Autor: ;L. de A.. 
   Concesión de los premios March de 1960 para Literatura de Creación, Ciencias Jurídico-Sociales y Químicas  :   
 Han correspondido, respectivamente, a don Ramón Pérez de Ayala, don José Gascón y Marín y don Obdulio Fernández. 
 ABC.    18/07/1960.  Página: 51,52. Páginas: 2. Párrafos: 51. 

ABC. SÁBADO 18 DE JUNIO D E 1960. EDICIÓN DE LA MAÑANA. PAG. 51.

CONCESIÓN DE LOS PREMIOS «MARCH» DE 1960 PARA LITERATURA DE CREACIÓN,

CIENCIAS JURÍDICO-SOCIALES Y QUÍMICAS

Han correspondido, respectivamente, a don Ramón Pérez de Ayala, don José Gascón y Marín

y don Obdulio Fernández

CADA GALARDÓN ESTA DOTADO CON QUINIENTAS MIL PESETAS

Ayer fueron otorgados los premios de la Fundación "Juan March" de 1960, dotados cada uno con

quinientas mil pesetas, en las convocatorias de "Literatura de Creación", "Ciencias jurídico sociales" y

"Ciencias Químicas", los cuales han correspondido, respectivamente, a don Ramón Pérez de Ayala, don

José Gascón y Marín y don Obdulio Fernández.

El Jurado del premio de Literatura estaba compuesto por tres académicos de número de la Española: don

Vicente García de Diego, don José María Pemán y don Melchor Fernández Almagro, y tres

correspondientes: don Martín de Riquer, de Barcelona; don Emilio Alarcos García, de Valladolid, y don

Manuel García -Blanco, de Salamanca. Como secretario actuó el P. Félix García.

Formaban el de "Ciencias Jurídico Sociales" cuatro vocales designados por la Rea] Academia de Ciencias

Morales y Políticas: dos de número de Madrid, don Leopoldo Eijo Garay y don José Castán Tobeñas; y

dos correspondientes de provincias: don Luis Sánchez Agesta, rector de la Universidad de Granada y don

Luis Legaz Lacambra, de la de Santiago de Compostela; y otros dos vocales designados por la Real

Academia de Jurisprudencia: don Luis Jordana de Pozas, académico numerario de Madrid y don Manuel

Batlle Vázquez, correspondiente y rector de la Universidad de Murcia. Intervino como secretario don

Eduardo Leira.

En cuanto al Jurado del premio de "Ciencias Químicas", lo componían cuatro vocales de la Real

Academia de Ciencias Exactas, Físicas y Naturales: don Julio Palacios y don José Baltá, académicos

numerarios de Madrid, y don Felipe Lafita y don Francisco Planell, ambos correspondientes de

Barcelona, Y designados, por la Real Academia de Farmacia, otros dos vocales: don Ramón Portillo,

académico numerario de Madrid, y don Enrique Otero, correspondiente, de Santiago de Compostela.

Desempeñó las funciones de secretario, don José García Santesmases.

La próxima semana se concederá el premio de "Ciencias Médicas". El jurado Rué discernirá este galardón

está integrado por los siguientes señores: don Salvador Albasanz y Echevarría, don Manuel Bermejillo y

Martínez y don Benigno Lorenzo Velázquez, de Madrid; don Ángel Forcé Echeverri, de Santiago; don

Antonio Aznar Reig, de Cádiz, y don Emilio Zapatero Ballesteros, de Valladolid. El secretario es don

Luis Sayé, de Barcelona.

Los premios de Ciencias, Letras y Artes del pasado año fueron concedidos por un Jurado compuesto por

el presidente del Instituto de España y ocho presidentes directores de las Reales Academias. Los de 1960

son otorgados por las propias Academias, con arreglo a´ sus respectivas especialidades.

Unos minutos con Pérez de Ayala

Ayer, poco después de la media tarde, supe que el premio March, de literatura, había correspondido a D.

Ramón Pérez" de Ayala. El mismo enunciado del premio —Literatura de creación—convertía en un

asunto natural el fallo: Belarmino, *Apolonio,´Tigre Juan, las dulces mujeres que transitan por ´´La pata de

la raposa", o por "La caída de los limones"... Seres que fueron vistos para siempre; seres que. sacados de

la historia de la vida, están ya por encima de la Historia.

Era lo natural. Premio March, para Literatura de Creación, a Don Ramón Pérez de Ayala: era el

equilibrio. No me apresuré mucho. Iba para algunos días qué había pensado en llevarle una revista con

varios ensayos acerca de Marañón. Así es que me decidí.

Don Ramón está en su sillón de siempre.

—Buenas tardes, D. Ramón.

Hay un señor acompañándole. Un señor que también es asturiano.

—Vengo a traerle la revista que le prometí.

Don Ramón toma la revista y la apoya sobre sus rodillas. Durante unos instantes mira fijamente la

fotografía de D. Gregorio, que está en la primera página. Yo le miro a él, y pienso si no habré hecho mal

en llevársela.

