días en una

gran «revista del corazón». Y esto es lo que trato de evitar. Los políticos, cuando nos reunimos y

hablamos, generalmente no estamos tratando de cuestiones personales. Estamos tratando de hacer un gran

"puzzle", donde se encajen ideas, opiniones y hasta, muchas veces, conceptos apriorísticos. Esta es una

labor lenta, difícil. Muchas veces nos reunimos para cuestionas ocasionales. De ahí no se puede tomar pie

para alentar esperanzas en un simple almuerzo, en una reunión que han tenido dos amigos, que, además,

son políticos. No. Centremos las cosas en su sitio y hablemos de política sin hablar da personalismos. Yo,

para no aludir la pregunte que me formula, únicamente tengo que decirla que, desde que se rompió la

UCD, yo no ha vuelto a hablar con Alfonso Osorio.

—Desde las elecciones del 15 de Junio ha transcurrido más de medio año de vida parlamentaria. ¿Qué

reflexiones le ha sugerido este período? ¿Como lo evaluaría?

—Positivo, creo que ha sido el que la convivencia y el conocimiento que nos ha dado a los unos de los

otros, por el numero de horas que hemos tenido que estar juntos, de lo cual fue el ejemplo más notorio,

más que el Parlamento, el Pacto de la Moncloa. Negativo, la falta de tradición que existía en este tipo de

Parlamente, lo complejo del procedimiento que a veces es bizantino y la sensación que muchas veces se

da al país de que estamos ocupándonos da temas fabricados y no de temas reales.

—Quisiera hacerle una pregunta de carácter general: ¿Cómo juzga el proceso de transición política en el

periodo de la misma ya transcurrido y cómo piensa que puede evolucionar en el futuro?

—Ahí creo que tengo las ideas muy claras, sin perjuicio de que pueda estar equivocado. Si la derecha es

capaz de hacer una formación coordinada, y a este respecto me permito insistir en lo que tantas veces ha

dicho: que estar unidos no quiera decir que se esté juntos, lo importante es estar unidos aunque no se está

juntos. Y si la izquierda, y concretamente el Partido Socialista, es capaz de dar el salto, la transición,

desde el marxismo, con todo lo que dio representa de lucha de clases, interpretación materialista de la

Historia, dictadura del proletariado... , es decir, lo que es el marxismo, no lo que algunos creen que es. Y

me remito a la doctrina de Marx en «El Capital» y en el manifiesto. Si la izquierda, digo, es capaz de dar

el salto hacia una socialdemocracia, creo que habremos dado un paso de gigante para estabilizar el

sistema político. Si la derecha no responde a los primeros estímulos y la izquierda tampoco, soy pesimista

respeto al futuro de la democracia en España.

—¿Le parece acertado el proceso, el mecanismo, que se está siguiendo en orden a laborar la nueva

Constitución?

—No lo considero acertado. Porque creo que si se hubiera partido de una elaboración, y estoy hablando

de los aspectos puramente técnicos y procesales, como la de la Constitución de 1931, se hubiera hecho en

menos tiempo y mejor. Es decir, un anteproyecto elaborado por expertos y técnicos que se sometería al

criterio político de los partidos representados en el Parlamento. Ya sé que a esta afirmación me puede

responder diciendo que también son técnicos los actuales autores de la Constitución, pero pienso que, aun

reconociendo la pericia de todos y cada uno de los que han intervenido en estas materias, que en ellos

prima el aspecto político, que priman las tensiones y las presiones de partido y de todo lo que un político

tiene a sus espaldas. Por ello se explica la defectuosa redacción del anteproyecto, las múltiples

repeticiones de palabras, las redundancias y hasta las contradicciones desde el punto de vista simplemente

jurídico, que espero y deseo sean superadas en la elaboración definitiva.

—Uno de los aspectos que se está debatiendo estos días con mayor dureza es si la Constitución debe o no

definir un modelo económico concreto. Los empresarios quieren que se defina el modelo de economía de

mercado. ¿Cuál es su opinión al respecto?

