Autor: Goytisolo, Juan. 
   De la OTAN a la ley de extranjería     
 
 El País.    06/03/1986.  Página: 11. Páginas: 1. Párrafos: 3. 

EL PAÍS, jueves 6 de marzo de 1986

OPINIÓN /11

De la OTAN a la ley de extranjería

JUAN GOYTISOLO

Recuerdo que en mi niñez, entre la larga y deslumbrante lista de propiedades terapéuticas atribuidas al agua mineral en las etiquetas de las botellas, figuraba una escueta pero promisoria referencia a su presunta cualidad radioactiva. Lo de poderosamente radioactiva se asociaba en aquellas fechas a unos efectos misteriosamente saludables para el organismo, de los que carecía desde luego la vulgar y meramente desinfectada agua del grifo. En un momento dado —pienso que después de Hiroshima—, esa particularidad casi mágica desapareció para siempre de los marbetes y anuncios. No sé todavía con seguridad si tal omisión obedeció a una modificación composicional de las aguas o, como parece mucho más probable, a las inquietantes y siniestras connotaciones vinculadas desde entonces con el término "radioactivo". Pero, radioactivas o no, el consumo de aquellas no sufrió grandes cambios ni la salud de los clientes tampoco. Lo que era benéfico un día había pasado a ser dañino el siguiente sin que el destinatario del producto lo advirtiese y, lo que es aún más notable, experimentara mejora o perjuicio alguno. Si traigo a colación este ejemplo es por la sencilla razón de que en virtud de un proceso similar aunque inverso el pueblo español está siendo objeto desde hace unas semanas de una manipulación parecida: un mero escamoteo semántico en torno a la noción de atlantismo, sin ninguna o muy poca incidencia en la programada realidad de los hechos. Cualquiera que sea el escenario que al final se imponga, la venta y consumo de agua mineral o, por mejor decir, spring water, serán los de antes: nuestra salud ni mejorará ni empeorará.

Pero no quiero hablar hoy de la OTAN —sumando mi voz a la de quienes participan en la gran ceremonia de la confusión— ni predicar a partir de una ausencia un voto positivo, negativo o en blanco cuando únicamente el privilegio trinitario —la posibilidad de votar de tres formas distintas sin dejar de ser yo mismo— seria la respuesta adecuada a ese increíble chaparrón de demagogia, oportunismo, moralina e inepcia que nos ha caído encima. Tampoco hablaré, aunque no me falten ganas, del desdichado reconocimiento diplomático a Israel —sin que dicho paso haya sido acompañado al menos de la elevación al rango de embajada de la representación oficial de la OLP en Madrid—, de las sonadas-declaraciones del ministro titular de la Defensa respecto a los oficiales de la disuelta UMD ni de la aparente renuencia del de Interior a desarraigar las semillas de violencia y arbitrariedad de quienes tienen precisamente la misión de garantizar la paz pública. Del pliego de cargos contra el Gobierno acumulados en los últimos meses, me limitaré a entresacar un tema que no sólo me concierne como los que acabo de mencionar, sino sobre el que poseo además algunos conocimientos y experiencia: me refiero a la torpe y semifrustrada tentativa de aplicar la Ley de Extranjería a los musulmanes nacidos o asentados desde hace largo tiempo en Ceuta y Melilla.

La discriminación y menosprecio a los melillenses y ceutíes de origen marroquí y religión islámica avalados por dicha Ley contra los derechos establecidos por la Constitución e incluso los intereses reales de quienes pretenden perpetuar nuestra presencia colonial en ambos enclaves, muestra hasta qué punto la actitud racista imperante en los medios hispanos de Ceuta y Melilla se ha extendido, como hace 30 años en Argelia, a los representantes locales del Partido Socialista en el poder, barriendo todas sus diferencias ideológicas con las fuerzas de la derecha y extrema derecha en pro de una sacrosanta unión étnica contra el moro. Una vez más, como en tantas ocasiones en la historia de nuestras sucesivas descolonizaciones fallidas, vemos repetirse la misma ceguera e incomprensión que condujeron al abandono precipitado y poco glorioso de Cuba y Filipinas, el norte de Marruecos, Sidi Ifhi, Guinea Ecuatorial, el Sahara.

Mientras la razón, la justicia y las lecciones del pasado nos aconsejan prever y elaborar las condiciones de un traspaso de soberanía que respete los intereses económicos y culturales de los autóctonos de las dos ciudades africanas paralelamente al desarrollo y avance de las negociaciones con Inglaterra tocante a Gibraltar, la táctica que parece prevalecer es todavía la del avestruz: cerrar los ojos a las realidades de este siglo, pedir a Londres lo que negamos a Rabat, sustituir nuestra carencia secular de una política norteafricana con un ejército norteafricano cuyo funesto papel en la historia reciente de España está en la memoria de todos. Aunque la anulación pura y simple de las medidas discriminatorias y racistas contra los musulmanes no resolvería el problema del futuro de las dos ciudades, podría serenar al menos los ánimos y evitar una irreparable ruptura. Pero las vacilaciones del Gobierno, contagiado de la miopía de los partidos políticos locales, no permiten augurar por ahora una política distinta de la heredada del régimen anterior: como en el caso del referéndum sobre nuestra permanencia en la OTAN, reflejan su confusionismo y contradicciones, su incapacidad de zafarse de una tesitura anacrónica y del peso muerto de la tradición.

 

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