Autor: Onega López, Fernando. 
   ¡Atrapados!     
 
 Ya.    09/03/1986.  Página: 8. Páginas: 1. Párrafos: 7. 

¡Atrapados!

FERNANDO ONEGA

(Viene de portada)

¡Dios mío! ¿Cómo se puede orientar a la opinión desde estos esquemas mentales? ¿Cómo podemos, ante esta situación de cruda autocensura, cumplir esa irrenunciable misión de servicio público? ¿Cómo hemos podido llegar a esa sesación de sentirnos maniatados? La explicación es muy elemental: la estancia en la OTAN era un asunto de interés nacional; uno de los grandes asuntos de interés nacional. Sin embargo, llegó la esquizofrenia en forma de referéndum y todo se ha quedado en arma arrojadiza de los partidos.

Lo dijimos en estas páginas: se va a votar todo menos OTAN; se va a juzgar con el voto de castigo, con el voló plebiscitario, con los argumentos más innobles, con la demagogia a flor de piel.

Y así ha sido. Llegados al final de la campaña, parece que la única posición coherente es la de quienes propugnan el «no». Todo lo demás es una feria de disparates. ¿Qué podemos pensar de iodo un Gobierno que nos amenaza con consecuencias en la tecnología de punta cuando hace meses nos quiso garantizar esta tecnología con el ingreso de España en el COCOM? ¿Qué podemos pensar, en serio, de una oposición que pide que no se vote pero confiesa desear gane el «sí»? ¿Qué podemos pensar de unos señores banqueros que se apuntan a la doctrina del diluvio haciéndonos sospechar que han sido víctimas de alguna presión? ¿Y qué nos sugiere un Cuevas que desmiente a los banqueros y no ve consecuencias negativas para la economía en caso de que se pierda la consulta?

Después de todo ello, si los periodistas estamos sometidos a una feroz autocensura podemos sospechar que la sociedad está, cuando menos, confusa. En un editorial de este periódico se apunta que votar con criterio en este referéndum supone un sacrificio, casi heroico. Y, ante la exigencia del heroísmo, el pueblo español terminará votando por lealtades. Si es leal a Felipe, votará afirmativamente. Más complicado se le pondrá cuando tenga que elegir entre Pastora Vega y José María García, o entre Imanol Arias o Encarna Sánchez, que no sugieren lealtades pero sí arrastran masas.

Y así, se nos va a quedar no en la gran consulta sobre la alineación de España con el mundo occidental, sino en un debate —probablemente apasionante— sobre objetivos menudos. Por ejemplo, si el señor González debe o no debe marcharse; si el señor Fraga quedará o no quedará tocado por su abstencionismo, o si la ocasión se la pintaron calva a los comunistas para que encontraran alguna razón para volver a hablarse entre sí. Fastuoso resultado.

Y ahora, una confesión, hace tres semanas me preguntaba en estas columnas «¿y yo qué hago?». Me inclinaba por el voto en blanco, como forma de escapada de una trampa que me habían tendido. Pero mis dudas persistieron porque mi iniciativa del voto en blanco fue secuestrada por algún partido. «Votar en blanco equivale a la abstención», pudimos escuchar todos. Y en la larga meditación solitaria me volví a formular otra pregunta dramática: ¿Es que voy a pagar con mi actitud pública la falta de responsabilidad de aquellos a quienes les pagan por ser más responsables que nadie? El otro día dije en el Club Siglo XXI que me gustaría que «mi» periódico se pronunciara a favor del .sí» por interés nacional. Se me «inundó» el periódico de protestas de lectores. ¿Dimito, como Javier Pradera y como Jiménez Losantes? ¿Y por qué voy a dimitir, si el periódico va bien, se vende cada día mejor y hasta los trabajadores desconvocan una huelga anunciada? ¿Es que también el YA tiene que pagar las consecuencias del referéndum? ¡Que dimita Felipe González! Yo me quedo.

Eso: me quedo. Pero a los lectores que llaman, y a los lectores que escriben, y a los que no llaman ni escriben, pero piensan, les pregunto. ¿De verdad creen ustedes que inclinarse por la permanencia en la Alianza Atlántica, aunque sea con las condiciones impuestas desde Moncloa, es ser socialista? ¿De verdad debemos sentirnos presos por esa nueva dictadura de los partidos, que ni siquiera son consecuentes con su propio pensamiento? Yo me rebelo. Que me corten las ataduras a las vinculaciones partidistas. Que pague quien tenga que pagar, pero a mí me gustaría que España siguiera en la Alianza Atlántica.

Lo que pasa es que nos lo han puesto muy difícil. Después de este referéndum habría que convocar otro.

Aunque sólo fuera para que pudiéramos recuperar el sentido común. Aunque sólo fuera para que pudiéramos hablar del interés de España sin contaminaciones espurias. Sin sentirnos atrapados.

 

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