Autor: Palomo, Graciano. 
 Declaraciones del vicepresidente del gobierno a Ya. 
 Alfonso Guerra: Estar en la OTAN ayuda en la lucha contra el terrorismo     
 
 Ya.    09/03/1986.  Página: 10-11. Páginas: 2. Párrafos: 37. 

10 España

Declaraciones del vicepresidente del Gobierno a YA

Domingo 9 de marzo de 1986

Alfonso Guerra: «Estar en la OTAN ayuda en la lucha contra el terrorismo»

En el mismo despacho en el que durante tres años largos ha ejercido de «oyente» como vicepresidente del Gobierno, Alfonso Guerra declara a YA que la lucha eficaz contra el terrorismo pasa por el mantenimiento de España en la OTAN. La estancia, presidida por el busto de Machado e impregnada por el peculiar sentido de la decoración del número «dos» del Gobierno, ha sido testigo mudo de un «cambio» en la propia personalidad de Guerra que otros apuntan como una auténtica metamorfosis. Guerra habla de la coyuntura política, del proyecto de transformación socialista, «muy diferente al que se concibió». A su vida privada se refirió con un escueto «es mi vida privada». Ha sido esta una entrevista realizada seis días antes de que el referéndum pueda colocar a este país en «rumbo desconocido»

Madrid/Graciano Palomo

—¿Por qué «cambiar» a la OTAN, señor vicepresidente?

—Hemos cambiado, es verdad. Por que miramos los intereses de España. ¿Se han preguntado, por ejemplo, lo que puede ayudar, lo que ha ayudado ya, la OTAN en la lucha contra el terrorismo? La información en este campo es esencial, y el apoyo internacional resulta determinante. Por otro lado, los que nos acusan de haber cambiado se guardan mucho de decir que hemos renunciado a posiciones de partido en beneficio del país. Son momentos en los que hay que decir «tiro hacia adelante» aunque no se comprenda muy bien.

—Se dice, señor Guerra, que se le nota a usted muy cauto últimamente...

—Hay sectores que desean presentarme siempre como un diablo rojo, escapado de Vietnam. Les molesta que no me meta con ellos. Tengo la impresión de que en esta campaña están muy deseosos de que entre en el juego de las descalificaciones, en lugar de discutir el fondo de la cuestión. No estoy en ese juego, ni siquiera les menciono y les molesta más que cuando les increpo directamente.

—¿Qué se siente cuando le acusan de desestabilizar?

—Los mismos sectores están empeñados en establecer por sistema que mis palabras son insultantes, hirientes, escandalosas, diga lo que diga. Estoy bastante habituado a ello y como tengo asumido el papel de pararrayos, mi piel se ha convertido en piel de rinoceronte.

La frustración del poder

—¿Cuéntenos su experiencia vital de tres años largos en este despacho?

-En el ejercicio del poder hay siempre un alto componente de frustracción. La actividad política desde el Gobierno no es tan grata como la gente pueda pensar. Además, gobernar es aburrido si se trabaja. Desde el punto de vista personal lia habido muchas experiencias interesantes.

—¿No detecta usted una cierta frustracdón entre los españoles, por la actuación de Gobierno socialista, después de tantas promesas incumplidas?

—Creo que no. Mi impresión es que la sociedad española está contenta con la actuación del Gobierno socialista. Es más, diría que ampliamente contenta. En tres años se ha culminado un proceso de transición, se ha consolidado el sistema democrático, han sido solucionados conflictos en las relaciones Iglesia-Estado, se han dado golpes duros al terrorismo, y el saneamiento económico ha sido muy importante. Estamos, pues, viviendo una cierta euforia que no ha surgido por accidente, sino por un trabajo impopular, pero muy serio, que nos va a permitir situarnos junto a los países más desarrollados.

El PSOEy la OTAN

—¿Qué está pasando en el PSOE en relación con el debate sobre la OTAN?

