Autor: Falcón, Lidia. 
 La campaña del Referéndum. 
 Las mujeres y la OTAN     
 
 El País.    10/03/1986.  Páginas: 1. Párrafos: 10. 

POLÍTICA

LA CAMPAÑA DEL REFERÉNDUM

EL PAÍS, lunes 10 de marzo de 1986

Las mujeres y la OTAN

LIDIA FALCÓN

Los argumentos utilizados en el debate sobre la OTAN en nada afectan a las mujeres. Olvidadas en los discursos, sólo cuenta su voto. La autora de este artículo propugna precisamente el voto negativo de las mujeres, por cuanto finalmente el dinero destinado a armamento debería dedicarse, entre otras cosas, a ayudas económicas a las amas de casa y a las ancianas sin pensión, construir residencias para hijos subnormales, enfermos mentales y madres apaleadas y abandonadas.

Aunque los medios de comunicación rebosan de las palabras con que los comentaristas tratan el tema de la OTAN, cuando intento imaginar las razones que podrían tener las mujeres españolas para votar en uno u otro sentido en el próximo referéndum no hallo válidos para ellas ninguno de los argumentos que aquéllos esgrimen. Como siempre, han olvidado a las mujeres en sus discursos, a pesar de que quieren contar con sus votos. Cuando los leo, me pregunto, sorprendida: ¿creerán realmente que resulta preocupante para la mayoría de las españolas la amenaza que algunos catastrofistas suponen en el Pacto de Varsovia, o pensarán acaso que las mujeres se acogerán jubilosas a la Alianza Atlántica como organización que defiende sus intereses?

Si las mujeres no están obligadas al servicio militar y no pueden realizarlo nunca en otras tareas que no sean tas auxiliares, no me parece tampoco que les preocupe demasiado ta posibilidad de que puedan ser enviadas a Berlín al cumplir 20 años.

Si una esposa, por serlo, no realiza declaración de renta individual y es exclusivamente el marido quien cuenta y calcula los impuestos que debe pagar la célula familiar, resulta poco probable que los millones de mujeres casadas españolas se hallen angustiadas calculando el coste de los gastos militares que supondrá la participación española en la OTAN.

También me parecen poco interesantes para las mujeres los argumentos sobre la nuclearización de las bases norteamericanas, la competición armamentista o la guerra de las galaxias. Educadas desde niñas entre muñecas, cocinitas y encajes; enseñadas a admirar a los hombres que guerrean en el mundo y a calificarlos de niños en casa, las españolas no se muestran muy preocupadas por los grandes y sofisticados proyectos militares, ni siquiera por la amenaza de una guerra nuclear, cuyo peligro no creen que pueda afectarles. Están convencidas de que tales temas "son cosa de hombres".

Cuando hablo con las mujeres —haciendo la necesaria excepción de las militantes de cualquier opción política y de las intelectuales y profesionales informadas—, me admiro de la ignorancia que mantienen sobre la mayoría de la población los hombres dirigentes del país. De otro modo, no se explica que escriban y utilicen argumentos tan indiferentes e incomprensibles para las mujeres, cuando deberían desear ganar sus votos.

Una única explicación cabe respecto a su actitud. Confian plenamente en la capacidad de mando del marido, padre, patriarca, y en la sumisión de las mujeres de la familia a su poder. Obteniendo el voto del marido, están seguros del de la esposa; con el voto del padre cuenta el de la hija; con el del abuelo, el de la abuela; con el del hermano, el de la hermana, y con el del novio, el de la novia.

