Autor: Campmany y Díez de Revenga, Jaime. 
   La Reflexión     
 
 ABC.    11/03/1986.  Página: 17. Páginas: 1. Párrafos: 6. 

OPINIÓN

ABC/ 17

Escenas políticas

LA REFLEXIÓN

ESTÁ bien que los políticos nos dejen veinticuatro horas para reflexionar. La matraca de la propaganda, los discursos, los altavoces, las músicas, los eslóganes, los carteles, los artículos, los folletos, las cartas y hasta las canciones con fines electorales terminan por ensordecer y entontecer, por volverle a uno loco como parecen estar ellos.

Necesitamos, desde luego, algún tiempo de silencio y sosiego para clasificar argumentos y razones, sopesar consejos y separar, entre tantas palabras y tanto eco, las sensateces de las majaderías, las valoraciones serenas de ias amenazas, Jas promesas fatuas de los compromisos serios, las confesiones con dolor de corazón y propósito de la enmienda de las volteretas circenses, las picardías de las sinceridades.

Son demasiados días de televisión y gritos para que se pueda, en sólo uno, serenar el espíritu y tomar la última decisión. Pero, al menos, tenemos un día. Peor sería echar a correr hacia Ja urna con el último altavoz pisándote los talones, o cerrar la ventana, no para abstenerse, sino para curarse el dolor de cabeza.

A lo mejor, ese plazo de veinticuatro horas, con ser corto, resulta suficiente. Al fin y al cabo, no hay cosa en el mundo que un español no pueda hacer en veinticuatro horas.

Lope de Vega tardaba un día en escribirse una comedia, y escribió muchas, seguramente para que don Alfonso Guerra pueda presumir de haberlas leído todas. Muchas de ellas fueron escritas en ese plazo tan breve. Y más de cien en horas veincuatro, pasando de las musas al teatro. Además, en ese plazo mueren las rosas, que tanto sucede en término de un día. Cuando los celtíberos iban al café y dedicaban varias horas de la tarde a dejar que inventaran ellos, sentados tranquilamente ante una taza y un vaso de agua, siempre había alguien en la tertulia que arreglaba tas cosas en veinticuatro horas. «Esto to apañaba yo en veinticuatro horas.» Las veinticuatro horas parece que sea el plazo máximo que se conceden los

batuecos para arreglar cualquier desaguisado p para rematar cualquier difícil empresa. Bueno, pues aquí tenemos las famosas veinticuatro horas para reflexionar.

Estoy seguro de que habrá inscrito en el censo muchos españoles a los que este breve plazo se les quede todavía largo. Muchos podrán decir: «De esas veinticuatro horas, me sobran a mí veintitrés horas y sesenta minutos». Estos españoles felices -beatos ellos-son los que han decidido su posición mediante la aplicación de algunas ideas, quizá cortas y escasas, pero claras y firmes. Entre ellos, hay unos que se dejan convencer en seguida por la labia o por la elocuencia del político at que han escuchado, y otros que responden a la contra: «¿Ah, sí? Pues yo, lo contrario».

Tengo para mí que en esta ocasión la reflexión vale para poco. Cuanto más análisis y más meditación sobre el asunto que nos convoca mañana, más barullo mental, más lío en la cabeza y más turbación en el ánimo. Es probable que en esta ocasión lo que se nos pide resolver ande tan enredado y confundido, y sea tan equívoco, que las nueve cabezas que en este país embisten tengan aproximadamente las mismas probabilidades de acertar que la cabeza que piensa. Es más: a más larga meditación, mayor confusión. Cualquier español, en la soledad de su conciencia, puede encontrar razones para adoptar una determinada actitud, y las mismas para decidirse por la actitud contraria. Esto no es una consulta. Es un zarangollo.

Sospecho que quienes no se han tomado un período de reflexión, por muy breve que fuera, han sido los que nos llaman a esta «machada», como dice don Pío Cabanillas. (Aclaro, para los apartados del Diccionario, que «machada» no es acción propia de machos, sino propia de necios.) Con nuestra reflexión de hoy va a ser difícil que enmendemos su falta de reflexión en más de tres años. Es una pena. Porque eso sí que podía haberse arreglado en veinticuatro horas.

Jaime CAMPMANY

 

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