Autor: Maravall, José María. 
 La campaña del referéndum. 
 Votar Sí     
 
 El País.    23/02/1986.  Página: 16. Páginas: 1. Párrafos: 14. 

16/ESPAÑA

LA CAMPAÑA DEL REFERÉNDUM

POLÍTICA

EL PAÍS, domingo 23 de febrero de 1986

Votar sí

JOSÉ MARÍA MARAVALL

El abandono de la OTAN por parte de España volvería a colocarnos en la situación anterior a 1981 —en el acuerdo bilateral con Estados Unidos—, que es de desventaja respecto al resto de los países

europeos integrados en las Comunidades. Éste es uno de los argumentos del autor de este artículo, en el que se analiza también el cambio de posición del PSOE respecto a la Alianza Atlántica.

Resulta evidente que el debate sobre la Alianza Atlántica no es un debate fácil. Es evidente asimismo que para el Gobierno se trata de un tema extraordinariamente arduo y que en el referéndum corre riesgos muy serios. Habrá que aceptar que el Gobierno ha tenido que creer muy profundamente que la propuesta que formula es la mejor posible para una política de paz y de seguridad, y que esta propuesta sólo era viable sí se respalda por un referéndum, para aceptar a cambio correr unos riesgos tan considerables.

Un debate sobre la Alianza Atlántica es difícil porque abre las puertas de un armario lleno de fantasmas ideológicos, fantasmas en los que el propio partido socialista ha creído. También porque excita partidismos que, más que atender a los intereses nacionales, buscan sacar rentabilidad electoral aun a costa de defender posiciones opuestas a lo que se piensa que es bueno para tos españoles (el caso de quienes acuerdan la abstención activa) o de evadir la responsabilidad, exigible a toda organización política y a todo dirigente, de definir con claridad la posición propia, aunque ello implique costes (el caso de quienes acuerdan la libertad de voto).

Esos fantasmas son, sin duda, herencia del aislamiento, de la vida en soledad, como sujetos pasivos de un mundo en cuyas decisiones no participábamos, por mucho que en ocasiones fueran decisiones que afectaban profundamente a España. Nuestra única vinculación con la defensa occidental ha sido a través del acuerdo con Estados Unidos a partir de 1953, vinculación aceptada por todos los partidos, la izquierda incluida, hasta 1982.

La izquierda europea

Estos fantasmas nos han alejado de la realidad: la izquierda europea no cuestiona la OTAN, incluyendo a los partidos comunistas de Francia, Portugal o Italia, nuestros países vecinos. Ser de izquierdas y estar en contra de los bloques defensivos no tiene que ver, en eí mundo de la realidad, con salirse o no de la Alianza: no desaparecen los bloques cerrando los ojos, ni practicando la política del avestruz, ni intentando parar el mundo para apearse. El partido socialista se opuso, como es sabido, a la entrada de España, en la OTAN, decidida por el Congreso de los Diputados con los votos del PNV, de Convergencia i Unió, de UCD y de AP. El PSOE creyó siempre, y cree ahora, que aquella entrada a toda prisa, cuando UCD tenía perdidas las elecciones, se hacía a cambio de nada. Esa crítica la formuló también el PNV, y era compartida por numerosos y cualificados analistas extranjeros de la política española, nada sospechosos de hostilidad hacia la Alianza Atlántica. Existían otras prioridades en política exterior, como la permanentemente frustrada entrada de España en la Comunidad Europea. ¿Qué razón existía para compartir con Europa los problemas de la seguridad si no compartíamos a la vez los beneficios económicos, culturales y sociales? Y a la vez, se generaba un riesgo de desestabilizar el equilibrio europeo.

En las elecciones generales de octubre de 1982, el PSOE prometió congelar las negociaciones para la integración en la organización militar, como efectivamente se hizo, y someter la cuestión de la Alianza a un referéndum. El referéndum había que convocarlo aunque conllevara riesgos. No se puede jugar con el pueblo, no se puede aceptar una escisión total entre, de un lado, la ética y la sociedad civil; de otro lado, la política. Desde el momento en que la propuesta significaba una variación respecto del pasado y que no era popular, .el Gobierno tenía una difícil papeleta. Pero su obligación es proponer aquello que estime que es lo mejor, no lo que piense que es más popular.

