Autor: Marías, Javier. 
   ¿Su miedo favorito?     
 
 El País.    10/03/1986.  Página: 11,12. Páginas: 2. Párrafos: 6. 

¿Su miedo favorito?

JAVIER MARÍAS

El referéndum sobre la permanencia en la OTAN está ya tan desvirtuado que las razones de casi cualquier género pueden valer para decidirse; siempre, claro está, que uno las encuentre. Yo ando buscándolas desde hace varias semanas y a estas alturas de la campaña todavía estoy inscrito en el enojoso grupo de los que no saben/no contestan, lo cual me ha llevado, en buena lógica, a no prestar mi modesta firma a ningún documento destinado a captar votos. Tampoco los nombres de los que sí han suscrito tales manifiestos me han resultado decisivos, ya que las simpatías y la admiración las tengo muy repartidas.

Así, estoy a la espera (no me queda más remedio) de que los unos me irriten más que los otros. Por fin ha habido un primer aviso.

Una de las mayores críticas que los noístas están dedicando a los sustos (y por tanto también al Gobierno) es su falta de argumentos positivos en favor de la permanencia de España en la OTAN y su despliegue, por contra, de razonamientos que están dictados exclusivamente por el miedo. En primer lugar, no veo por qué el miedo no puede o no debe ser un factor válido —tan válido como cualquier otro— a la hora de determinar una actuación, una posición o un voto, del mismo modo que saber lo que uno no quiere, aunque no tenga ni la menor idea de lo que querría, me parece, en todos los órdenes de la vida, una bendición: al menos sabemos algo. Y, por poner un ejemplo de nuestra historia reciente, estoy convencido de que más de un comunista ortodoxo habría besado la generosa frente del mismísimo Leopoldo Calvo Sotelo el día 24 de febrero de 1981, precisamente por miedo y por saber perfectamente lo que no quería.

Pero no es sólo esto: tengo para mí que la gran mayoría de los actuales partidarios del no lo son, al igual que los partidarios del sí, por miedo, lo cual invalida las acusaciones de aquéllos contra éstos. Sólo que se trata de diferentes miedos. Me explicaré: entre los noístas (los noístas de izquierdas, que son casi todos) hay unos pocos que lo que desearían es que la adhesión de España, en vez de a la OTAN, fuera al Pacto de Varsovia; hay unos cuantos más, bastantes más, que ansian castigar al Gobierno por su gestión decepcionante y su insufrible chulería (y se comprende que la tentación pueda ser grande); pero la mayoría de ellos alegan una cuestión de principios: son pacifistas, ergo ¿cómo van a querer que su país pertenezca a una alianza militar? Todas y cada una de las personas que esgrimen esta razón me parece que están diciendo, en el mejor de los casos, tan sólo una media verdad. La verdad verdadera, como dijo el torero, es otra. Si todos estos pacifistas lo fueran de veras, radicalmente y hasta las últimas consecuencias, no se limitarían a rasgarse las vestiduras (sólo en tiempos de referéndum) por la posible permanencia de nuestro país en la OTAN y de las bases americanas en nuestro país, sino que estarían mesándose los cabellos de continuo en tanto no se disolvieran o suprimieran el Ejército al completo, la Guaría Civil, la Policía Armada, los geos, los enzainas, los mossos d´esquadra, los guardias jurados, los vigilantes nocturnos de El Corte Inglés (que llevan arma) y los cazadores domingueros con escopetas de varios cañones. Pues bien, no he oído a ningún noísta clamar contra estas cosas (y se me olvidaba incluir los aceros de Toledo y las navajas de Albacete). La verdad verdadera es miedo, y muy respetable, a que, en virtud de nuestra permanencia en la OTAN, haya misiles nucleares soviéticos apuntando a nuestras cabezas. (Dejo de lado la posibilidad —no absurda— de que apuntaran en todo caso y de que además no vaya a haber nunca manera de saberlo a ciencia cierta.)

