La escalada de Marruecos     
 
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La "escalada" de Marruecos

PRIMERO fueron los sucesos de Ifni y la cesión de este enclave pesquero en prueba de una actitud

generosa y comprensiva por parte de España, un país que aceptó sin violencia la independencia de su

antiguo protectorado. Después hemos asistido a una serie de actos unilaterales, que van desde la

declaración de soberanía sobre setenta millas marinas a la detención arbitraria de pesqueros y a la

expropiación de las propiedades de subditos españoles integrados en la vida marroquí. A continuación,

Rabal elevó al máximo grado de tensión la cuestión del Sahara, hasta declarar 1975 «Año del Sahara»,

todo ello salpicado con algún incidente aislado y envuelto en una atmósfera de belicismo y de

nacionalismo exacerbado. Y finalmente, según se sabe desde ayer, Marruecos ha pedido la inclusión en el

Comité de Descolonización de las Naciones Unidas de Ceuta, Melilla, las islas Chafarinas, Vélez de la

Gomera y Alhucemas.

No queremos que la sorpresa ante la petición marroquí nos lleve a un comentario hostil o inmoderado.

Pero en el contexto del rosario de actos unilaterales e inamistosos por parte de Rabat —que componen

una «escalada» a los ojos de un observador imparcial—, el último paso del delegado marroquí en las

Naciones Unidas tiene una gravedad que no se puede desconocer. Lo que hasta ahora había sido una

reivindicación de los sectores nacionalistas más extremistas, parece ser asumido por el Gobierno de

Hassan II, lanzado, por causas que hay que comprender en clave política interna, a una política de

concesiones que encuentra en España pretextos diversionistas.

Desde estas páginas hemos sostenido la necesidad de comprensión y diálogo con un país que se esfuerza

por salir del subdesarrollo, y la cooperación con el cual es la sola vía civilizada y fructífera de relación.

Geopolítica y económicamente los dos países ribereños del Estrecho tienen intereses comunes.

Sostenemos la necesidad de decantar con paciencia y diálogo aquello que es de interés vital e

irrenunciable para la nación y el Estado españoles, de aquello otro que puede ser mutuamente beneficioso

reajustar a nuevas circunstancias internas y exteriores. Desde esta actitud, España ha cedido Ifni, ha

reconocido el derecho marroquí a explotar los recursos piscícolas, ha cooperado en el desarrollo

económico de Marruecos, ha reconocido el derecho a la autodeterminación de la población saharaui...

Resulta injusta, pues, la afirmación del delegado marroquí de que España mantiene una «obstinada

negativa» a negociar. Por el contrario, no se le oculta al Gobierno de Rabat que su gesto en la O. N. U.

tiene de espectacular —pensando más bien en el consumo interno— lo que carece de prudencia política.

No es ese el camino para una negociación con España y ni siquiera la mejor manera de servir a los

intereses del pueblo marroquí. Por ese camino de concesiones a los círculos más chauvinistas, que sueñan

con resucitar un imperio, y para los cuales no hay más objetivo respecto al Sahara que la simple anexión,

los responsables marroquíes pueden llevar a su país a una situación de confrontación extremadamente

grave.

Marruecos sabe bien que todo puede negociarlo con España en conversaciones presididas por la buena

voluntad y el interés común. Pero la iniciativa de Rabat ante la O. N. U. nos hace dudar que exista

verdadero animus negociandi por parte de Marruecos. Sabe el Gobierno de Hassan II que la actitud de

España podría diferir en cuanto al tratamiento de los diferentes territorios ahora reivindicados por

Marruecos; como sabe que entre éstos figuran territorios que son españoles desde cualquier ángulo que se

les contemple y que no admiten el tratamiento de «colonias». Y así, si la petición marroquí estuviera

pensada para la galería, nos parecería una frivolidad aventurada, y si ha sido formulada con plena

conciencia y convicción, entonces estamos ante un hecho muy grave; el último de ese juego de ajedrez de

avanzar pretensión tras pretensión a que nos tiene acostumbrados la diplomacia marroquí. Para España es

la hora de la serenidad y de la firmeza.

 

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