Por fin D. Ramón levanta la cabeza y me dice:

—Desde su muerte no hago más que pensar en él. Todo el día y toda la noche.

Yo no digo nada, porque habría sido inútil.

—¿Cómo se encuentra usted, D. Ramón?

—Mal.

Luego sonríe, con una sonrisa un poco intemporal, y dice:

—Es la caducidad...

Me parece que he visto siempre al novelista en el sillón en que ahora le veo, y que no dejaré de verle

jamás. Cuanto le rodea, incluido yo mismo, parece vivir una existencia fugaz que D. Ramón ha creado

para solaz, y, en lo que a mí se refiere, para escarmiento del mundo. Sí; todo parece que gira y se

transforma en torno a la figura de este noble anciano, que ahora vuelve, tenaz, a inclinar, su cabeza para

ver de nuevo—¿dónde?, ¿en qué tiempo, triste o feliz?—la efigie de su amigo entrañable.

—Además, D. Ramón, yo yema a, felicitarle por lo del premio March. Luego hablamos de otras cosas. Y

luego me despido de él, pues la soledad, para los espíritus más finos, es suave compañera.

Comprendo que he hablado muy poco con D. Ramón del premio March. Nada le pregunté, nada le sugerí.

Pero yo tenia la seguridad de que, al hacerlo, habramos topado en seguida con la redundancia... Y es que

el premio era lo natural.C. L. A.

Don José Gascón y Marín

Don José Gascón y Marín; o el catedrático, porque este hombre, que lo ha sido todo en política y casi

todo un la ciencia del Derecho, es esencialmente profesor. Recordamos, cuando su barbita era negra, sus

ojos brillaban burlones, y enérgicos, su fiase en la Universidad de Madrid, a la que acudimos como

llevados por un imán. No era cruel, ni caprichoso, ni injusto. Habrá firmado muchos más aprobados que

suspensos, pero era un maestro al que se escuchaba para aprender y al que se acudía con ráspelo. Ni con

el temor que nos sometía a Torres Aguilar ni con la insolvencia que nos conducía ante D. Laureano

Canseco, un sabio que comprendía a los chicos y les dejaba seguir sus impulsos, quizá por pereza escolar.

Gascón y Marín -fue siempre querido y mantenido a esa distancia afectuosa que media entre discípulo y

profesor.

Nació en Zaragoza, el 14 de febrero de 1875. Allí fue bachiller, luego se licenció, en Filosofía y Letras y

se doctoró en Derecho. Con premios extraordinarios por oposición. Era hijo de un farmacéutico que

trabajó mucho y supo hacer de: sus dos míos dos catedráticos. La carrera universitaria, la comenzó como,

auxiliar de la Facultad de Zaragoza en Derecho Político Administrativo y Derecho internacional. Pronto

obturo la cátedra, de Político y Administrativo en Sevilla, 1902, luego la de Internacional en Zaragoza,

1907 y por fin, en 1916, la de Derecho Administrativo de Madrid.

—En el Ministerio dé Instrucción Pública he recorrido todos les cargos—nos dice- fuí delegado regio de

Primera Enseñanza en Zaragoza, miembro del Consejo de Instrucción Pública, director general de

Primera Enseñanza, subsecretario y ministro de este Departamento. Después pertenecí al Consejo de

Estado y al de Trabajo.

Recuerda en política a los hombres que estuvieran en las Cortes, a las que Perteneció en cinco legislaturas

como diputado por Egea de los Caballeros. Este tiempo de política resuena en sus ecos emocionales.

Con vos pausada, pero firme, que contrasta con su cuerpo debilitado por un lejano accidente de

automóvil, va contándome cosas de su vida, los honores-recibidos, las´ grandes cruces, los trabajas en el

extranjero, los libros escritos y publicados.

—Al cumplirse los cincuenta años de mi labor´ universitaria,- se celebraron- las bodas

de oro en la Universidad de Sevilla, primera eh la que fui titular de Derecho administrativo. Acudieron a

dicha acta los catedráticos de ésta asignatura de las Universidades españolas y el que lo era de Lisboa, y

el ministro de Educación Nacional. Expliqué, una lección con tema jurídico administrativo. En cursos

sucesivos, y por acuerdo de la Facultad de Madrid, he desarrollado en el período de doctorado temas

diversos de Administrativo e Internacional. El curso actual es el 63 de labor docente, principalmente de

Derecho administrativo, y en ocasiones de Internacional o de Derecho de Trabajo.

Gascón y Marín es académico de número de la Real de Ciencias Morales y Políticas y de la de

Jurisprudencia, y Legislación, y correspondiente de la Academia de Ciencias Morales y Políticas

francesa.

—¡Y el Premio March? —No lo he pensado. Algo será para las Academias.

-¿ Qué discípulos recuerda como más brillantes?

—Muchos. Entre ellos, José Antonio, y los Calvo Sotelo. Pero cuente mismos de catedrático y los

ochenta y cinco de edad y podrá decir que todos los que hoy son algo en nuestro país han sido, mis

discípulos, en Derecho, naturalmente.