—La conclusión a la que ha llegado el partido es que lo mejor para España es permanecer en la Alianza, esa decisión es una decisión honesta, acertada o errónea, pero tomada con todas sus consecuencias. Por tanto, hay que defenderla. Existe además otra circunstancia: los demás no están discutiendo el valor de la decisión, sino que pretenden más bien cercar al partido, acosarlo. Los militantes entonces se colocan en la posición de quienes se dicen a sí mismos: «Vienen a por nosotros.» No se discute qué ocurre con la Alianza Atlántica. La gente se afianza a lo de usted, a mi partido no lo toca, cuando lo que se está juzgando es un tema de si es o no conveniente para España la decisión. No cambie usted la vía, no vengan contra mi partido, porque en tal caso yo lo voy a defender con uñas y dientes. De ahí esa actitud de

movilización como no ha habido nunca.

—Entonces habría que deducir que son marginables los que preconizan el «no» públicamente. En su opinión. ¿Son marginales también dentro del partido?

—Absolutamente marginales. Eso es evidente, vamos, no hace falta una introspección en el partido.

—¿Y va a actuar el comité de conflictos?

—Pues no lo sé. Eso no depende de la Ejecutiva. Ahora bien, yo, desde mi punto de vista, lo que me planteo es que hay unos estatutos, que es el congreso del partido quien democráticamente los establece, y hay una comisión que adopta las disposiciones que cree conveniente respecto del estatuto, o sea que sería perfectamente legítimo cualquier disposición que adoptara.

La convocatoria del referéndum

—¿Volvería el Gobierno a convocar el referéndum?

—Tengo la impresión de que sí, porque nosotros entendemos que los acontecimientos corrían de una manera que obligaba a realizar la consulta; y ello no sólo por tratarse de un compromiso electoral, como se insiste, sino porque más del 70 por 100 de los españoles querían el referéndum. El referéndum es algo que había que hacer y que probablemente si se repitieran los acontecimientos lo volveríamos a hacer.

—¿Cómo definiría usted la sociedad española actual?

—Yo creo que España está en el umbral de un salto histórico muy importante. Está en condiciones de ofrecer un esquema social y cultural más vivo que otros países europeos. Esta es la opinión de Europa. Se están escribiendo textos muy importantes en el sentido de que España puede ser un elemento reactivador de Europa. Más, mucho más de lo que los españoles pensamos que Europa puede aportar a España.

—¿En qué medida afectan la actividad política y el ejercicio del poder al «ser» y al «estar» en una determinada ideología?

—Yo puedo hablar de mi propia experiencia de estos últimos ocho años, en los que la dirección del partido a veces ha tenido que apelar a la sociedad española para convencer. Las etiquetas van perdiendo valor y los compartimientos van emergiendo con mucha más validez, y los puede haber con etiquetas de distintos colores que cruzan sus comportamientos. Eso es una realidad social. Procuro que el producto al que yo me sumo sea limpio, tenga la etiqueta que tenga. No tengo inconveniente en recoger aspectos de etiquetas que no son mías, si son limpios de la sociedad.

Los poderes fácticos

—Vicepresidente, hablemos de los poderes fácticos.

—No quiero hacer ningún tipo de demagogia. Ahora, sí es verdad que por la condición personal de muchos de nosotros, carecemos de vinculaciones a grupos de presión. Los ministros de Industria del Gobierno socialista no fueron empleados de determinadas personalidades industriales, como era habitual aquí. Entre otras cosas porque no dependemos de esas entidades familiares poderosas. Como se entendía ese eufemismo de los poderes fácticos. Evidentemente eso se ha desactivado.

—En los tres niveles.

—¿Cuáles son ios tres niveles?

—El económico, el eclesiástico y el Ejército.

—Hay que ser muy claro. La Constitución otorga a esos sectores —que tienen evidentemente una capacidad importante en la sociedad española— una posición concreta, y esa posición es la que hay que amparar; no sólo no hay que combatirla, sino que hay que ampararla, hay que permitir y luchar para que la tengan, pero ni un milímetro más. No se puede ir más allá de la Constitución. El Ejército en el siglo XIX y principios del XX suponía en España, además de unas fuerzas armadas para defender la unidad, las fronteras, etcétera; una especie de Estado latente por si el Estado vivo no funcionaba tal como ellos pensaban que debía funcionar. La Constitución española del 78 termina radicalmente con eso, y tiene una función específica y muy importante: la que le otorga las posiciones democráticas en el mundo. El Gobierno ampara esa posición de las Fuerzas Armadas.