¿En qué han cambiado las cosas desde 1981? En que ahora estamos dentro de la Comunidad Europea. Europa es el marco del futuro de España, la base donde debemos cimentar nuestras posiciones políticas. Una comunidad en la que merece la pena estar, cuyo futuro merece la pena compartir, cuya seguridad merece la pena asumir también. Esta comunidad ha decidido hace pocos meses, en la reunión de Luxemburgo, reforzar su cooperación política y coordinar su política de seguridad. Una política de seguridad que asume la Alianza Atlántica como el elemento de defensa fundamental y que pretende a la vez reforzar lo que se ha llamado, con expresión de Kennedy, el "pilar europeo" de la Alianza. Todas las fuerzas políticas cdn representación parlamentaria en Europa, sean de izquierda o de derecha, participan de esta consideración. A título de ejemplo,el Partido Comunista Italiano defiende la Alianza como imprescindible para la seguridad europea (e incluso para que sea posible una política de izquierdas en Italia) y a la vez desea unaparidad europea en la Alianza.

El abandono de España, que resultaría si la mayoría del pueblo español votara no a la propuesta del Gobierno, volvería a colocarnos en la situación anterior a 1981: en el acuerdo bilateral con los Estados Unidos. Con la diferencia de que somos por fin miembros de la Comunidad Europea. Los problemas de la seguridad no los discutiríamos con los países europeos, sino con los Estados Unidos. Nuestro interlocutor serían los Estados Unidos, no la República Federal de Alemania, Francia o Italia. Más allá de esta incongruencia, no cabe duda de que la situación de España sería de mayor subordinación, a la vez que también es claro que los esfuerzos para promover una política de distensión y diálogo se pueden desarrollar con Francia y la República Federal de Alemania, por ejemplo, mejor que con Estados Unidos.

Ahora no se trata de decidir si se entra o no se entra en la Alianza Atlántica. Se trata de decidir si se sale, optando por el acuerdo con Estados Unidos, o si se permanece en las condiciones que propone el Gobierno. Es bastante claro para todos que no es lo mismo no casarse que divorciarse: lo segundo suele producir más traumas y conlleva problemas serios. Es también evidente que puede valer más un divorcio que un matrimonio desgarrado, pero no es éste el caso. Porque, desde luego, queremos estar unidos a Europa: elegir el divorcio, salirse de la Alianza, ¿es más beneficioso para nuestra relación con Europa? ¿Es, en definitiva, mejor votar no que Votar sí a la propuesta del Gobierno?

Reivindicación pacifista

Permanecer en la Alianza sin integrarse en el mando militar, con una reducción de la presencia militar norteamericana en España y sin que existan armas nucleares en nuestro territorio representa una posición excepcionalmente buena para España. Miquel Roca ha reconocido que "ésta es la mayor reivindicación de los movimientos pacifistas de Europa". ¿Es tal vez una posición imposible de conseguir? Ni Dinamarca, ni Noruega, ni Luxembuego aceptan armas nucleares , y ésa es la posición que defiende el Partido Laborista británico; varios países contribuyen a la defensa coordinada de Europa a través de la defensa de su propio territorio. Es decir: cada país participa en la Alianza en función de sus prioridades.

Por otra parte, ésta es la posición que España ha mantenido durante los cuatro últimos años. ¿A lo largo de estos años se ha visto más subordinada la política exterior española, aun sin formar todavía parte del bloque europeo? ¿La dimensión de la política exterior española es ahora más limitada que antes de 1982? ¿Han peligrado nuestras relaciones con los países del Este? ¿Nos hemos visto acaso obligados a apoyar a un país de la Alianza en el conflicto de las Malvinas? ¿Han aumentado desproporcionadamente los gastos de defensa? En este último punto, los datos son reveladores: los gastos del Ministerio de Defensa han aumentado de 1982 a 1986 en un 54%, mientras que los gastos en educación se han incrementado en un 80%. En todos los casos, la respuesta a estas preguntas es negativa, y cualquier consideración objetiva de lo que han sido estos últimos años conduce a la conclusión de que no se ha perdido ni un ápice de soberanía, ni un ápice de autonomía en política exterior.