—Yo entiendo que la Constitución debe definir el modelo económico concreto para que no quepa lugar a

dudas. Y para que después, quienes tengan que gobernar este país sepan a qué atenerse. Una Constitución

es un pacto fundacional de un sistema político. Y un punto tan claro como el régimen económico que ha

de regir a la sociedad no puede dejarse al arbitrio de que un Gobierno lo establezca y otro lo cambie.

—¿Usted cree que el voto reservado del PSOE respecto a la forma de Estado puede ser desestabilizador

en el proceso constituyente?

—No sé lo que harán los socialistas. Lo que han hecho hasta ahora es anunciar que han formulado ese

voto reservado o que lo van a formular. Personalmente creo que sería de una extrema gravedad.

—El profesor Fraga opina que el gran centro conflictivo de esta Constitución de 1978 van a ser las

autonomías. ¿Qué opina usted de la resolución dada en el proyecto ?

—Creo que las autonomías son un concepto ambiguo, que se ha utilizado como superación de las

posiciones claras que los partidos habían adoptado en la campaña electoral y que trata de conseguir una

forma unificada de criterios que son unificables. Lo que entendemos en AP por autonomías es tan

repetido que no tengo necesidad de volver a insistir en ello: es regionalización y descentralización. Y por

eso cuando surge el polémico concepto de las nacionalidades, para nosotros absolutamente inadmisible,

ello es fruto de la ambigüedad del concepto de las autonomías. Pero descendiendo a otro plano, menos

importante ciertamente, pero sí interesante, ¿ha recapacitado el pueblo español el coste de las autonomías

para sus bolsillos? Sospecho, con algún fundamento, que si hay dieciséis regiones autónomas habrá de

ocho a diez mil funcionarios nuevos, adicionales. Si no, al tiempo. ¿Quién va a pagar eso? Y en otro

orden de cosas, ¿no le parece un tanto sorprendente que alguna región autónoma, para afianzar su

autonomismo, por boca de alguno de sus hombres mis representativos quiera excluir las autonomías de

los demás? ¿O es que no vivimos en un solo Estado en e| que el imperio de la ley ha de ser igual para

todos los ciudadanos? Hay tantas reflexiones sobre el tema de las autonomías que me extendería

demasiado y quiero ceñirme a sus preguntas.

—Por lo que se refiere a las relaciones entre la Iglesia y el Estado, ha habido variación desde el borrador

que se «filtró» hace meses hasta el anteproyecto definitivo. ¿Cree que la variación ha sido positiva? ¿Cree

que se da al tema una formulación acertada?

—Yo la he enmendado y pienso defender mi enmienda en la Comisión y en el Pleno. La he enmendado

fundamentalmente en el hecho de que pido que se establezca una distinción entre las palabras

colaboración» y cooperación. Colaboración con las demás confesiones religiosas y cooperación con la

Iglesia Católica. Y que esto quede perfectamente constitucionalizado para ser respetuoso no sólo con el

arraigo que la religión católica tiene en España, sino con la realidad sociológica actual. SI los católicos

somos mayoritarios en España, una Constitución democrática debe reflejar esta realidad.

—Otro punto que se presenta conflictivo es, parece, el artículo veintiocho, relativo a la enseñanza. El

PSOE afirmaba que se le había dado una redacción de consenso, cediendo ellos algunas cosas a favor de

la enseñanza privada a cambio de que los partidos de derechas cediesen en algunas atribuciones para el

Estado. Dice el PSOE que, al presentar la derecha enmiendas al artículo veintiocho ha faltado al

compromiso de consenso. ¿Qué hay de ello?

—Personalmente, no consideré satisfactorio el artículo veintiocho y tengo presentada otra enmienda

propugnando una nueva redacción total de ese artículo. Me va a permitir que, si usted quiere, le puedo

leer la enmienda, pero no te argumentación. Primero, porque es muy larga, y en segundo lugar, porque me

la quiero reservar para la Comisión y para el Pleno.

Carlos RODRÍGUEZ

Viernes 17 marzo 1978

 

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