En cuanto a la Iglesia, la Constitución establece que éste es un país que no tiene, desde el punto de vista del Estado, una confesión religiosa concreta. Lo cual no impide, porque sería absurdo, reconocer —y los mismos textos constitucionales así lo hacen— que la inmensa mayoría de los españoles que tienen una creencia religiosa la tienen de una Iglesia concreta: la católica. Entonces, hay que amparar que los españoles que tengan esa fe y esa creencia tengan la posibilidad de alcanzarla. Por ejemplo, los alumnos cuyos padres determinan, o ellos si son mayores, en qué colegios, incluso públicos, deben tener derecho a recibir una enseñanza religiosa. Hay que ampararles desde el Estado. Pero la Iglesia, al mismo tiempo, no debe inmiscuirse para nada en los problemas políticos.

«La sociedad española está ampliamente contenta con el Gobierno socialista»

«Nadie piensa que en 1986 vaya a triunfar otro partido que no sea el PSOE»

«Ignoro quién será el sucesor de Felipe, pero yo, rotundamente no»

«Mi vida privada es poco sedentaria. Pero se trata de mi vida privada»

Por lo que respecta a los poderes económicos, afortunadamente, se ha superado una etapa en la que tos trabajadores deseaban la caída de las empresas para perjudicar al empresario. Ahora son conscientes de que al que más perjudica esa caída es a ellos. Son entonces los propios comités de empresa tos que vienen a decir: ayuden ustedes a esta empresa que está en dificultades. Por tanto, no hay ningún inconveniente en facilitar el mecanismo de funcionamiento de las empresas, con un margen de beneficio lógico y lícito.

Pero, desde luego, el poder es el que deriva de la voluntad de los españoles, que en un momento determinado es un Gobierno socialista y en otro momento puede ser otro. Me parece que la Constitución establece este mecanismo con nitidez, y en tal sentido el desmontaje de los llamados eufemísticamente poderes fácticos no sólo es bien atribulóle al Gobierno democrático, sino que es una obligación del Gobierno democrático.

Inconformista y escéptico

—Se le nota triunfalista, ¿verdad?

—Se tiene ia impresión de que yo estoy en una actitud triunfalista, quizá porque me explico horriblemente.

—Un poco conformista, acaso.

—No, no, no. Yo soy por naturaleza bastante escéptico, y por tanto inconformista, o incluso con una cierta rebeldía de pensamiento. A mí no me gusta llegar a estadios de conformidad. Yo no sé lo que es el aburrimiento. Queda todavía mucho por hacer. Sinceramente, mucho más de lo que se ha hecho. Y no sólo por el Gobierno socialista; en la transición se ha dado un paso gigantesco, un paso que entrará en la historia. Aunque, probablemente, el tiempo histórico ha sido más vertiginoso de lo que cualquiera de nosotros podíamos pensar. Y es verdad que en España hemos estado siempre pensando los grandes cambios que hay que realizar, y dando grandes discursos pesimistas, de fin de siglo, del 98, y muy poca actividad. Hemos sido más lúcidos en el diagnóstico que capaces de la operatividad. Llevamos más de un siglo de diagnóstico, de lucidez, y es necesario ahora ser eficaces y operativos. En eso estamos nosotros, pero lo que queda por hacer es más importante, y es imposible, por tanto, ser conformista en un país como el nuestro.

—Señor vicepresidente, ¿permanece intacta en la sociedad española la Imagen ética de los socialistas?

—Mi impresión es que la gente entiende que este es un Gobierno que, probablemente y por primera vez en la historia de España, no tiene que responder ante nadie más que ante los electores. Ellos son ios que han votado este Gobierno.

—La gente piensa que ustedes tienen algo más que ocultar...

