Autor: ;Fernández, Matilde. 
   No al juicio de Bilbao     
 
 El País.    12/06/1981.  Páginas: 1. Párrafos: 8. 

No al juicio de Bilbao

CARMEN MESTRE Y MATILDE FERNÁNDEZ

Nuevamente se plantea la situación de once mujeres que pueden ser juzgadas por aborto en Bilbao. Hace

más de año y medio ya se intentó este juicio y la respuesta del movimiento feminista, los partidos de

izquierda y de muchas mujeres fue de una contundente repulsa. Recogida de firmas, manifestaciones y

tomas de posición públicas mostraron la solidaridad con aquellas mujeres.

Cabe preguntarse cómo fue posible aquella reacción. El eco de la misma pone de manifiesto que las

mujeres de Bilbao fueron apoyadas por amplias capas de la población; lo que no resulta raro, si tenemos

en cuenta que vivimos en una sociedad que conoce y de hecho admite que las mujeres acudan a clínicas

extranjeras cuando por distintas razones no quieren o no pueden llevar adelante su embarazo. Da lo

mismo si el número de dichas mujeres es mayor o menor; lo que si es seguro es que se trata de una

práctica utilizada, directa o indirectamente, incluso por quienes se declaran en contra de la legalización

del aborto.

Esto, aun siendo contradictorio, es comprensible, ya que el aborto no es algo que pueda desearse por sí

mismo. Al revés, se intenta evitar y sólo se acude a practicarlo cuando la futura madre o los futuros

padres se consideran incapaces de realizar la maternidad/paternidad.

Pero lo que no puede admitirse es que luego se cierren los ojos y se permita que un gran número de

mujeres pongan en peligro su salud, porque no reciben los cuidados médicos necesarios, simplemente

porque no han podido salir al extranjero. Y que, además, tengan que sufrir las consecuencias de una

legislación inoperante, hipócrita, injusta y discriminatoria.

La incoherencia, e incluso abierta discrepancia, entre las prácticas sociales y las leyes es algo que degrada

la convivencia de un pueblo. Cuando las necesidades de los ciudadanos no informan los criterios de

quienes tienen la responsabilidad de legislar, algo no funciona en un sistema democrático.

Regular el aborto no es lo mismo que regular el consumo de alcohol o el juego. Aquí no estamos frente al

placer que puede causar peligros individuales o sociales. Estamos frente a un hecho al que sólo se recurre

cuando han fracasado otros métodos (hoy finalmente legalizados) y que son los que realmente cumplen

un papel positivo al permitir a las mujeres y, en general, a la sociedad decidir libre y conscientemente

sobre la reproducción. Y cabe pensar que algo que supone un coste elevado para la mujer, en términos de

salud y quizá en valor monetario, que lo ve como última solución, merece la reflexión de quienes cierran

los ojos frente a una situación tan grave corno real.

Si queremos una sociedad cuyo funcionamiento esté basado en criterios humanos, tenemos que apostar

por una maternidad libre. No podemos actuar con los métodos del instinto, del destino ciego que guía los

actos. Reproducirse es un acto de afirmación de la vida, de amor y confianza en la humanidad y en

nosotros mismos. Pero esto sólo será posible si es un acto deliberado, deseado. En el que está involucrada

nuestra voluntad.

De ahí que nos parece imprescindible regular el aborto, de tal manera que sea un hecho inusual, porque se

haya tenido acceso a un control de la maternidad. De tal manera, también, que no suponga un riesgo para

la vida de quien se somete al mismo. Y, sobre todo, para que deje de ser un obstáculo más en el camino

de una maternidad que suponga una relación feliz, alegre y enriquecedora entre la madre y los hijos.

Carmen Mestre es secretaria general de la Federación de Químicas (UGT) y Matilde Fernández es

vicepresidenta de la Internacional Socialista de Mujeres.

 

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