Autor: Elorriaga Fernández, Gabriel. 
   ¿A dónde va la gente?     
 
 El Imparcial.    27/12/1977.  Páginas: 1. Párrafos: 8. 

¿A dónde va la gente?

Muy pocos observadores dudan que, en los meses transcurridos desde las elecciones, se han producido

cambios en las tendencias de opinión. Las mismas entidades de encuesta que pronosticaron, con mucha

aproximación, aquellos resultados han ofrecido sondeos, en algunos casos públicos, que manifestaban

importantes descensos de popularidad de personajes claves y despegos multitudinarios en relación con

algunos partidos.

El fenómeno no tiene nada de sorprendente. En primer lugar porque las oscilaciones de la opinión son

naturales en cualquier sociedad democrática y, por ello, sus instituciones prevén las consultas electorales

periódicas, en plazos no muy largos, históricamente hablando, y la posibilidad de acortar estos plazos

programados cuando circunstancias políticas de cierta gravedad lo aconsejan. Tal es el caso de los

períodos constituyentes, que limitan con la adaptación de las instituciones a las nuevas normas

constitucionales, o el de los deterioros alarmantes del poder ejecutivo que provocan las crisis de confianza

parlamentaria o las disoluciones de las asambleas; bien por las presiones de una oposición o bien por la

propia estrategia de los partidos gobernantes, necesitados de un refrendo antes de llegar hasta un punto sin

retorno en su decadencia.

En nuestra actualidad hay que añadir, a estas vicisitudes que diríamos democráticamente habituales, las

singulares condiciones en que se produjeron las primeras elecciones en que participaban los partidos

políticos, aun con algunas exclusiones. El pueblo no los conocía bien, unos por salir de las nieblas de la

clandestinidad reciente, otros por haber nacido casi en vísperas electorales, otros por participar en las

elecciones prácticamente sin haber nacido, como se ha podido comprobar en la búsqueda posterior de su

identidad ideológica por algunos de ellos, entre los que destaca el propio partido en el Poder.

A este factor hay que añadir la participación beligerante de un aparato oficial que no era el simple

derecho de presentación de políticos en el Poder, sino de políticos herederos de «otro» Poder, con

competencias heredadas y, aun apenas reformadas, de un modelo de Estado diferente, en el que la línea

entre Estado y Gobierno no estaba delimitada a la manera de las situaciones donde el juego democrático

puede presuponerse medianamente razonable y equitativo.

Junto a todos los factores citados y la aglomeración de los típicos; es decir, existencia de intención

constituyente y asunción del Poder por la «mayor minoría», sin perspectivas, hasta el presente, de

ampliaciones de base por coalición, ni suficiente validez doctrinal de su «monocolorismo» que permita

suponer la expansión de su proselitismo ideológico más allá del inicial reparto de funciones y

cumplimiento de pactos y compromisos; se une el gravísimo desgaste que, a una situación de origen no

diáfano, añade el hecho de que la vocación transitoria, característica de este momento histórico, haya

venido a discurrir, en el plano político, bajo los zarpazos de una profunda crisis socioeconómica

escasamente controlada y, en muchos aspectos, acentuada por un clima de «laissez faire» que si, quizá,

pudiera contemplarse benévolamente desde la óptica de la moral de la libertad, cuya trascendencia ética

no vamos a poner en duda, no por ello resulta lo más eficaz para afrontar problemas necesitados de una

fuerte capacidad de coordinación y dirección.

El porqué, en tal situación, tan propicia a las variaciones de opinión» no se estableció con mayor rigor

formal el mandato presidencial, prolongándose la confianza otorgada a la propuesta de las fenecidas

Cortes orgánicas y no aprovechándose el triunfalismo electoral para consolidarlo con un carisma

democrático, puede sólo superficialmente, considerarse como una negligencia, sino como una previsión

inteligente, consciente de los variantes que iban a operar a corto plazo y que, difícilmente, podrían ser

encajados sino seguía manteniéndose un flexible concepto de transitoriedad capaz de hacer que las

desilusiones, frustaciones o desesperaciones de unos u otros no chocasen con un rígido calendario de

plazos políticos, sino con la fluidez de un proceso revisionista abierto.

Por todo ello, en estos momentos, es especialmente importante tratar de intuir hacia dónde va la gente. Es

fácil saber de dónde se va y qué barcos se abandonan. Es fácil notar cómo se mueven algunas tendencias

asamblearias, contando poco o nada con sus partidos de influencia «de clase». Es fácil observar cómo se

manifiestan más ciudadanos donde antes se manifestaban menos. Pero existe la impresión de que los que

se mueven por desilusión, por miedo, por malestar, por nostalgia, por impaciencia o por lo que sea,

tienden predominantemente hacia el nihilismo. Es decir, no se van, masivamente, a unas u otras

ventanillas formalmente establecidas. Se refugian en una inhibición malhumorada y desencantada

creciente. No creo que ello tenga por qué ser definitivo. Pero sí inquietante, tanto para el Poder como para

la oposición que, en estos momentos, se observan mucho más paralelamente de lo que algunos dirigentes

suponen, más como partes del "sistema establecido" que como alternativas, sobre todo a partir del Pacto

de la Moncloa, del que sólo un partido salvó el consenso político.

¿A dónde va la gente? A mi entender este es el análisis más profundo que deben hacerse los grupos

políticos en el fondo de su conciencia colectiva. Porque la desestabilización del sistema, que se achaca

machaconamente a la intención de cada suceso terrorista, no será fácil producto de hechos dramáticos

aislados, pero sí puede ser producto de grandes y complejas oscilaciones de la opinión, al margen de

programas y calendarios establecidos en base a tomar ciertos resultados electorales «sui géneris», como si

se tratasen de las cifras consolidadas de una democracia secular y serena, comprometidas en torno a un

bipartidismo de solera.

GABRIEL ELORRIAGA

Mañana: «Sobre UCD, el Gobierno y el Parlamento», de Miguel Peydro Caro.

Informaciones

27 de diciembre de 1977

 

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