-Y muchísimos que no somos nada.

Sonríe. Dice algo que no entendemos bien.

—También fui periodista, allá, en Zaragoza. Cuando se cortaban las hojas del diario con un machete, para

llevarlas a la venta. Como por las horas podía hacerlo, -mi labor era el cierre del periódico. Y pintaba. Mi

padre, durante los inviernos, y para que mi hermano y yo no callejeáramos, nos enviaba a la Escuela de

Artes y Oficios. Mire, ahí, junto a la escalera, aquella acuarela de Jerusalén, es mío. Y todavía los

veranos, en Navarra, mis sobrinos me hacen pintar.— L. de A.,

Don Obdulio Fernández

Hay una inedia sombra grata en este despacho de la Real de Ciencias. D. Obdulio Fernández ROS espera

junto a una mesita que bailotea,, como descendiente juguetón de la gran mesa de reuniones que está al

fondo. No le conocíamos, porque estos hombres de laboratorio llegan al público como en resonancia de

eco. Parece que ellos se ocultan para hacer más sincera su labor. Es un hombre de gran viveza espiritual y

física, juvenil a sus años, cuidadoso dé su barbita cana y de su lazo de alegres tonos. Catedrático jubilado

de Análisis especial de Medicamentos Orgánicos de la Facultad de Farmacia, lo fue de Química Orgánica

en Granada. La enseñanza ha sido su carrera y el laboratorio su afición. Es burgalés, de Frías, el noble

pueblo qué hoy se estremecerá con nuevos júbilos.

—Si—me dice—; he escrito muchos libros que no fueron: un fracaso; pero que no fueron un éxito

económico. Mi vida estuvo entregada , al laboratorio; mi trabajo es experimental, y en los últimos años íte

dado ciento veinticinco conferencias.

Y recuerda a sus alumnos en seguida, para unir los dos motivos de sus impulsos.

"He hecho escuela", afirma con alegría. Y va desgranando cómo aquellos muchachos fueron elevándose a

los primeros puestos de su especialidad.

—Muchos son catedráticos: -Cándido Torres es mi discípulo predilecto. En la industria están el director

de "Faes", Socias; el de. "Lefa", Jaúregui, y muchos más; pero, mire, lo peor de la edad es la falta de

memoria; cuando uno quiere, no, llegan los nombres que íntimamente están en nuestro corazón.

Y luego se entristece un poco. Por Burgos dicen... Bueno, mi gran fracaso es que no tuve hijos. No

engendré "quien matara reyes de moros". Tuve una gran colaboradora, mi esposa, Luz Salazar, profesora

de Normal un día, que ha hecho maravillosamente los cálculos que precisaba y ha redactado mis trabajos.

—¿Qué hace usted ahora, maestro?

—Trabajo en la Academia mucho. Esto es muy delicado. Hay que estar atento a España y al extranjero, a

América, Filipinas, Puerto Rico, cuidar que nuestro idioma continué en vanguardia en los trabajos

científicos. Esta labor me distrae del laboratorio. Allí ahora trabajo en filogelia química de la líguina—

constituyente de la madera—, de un modo especulativo, pero me preguntan, me consultan. Porque se

vuelve a la madera, se la trabaja como el hierro desde que éste escaseó por la guerra. Trabajé mucho en el

caucho... No en busca de nada para mí. A otros puede que hayan sido útiles mis trabajos.

Fundamentalmente soy biólogo. —El premio March y su medio millón...

—Sí. Es grato y es útil. Hasta para mí, que llevo una vida modesta y no sé qué hacer con el dinero, porque

me sobra.

—¿Qué va usted a hacer con el premio?

—Lo partiré; quedará para esta Casa y para la Universidad. La renta la gastaremos mi mujer y yo. Y una

pequeña parte irá a mi pueblo.

Se levanta ágil, burga en un armario y trae un libro que gentilmente me dedica. —Son páginas de

recuerdos, cosas de Frías, de mi infancia. Cuando yo era un niño me gustaba subir al campanario de la

iglesia para oír su sonería. Me ensordecía allí arriba, pero me gustaba. La iglesia tenía una torre románica

incomparable y en ella un campanario único. El campanero tocaba con los pies y con las manos, ayudado

por un chico, por uno de nosotros, y los bajos, los tiples y los esquilones eran famosos. Las catorce

campanas llevaban su canto al campo. Hay un lugar donde corre el Ebro y se hace eco con aquella

música, por el qué gustaba pasear solo el cardenal Aguirre, para escuchar cuando la tarde se iba; La torre

se cayó, perdiéndose una campana, y la nueva es estrecha y las dispone en dos pisos. Eso no se puede

arreglar. Pero con este dinero, con una pequeña parte de él, voy a hacer una Fundación para pagar al

campanero y que Frías tenga siempre su música los días de fiesta. Hoy le pago, pero yo no soy eterno. De

esta manera, Frías no: dejará de oír sus campanas.—L. de A.

 

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