¿Cuáles son los miedos de los siistas? Los hay muy variados. El propio presidente del Gobierno ha mencionado vagamente algunos: la inversión extranjera se reduciría, al igual que nuestras exportaciones; nos sería difícil el acceso a la tecnología punta occidental, etcétera. Sería de agradecer que el susodicho presidente fuera más explícito (todas estas cosas las dice con la boca pequeña, como el marido o la mujer que se apresuran a confesar una infidelidad descubierta porque son muchas las que todavía permanecen ocultas), pero quienes ven en estos temores amenazas de represalias y atentados a nuestra soberanía están en lo cierto. Bien, ¿y qué? Así es el mundo, yo te doy si tú me das, por un lado, y, por otro, no me parece que la soberanía de países neutrales como Austria o Suecia sea mayor que la de países integrados en la OTAN como el Reino Unido o Italia. Seguramente se trata, en todo caso, de la mayor soberanía posible.

Pero hay también otros miedos, más personales, quizá menos justificados y sin embargo tan lícitos como el que más desde el momento en que admitamos (¿y hay quien no lo haga?) la primera frase de este artículo. El referéndum está tan desvirtuado que, cabría decir, cualquier miedo vale. Hay quien te.me que si salimos de la OTAN tengamos que entregar Ceuta y Melilla en muy breve plazo y las Canarias en un

plazo menos breve, pero no muy largo. Hay quien sospecha que la colaboración de Francia en la lucha antiterrorista volvería a ser inexistente. También hay quien teme que, de darse un triunfo del no, el descalabro del partido socialista sea tan mayúsculo que incluso pueda perder las próximas elecciones en beneficio del único otro partido que, hoy por hoy, podría ganarlas, por parcial que fuese la victoria (los que esto temen no son necesariamente entusiastas del Gobierno —¿acaso quedan?—, sino gente

realista que al menos sabe lo que no quiere de entre las cosas posibles, ya que no, ciertamente, probables).

Hay asimismo quien teme que el descalabro se personalice de tal manera en Felipe González que el riesgo no sea tanto el que acabo de mencionar cuanto que el próximo presidente del Gobierno sea Alfonso Guerra o el Leopoldo Calvo So-telo que anida en todo partido (no olvidemos que un partido es un microcosmos comparable a una clase de colegio, y que en todas las clases de colegio que en el mundo han sido se han repetido y repiten, con escasas variaciones, los mismos arquetipos: el listo, el tonto, el empollón, el pelota, el acusica, el gordo, el cabecilla rebelde, el matón, etcétera). Se me dirá: todos estos miedos son chantajes, alarmismos, embelecos, mientras que los misiles apuntándonos sí son reales. Puede ser. Pero el miedo, como bien saben quienes aún se recuerdan a sí mismos de niños, no precisa de ninguna realidad objetiva para su existencia, ni tampoco es un miedo menos miedo para el que lo padece porque los demás piensen que no hay motivo. El miedo es justamente una de las cosas más subjetivas y personales (aunque no intransferibles, sino, por el contrario, contagiosas) que hay, y cada cual está en su derecho a intentar tranquilizarse, de la manera que sea, ante aquellos miedos o fantasmas que más lo acosen. Tal vez pensar en nuestro miedo favorito a la hora de votar no sólo no sea criticable, sino el único modo de hacerlo en conciencia. Personalmente, debo decir que, en el día de hoy, la posibilidad de que me caiga un misil soviético encima me parece tan remota y a la vez tan inevitable como el advenimiento del apocalipsis o la propagación indiscriminada y masiva de esa enfermedad que se llama SIDA. Sin duda los otros miedos, los de los siístas, son a cosas que en cambio son remediables, pero —repito, en el día de hoy— la posibilidad, por improbable que sea, de vivir a corto plazo en un país gobernado por Fraga y Miflón, Alzaga y Ansón, me resulta, pese a todos los pesares, menos remota y a la vez más evitable. Tal vez pueda salir por fin del enojoso grupo de los que no saben/no contestan, pues al fin y al cabo empieza a parecerme que la diferencia entre el miedo de los noístas y el miedo de los siístas es que, así como los primeros temen morir espantosamente, los segundos lo que temen es vivir espantosamente. Justamente lo contrario.

 

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