Ha ocurrido lo contrario, que nuestra posición ha mejorado dentro de la Comunidad Europea. Europa es cada vez más capaz de separarse y de oponerse a políticas concretas de Estados Unidos que no correspondan a sus intereses. Su coherencia y su peso constituyen le mejor garantía para la paz y la distensión. ¿Qué otra opción puede defenderse como válida para la realidad española? Sólo caben dos:

¿acaso el acuerdo con Estados Unidos es hoy día mejor? ¿Es de verdad posible un neutralismo que sería incompatible con la Comunidad Europea, que sí que multiplicaría los gastos militares para evitar una situación de total indefensión, que alteraría todo el equilibrio europeo actual, una opción que, por lo demás, ha sido rechazada por todos los grupos con representación parlamentaria?

Si tan razonable parece la opción del Gobierno y la práctica totalidad del Congreso de los Diputados apoya permanecer en la Alianza, ¿por qué convocar un referéndum? ¿Se trata acaso de una razón electoralista, como se ha llegado a decir? El Gobierno, mes tras mes, en todas las encuestas, ha dispuesto de un amplio respaldo popular, y podía afrontar las próximas elecciones con tranquilidad. ¿Qué votos pretendería atraer en la supuesta maniobra electoralista de convocar un referéndum plagado de riesgos? ¿Por qué sobre la Alianza, el punfo donde el Gobierno defiende una posición menos popular? Se han dado otras razones más convincentes. Escamotear el referéndum hubiera significado un desprecio total por el pueblo español, que exige un referendum, previsto por la Constitucióne como medio de consulta popular para cuestiones de este calibre. Si se permaneciera en la Alianza sin efectuar esta consulta se abriría una profunda brecha entre los ciudadanos y las instituciones democráticas. Evitar esa brecha debería ser responsabilidad de todos los partidos.

El referéndum es difícil para el Gobierno, sin duda. Está lleno de riesgos: por los fantasmas que suscita, por los años de aislamiento, por los oscuros mitos y las irreales connotaciones simbólicas, por la necesidad de adaptar la posición del PSOE en 1981 al nuevo y también mejor contexto de 1986. Pero por muchas encuestas en contra que tuviera, era responsabilidad del Gobierno convocar el referéndum sobre una propuesta cargada de razones. La reacción, por parte de la oposición de uno u otro signo, no ha sido examinar esas razones ni recordar el sustancial acuerdo expresado en el Congreso el pasado 27 de diciembre, sino ir a por el Gobierno, aunque de perderse el referéndum perdamos todos. Aceptando en su práctica totalidad la propuesta det Gobierno, levantan todas las tempestades para que la propuesta naufrague. No existe, en toda la década de vida política democrática, un precedente igual de oportunismo y de irresponsabilidad respecto de los intereses generales. Si la mayoría del pueblo español decidiera votar no expresando su deseo de que España rompa con la Alianza, el Gobierno no podría mantener a España en ella.

Las consecuencias

Adolfo Suárez declaraba el pasado 5 de febrero que "la salida puede provocar traumas de consecuencias imprevisibles (...) Supongo que el Gobierno tendrá estudiadas todas las hipótesis peligrosas". Sin ningún dramatismo, es evidente que el referéndum tendrá repercusiones importantes, internas y externas. Decía Ortega que la inteligencia política consiste en prever las consecuencias de las decisiones y "las consecuencias de las consecuencias". Esa inteligencia la ha demostrado el pueblo español. Es cierto que votar no puede tener efectos difícilmente previsibles, pero esto también debe tenerse en cuenta. Los ciudadanos, máa allá de tos errores y equivocaciones de los dirigentes políticos, han mostrado una extraordinaria madurez y responsabilidad en estos 10 años de democracia. Cada uno de ellos vivirá el referéndum del próximo día 12 de marzo como si por un momento recayera sobre él una decisión que afecta a todos y muy profundamente. Al fin y al cabo, ésta es la expresión máxima de la soberanía democrática, a la que nadie debiera sustraerse. Una soberanía que presupone la responsabilidad de optar en un tema de esta envergadura por la alternativa más prudente y más sensata, sabiendo lo que está en juego.

El compromiso con la paz no es compatible con maniqueísmos ni se presta a simplificaciones. Exige una comprensión realista de la situación y de las posibilidades de España; requiere el reforzamiento de nuestra democracia, no la aventura y la incertidumbre; demanda de todos, y de la izquierda en particular, un constante y riguroso esfuerzo con el resto de la Europa democrática para evitar desequilibrios peligrosos y promover el diálogo y la distensión.

José María Maravall es ministro de Educación.

 

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