Propaganda y civilización     
 
 ABC.    11/03/1986.  Página: 15. Páginas: 1. Párrafos: 4. 

OPINIÓN

MARTES 11-3-86

PROPAGANDA Y CIVILIZACIÓN

QUE un país padezca o no la plaga de la propaganda constituye uno de los criterios más seguros para averiguar si se trata de un país civilizado: la propaganda es asfixiante en Nigeria e inexistente en Suiza, avasalladora en Cuba y casi nula en Gran Bretaña. Que un país padezca la plaga de la propaganda constituye, además, uno de los criterios más seguros a la hora de establecer si se trata o no de un país democrático: la propaganda política florece en los Estados totalitarios, cualquiera que sea su signo.

Goebbels sentó los fundamentos modernos de un sistema de propaganda totalitaria, luego reproducido por la URSS, donde lo propagandístico sustituye con triste frecuencia a la información. Que un país, en fin, tolere o rechace la propaganda es un dato esencial para determinar si funciona moralmente como una sociedad integrada, pues, como ha señalado recientemente Julián Marías en estas mismas páginas, «la propaganda se nutre principalmente de la mentira, la tergiversación de los hechos, la omisión de lo que habría que decir», lo que necesariamente se siente inclinada a rechazar toda comunidad consciente de su propia dignidad.

Durante los últimos quince días, los españoles hemos sido sometidos a una de las campañas de propaganda más arrolladuras, asfixiantes y degradantes de todo el decenio democrático. Ha sido como si el poder, sintiendo que perdía pie, hubiera sufrido un extravío, perdido todo respeto de sí y toda consideración a los ciudadanos. El alud de propaganda desafiante o encubierta, nos mostraba a nuestros nuevos príncipes decididos a salvarse a cualquier precio, aun al precio del más absoluto desprecio hacia la capacidad de pensar y de avergonzarse por cuenta ajena del español medio. La nación se ha visto afectada así, por un diluvio propagandístico sin precedentes, en el que se decía un día lo contrario de lo del día anterior, recurriendo a argumentaciones capciosas, retorciendo la realidad hasta adaptarla a las consignas, fomentando sistemáticamente la desinformación. Se han intoxicado las conciencias con mensajes subliminales; se han fomentado silencios y miedos emocionales, para acabar cayendo en lo ridículo (léase el manifiesto de los ilustrísimos señores presidentes de las Juntas de Obras de los puertos españoles) y hasta en practicas de juego sucio.

Hay, en efecto, que considerar ridículo el juego practicado por la televisión pública, la noche del domingo, en «Punto y Aparte», en uno de los alardes de servilismo y vulgaridad más penoso de los últimos años. Hay que llamar juego sucio al hecho de que los carteles contrarios al poder hayan sidc arrancados diariamente de las calles de Madrid por empleados del Ayuntamiento.

El poder, en suma, na actuado a lo largo de estas dos semanas por aplastamiento. Es posible que su reacción haya nacido de un súbito acceso de temor. La irracionalidad, la intimidación, la reiterada deformación de la verdad, han sido las notas dominantes. Hay algo fundamental que ha sido repetidamente ignorado: el modo de civilización que llamamos democracia se funda en el precepto moral del respeto a los demás. Ahí radica la fuerza inmaterial de la democracia, precisamente ahí: en ese concepto del decoro político que hemos visto violentado, retorcido y despreciado entre nosotros. En quince días el poder ha dilapidado buena parte del capital de concordia que, con la patriótica colaboración de todos, había acumulado la nación durante diez largos años.

 

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