Releyendo a Virginia Woolf en su Tres guineas, repaso los estatutos de "la Sociedad de las Extrañas" y temo que las españolas decidan seguir sus objetivos. Al fin y al cabo, entonces como ahora, las mujeres pueden decir que, "durante la mayor parte de su historia, nuestra patria me ha tratado como a una esclava, me ha negado la educación y el compartir las posesiones patrias. Nuestra patria me deniega los medios de protegerme a mí misma, me obliga a pagar anualmente muy cuantiosas sumas para que otros me protejan...; en consecuencia, si tú insistes en protegerme o en proteger a nuestra patria, quede claramente establecido y aceptado por ambas partes, fría y racionalmente, que luchas para satisfacer un instinto sexual en el que yo no puedo participar, para conseguir unos beneficios que no he compartido y probablemente no compartiré, pero que no luchas para satisfacer mis instintos, ni para protegerme o proteger a mi patria...". Por tanto, también ahora las españolas podrían afirmar que "deben dejar al hombre que se enfrente solo con su instinto de lucha" y, en consecuencia, obligarse a "no participar en manifestaciones patrióticas, a no dar su aprobación a forma alguna de alabanzas nacionales", y, por tanto, si las mujeres siguiesen el impulso que les dicta la defensa de sus intereses inmediatos, deberían abstenerse de votar en la manifestación patriótica que será el referéndum sobre la OTAN. Pero como, lamentablemente, esta opción se ha convertido hoy en una decisión política determinada, que

en nada puede favorecerlas, yo querría explicarles por qué deben votar no a la OTAN si desean defender sus intereses de clase y defenderse de las múltiples agresiones de que el poder —el que tienen en casa y en el Gobierno— las hace víctimas.

Nunca me ha parecido posible que la guerra, ese criminal juego machista, pueda ser cosa de mujeres; por ello, no creo que haya muchas mujeres voluntarias para hacer el servicio militar, pero aunque la mayoría de las españolas no vestirá el uniforme de la patria, todas las madres que despiden al hijo que parieron y criaron, con el que sufrieron las primeras gripes y los últimos suspensos, para que pierda dos irrecuperables años de su vida en el estéril aprendizaje del servicio militar, sufrirán por la inútil separación, por el frío, el cansancio y la mala comida que va a padecer su hijo. Gastarán los últimos ahorros en las camisetas y en la bufanda de lana, en los paquetes de golosinas y embutidos que no le faltarán cada mes, en los penosos viajes para visitarlos o para reunirse con él en los permisos, y llorarán largamente los castigos. Ellas no irán a Berlín a participar en las maniobras conjuntas de la Alianza, pero, al lado de la vieja camilla de siempre, se sentirán más solas y más alejadas del hijo que nunca.

Las novias que hicieron tantos planes para la vida común en cuanto el novio terminara el irremediable servicio a la patria sentirán el desamparo y la inseguridad en la ausencia de su amor, y si las esposas no pagan directamente los impuestos, quizá se encuentren algún día con que la menguada semanada con que deben hacer frente a los gastos de la casa les es mermada por un marido malhumorado y gritón que ha debido hacer frente a una nueva inspección de Hacienda o que ha sido aconsejado por su gestor para que rehiciera la declaración preceptiva, aumentando el caudal de sus recursos.

Puede ser que no inquieten a la mayoría de las españolas los acuerdos Salt I y II, la nuclearización del suelo o de los mares o del espacio, la acumulación de depósitos nucleares en las bases militares, la instalación de los misiles en los países europeos o la guerra de las galaxias, al revés de la decidida actitud de las inglesas que están luchando hace varios años en Greenham Common, pero quizá puedan reflexionar en la posibilidad de que el dinero empleado en tan mortífera competición se utilizara en proporcionar ayudas económicas a las amas de casa y a las ancianas sin pensión, en construir residencias para los hijos subnormales, para los enfermos mentales y para las madres apaleadas y abandonadas. Si las mujeres comprenden que los abstrusos discursos de los dirigentes políticos a favor de la OTAN significan más dificultades económicas para comprar la comida diaria, menos escuelas para sus hijos, ninguna esperanza para hospitalizar al padre anciano o al hijo enfermo mental, ni para resolver el paro del marido y del hijo mayor, que llevan dos años sin trabajar, será posible que la mayoría de las mujeres españolas vote no a la permanencia en la OTAN.

Lidia Falcon es abogada y feminista.

 

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