—No, eso es una cuestión que han puesto sobre letra impresa algunos columnistas. En España se ha vivido ahora la moda de un cierto columnismo, y hay un sector de los columnistas importantes en los periódicos que piensan que Ja libertad d« expresión se reduce a su libertad. Pienso que se dan noticias con una absoluta irresponsabilidad, se dan algunas informaciones que atribuyen a algunos socialistas un carácter cambiante. No es cierto. Hemos asistido en el último mes a toda una teoría de bulos que saca alguien y después unos columnistas se hacen eco de esos bulos sin ningún empacho y sin ningún pudor, creando con todo ello una situación falsificadora de la realidad y se miente más de ta cuenta. También la verdad se inventa, decía Antonio Machado, y eso es lo que algunos aplican.

—¿Hay alternativa al Partido Socialista?

—Lo que yo diga tiene mucho menos valor que lo que se respira, y parece que nadie piensa que en 1986 vaya a tener un respaldo popular mayoritario otro partido distinto al que está gobernando. No Jo digo yo, creo que lo dice todo el mundo. Porque si lo digo yo... dirían: «¡hombre, qué va a decir!» En realidad, sostengo que el centro-derecha en España necesita de una representación política que sea coherente, no coyunturalista, y aquí está siendo puramente coyunturalista. No tiene sentido, por ejemplo, que la derecha se quiera hacer en tal lugar un paladín del federalismo. A mi modo de ver, sería necesario que esa gente hiciera una auténtica travesía; han tenido cuatro años para hacerla y la han desperdiciado. [Ojalá que los próximos cuatro años se conviertan en esa travesía que tan necesaria es para estos partidos.

«No seré el sustituto de Felipe

—¿Pero qué desean realmente los españoles? ¿Lo sabe usted desde este despacho?

—La gente quiere ser leliz. La gente quiere disfrutar del bienestar. Ahora bien, ¿el bienestar tiene que construirse destruyendo la convivencia humana? Esa es ta gran disyuntiva. Y, por supuesto, haciendo una distribución equitativa de la riqueza, no podemos olvidarnos que España sigue siendo el país más injusto de Europa. Hay algunos que, piensan que los socialistas les vamos a quitar aquel cuadro de El Greco que heredó de su familia, no es eso. La revolución social no es quitar a los que tienen un bienestar conveniente, sino elevar el grado de bienestar de los que no lo tienen, sobre todo, de los que no tienen prácticamente nada, de los desposeídos.

—Su vida privada, señor vicepresidente, ¿está serena?

—Digamos que mi vida privada no es más que mi vida privada.

—¿Vive en La Moncloa?

—Vivo en muchos sitios. Donde puedo. Cambio de hoteles, e incluso de sitios.

—¿Quién puede sustituir a Felipe González como jefe del Gobierno y líder del PSOE?

—No tengo ni idea. Pero, yo no. Lo digo de una manera rotunda.

El día después del 12-M

—¿Qué ocurrirá después del 12-M?

—No lo sé. Una cosa está clara. Si ese día, como yo creo que va a ocurrir, porque naturalmente no hay nada decidido, los españoles por mayoría dicen que España permanece en la Alianza, esto se ha acabado. Y ya las posiciones políticas dejan de ser una pugna y una contradicción, por tanto digo que quien quiera puede acusar al Gobierno de lo que le parezca, y a mí me parecerá que no está acertado. La verdad es que el día 12 hay que votar si España sigue o no en la OTAN. Todo lo demás son toreos" de salón. Ese es e! momento de la verdad. Y luego usted pone cincuenta mil folios diciendo lo irresponsables que son los unos y los otros, pero el día 12 qué vota usted, y qué dice usted a la gente que vota. Eso es lo importante, lo demás son escaramuzas.

Estoy convencido que en estos momentos ni siquiera países tan importantes como la Unión Soviética o China quieren que se rompa el equilibrio que existe en la Alianza Atlántica, y que pudiera venirse abajo con !a salida de España. Una decisión de esta envergadura afecta a tantos españoles que debe ser decidido por ellos.

 

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