Autor: Onega López, Fernando. 
 Referéndum. 
 Hoy es el día después     
 
 Ya.    13/03/1986.  Página: 7. Páginas: 1. Párrafos: 8. 

Hoy es «el día después»

FERNANDO ONEGA

LA verdad es que fue una jornada apasionante. Desde primeras horas de la mañana, la gente acudía a votar. En algunos lugares había colas. El tiempo, casi de primavera, se había convertido en aliado del poder. En las sedes de los partidos habían puesto el termómetro para medir la temperatura de la votación. Cerca de mediodía, los primeros sociólogos consultados se atrevían a dar un veredicto: si hay fuerte votación, es que ganará el «sí». En la calle de Goya le escuché a una señora en el estanco: «Me gustaría votar no, pero no le puedo dar mi voto a los comunistas.» Las figuras de los Reyes habían sido utilizadas, pero con discreción: el «Telediario» del martes informaba de sus intenciones de acudir a [as urnas. Durante la mañana las emisoras de radio decían la hora de ese gran momento. Cuando aparecieron las primeras nubes sobre Madrid daba la impresión de que la palabra «abstención» era una palabra inexistente. Pocas personas, salvo los militantes confesos de don Manuel Fraga, se atrevían a confesar su voluntad abstencionista. Al final, la abstención fue importante y hubo que añadirle en el voto en blanco y el voto nulo. Lo que se haya dicho en esas papeletas anuladas debería ser objeto de una antología. Pero resultaría impublicable y, además, es preferible que los improperios se depositen en las urnas a que se digan en la calle.

Una sugerente victoria

Conocido el resultado, lo primero que hay que anotar, a mi juicio, es que ha sido una sugerente victoria. Don Felipe González ha alcanzado el sueño dorado de que la sociedad española ratifique con su voto sus propios cambios de opinión. En este primer análisis no deseo entrar todavía en el detalle de la inclinación del voto. Pero sí se puede decir, como primer asomo, que se ha conseguido el objetivo propuesto: seguir en la OTAN. El pasado lunes apuntábamos que lo único que iba a contar de verdad en el recuento era el «sí» o el «no», Y salió el «sí». El mundo occidental, que tan inquieto se había mostrado por los vaticinios de las encuestas, puede respirar tranquilo: España no contribuirá a debilitar su bloque defensivo. Y los intereses de España, tan invocados estos días por la propaganda oficiosa, también pueden respirar. La misma Bolsa optó ayer por la tranquilidad y la confianza cuando decidió que volvieran a subir sus valores.

En cualquier caso, en este día, parece inevitable anotar las consecuencias de política interna, que han sido un ingrediente claro durante toda la campaña y en la decisión final de los votantes. La primera de esas consecuencias es que Felipe González sale, pese a todo, fortalecido de la consulta. Y sale fortalecido en tres frentes distintos: ante la opinión pública, que reafirma su iiderazgo. Ante la oposición, a quien dio un ejemplo de, por lo menos, astucia política, y ante su propio partido, porque no se puede olvidar que el señor González defendió casi en solitario la opción de convocar el referéndum, incluso contra el criterio de la mitad de su gabinete.

En cuanto a la izquierda real, me parece que ha sido desbordada por la sociología. Me explico: los medios oficiales de comunicación identificaron el «no» sobre todo con el Partido Comunista y con la extrema derecha. Es decir: situaron esa opción en el territorio donde, según todos los estudios, no está la mayoría de la sociedad española. Quizá por esa razón el resultado final le dio la vuelta a las encuestas, que vieron cómo sus pronósticos —salvo el del Instituto Gallup— caían a manos de las urnas. De todas formas, aunque esa izquierda no haya conseguido el gran éxito final, al menos encontró en el referéndum, la ocasión para hablar de unidad y hacer un mínimo ensayo de convergencia ante las próximas elecciones. Como decía Gerardo Iglesias, obtuvieron una «victoria moral».

Coalición Popular, que parecía durante la jornada la gran derrotada, consiguió salir, al final, airosa. No es que pueda predicar un sensacional triunfo de sus tesis, pero puede decir que una parte notable de la población se desentendió de la consulta. Al fin y al cabo, se ha producido justamente lo que también pedía su líder Manuel Fraga en conversaciones públicas y privadas: un «sí» escaso, con abundante abstención. Este Manuel Fraga, a quien algunos predecían en este referéndum su «Water-loo» particular, obtiene un nuevo respiro, aunque la no-participación difícilmente puede ser evaluada como un valor político objetivo.

La «ruleta»

Y ahora, al final, comienza, de forma inevitable, la explotación de los resultados. Antes de entrar en esa ceremonia parece obligado resaltar que el referéndum deja a España dividida en dos mitades: la que no quiso saber nada y la que quiso expresarse/Dentro de ésta, los partidarios de salirse son tantos como los partidarios de la permanencia.

Al mismo tiempo, parece que es obligatorio pedir, como cada vez que se habla de triunfadores y derrotados, que el éxito sea administrado con generosidad y prudencia. El socialismo en el poder debiera tener presente que el voto afirmativo mayoritario no es un voto en blanco a una forma de prepotencia. El «sí» hubiera podido ser mucho mayor si no hubiera existido el ingrediente de su apropiación partidista y si no hubiera funcionado el subconsciente preelectoral. Nadie se puede escapar de esa acusación de partidismo. Pero no se puede escapar, sobre todo, quien tiene por ley la iniciativa política y, a pesar de eso, no fue capaz de conseguir un consenso previo ni fue capaz de quitarle dramatismo, tensión y enfrentamiento a la consulta.

Lo importante, en todo caso, es que se pasó el trámite. Hubo mucho de «ruleta rusa» en este referéndum. Igual que nos hemos asomado al análisis saludando el triunfo del «sí», podíamos haberlo hecho para lamentar el callejón sin salida en que hubiéramos entrado si triunfase la tesis contraria. Llegamos al día 12 con la sensación que en estas columnas hemos llamado «atracción del abismo». Salió bien. Quienes dijimos que ése era el interés nacional, nos alegramos. Es posible que incluso salga fortalecida la democracia. Desde luego, la permanencia en la OTAN puede dejar de ser discutida desde el punto de partida de su respaldo popular. Pero todavía nos asusta pensar que pudo haber ocurrido lo contrario. Y entonces, ¿cuál hubiera sido nuestra conclusión? Sólo una: que la pistola de la ruleta de don Felipe González se había disparado... a nuestra cabeza.

 

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