Autor: Garrigó, Andrés. 
 El referéndum sobre la OTAN. 
 En Bruselas se teme que la dinámica del No deslice a España al neutralismo  :   
 El resultado negativo crearía en la Alianza una espiral egoísta. 
 ABC.    11/03/1986.  Páginas: 1. Párrafos: 11. 

MARTES 1 I -3-86

NACIONAL

El referéndum sobre la OTAN

En Bruselas se teme que la dinámica del «no» deslice a España al neutralismo

El resultado negativo crearía en la Alianza una espiral egoísta

Bruselas. A. Garrido

El «no» español alentaría tas campañas pacifistas y las tentativas de contagiar el «modelo español», debilitaría la postura hispana respecto a Gibraltar, Ceuta y Melilla, vedaría nuestro ingreso en la UEO, condenaría al atraso a la industria bélica y a las Fuerzas Armadas españolas y disminuiría el margen de seguridad en Europa.

Esas son algunas de las implicaciones del «no» que prevén en la capital de la OTAN y la CEE las personas consultadas por este corresponsal -desde ministros hasta militares y altos funcionarios de la Alianza-. El «no» inaugura una nueva era en los treinta y siete años de la OTAN: la del triunfo de una fuerza centrífuga, que la URSS tratará de convertir en principio de un proceso de desintegración, que lleve al eventual «descuelgue» de otros países miembros. Si bien se entiende aquí que el «no» es lo que les pedía el cuerpo a muchos españoles tras años de propaganda socialista y comunista, no se minusvalora la eficacia de la KG6 soviética, cuya generosa simpatía con las recientes campañas antimisiles en Europa nadie niega. Lo normal tras et «no» sería la explotación del éxito en España hasta lograr la expulsión de las bases americanas.

Aunque Felipe González haya certificado que no caerá en el neutralismo, se teme aquí que la dinámica det «no» deslice al país en esa dirección.

Algunos estrategas europeos ven en la deriva neutralista de España una clara disminución de la «disuasión colectiva», una señal que la URSS podría interpretar mal, pensando que ta coherencia de la Alianza empieza a tambalearse y que, además, no debería preocuparse mucho de la resistencia potencial de 500.000 kilómetros cuadrados de territorio español.

Según esa tesis, la neutralidad española ahorraría al hipotético agresor de Europa las 40 ó 50 divisiones adicionales que supondría concluir su campaña en los Pirineos (se supone que España se convertiría entonces en satélite del vencedor). Para los aliados, en cambio, esa neutralidad les negaría la necesaria «profundidad del frente»

En Estados Unidos los sectores del Congreso, que llevan años quejándose de lo poco que colaboran los europeos en su propia defensa e incluso amenazan con retirar los 300.000 soldados americanos de Europa o al menos una parte (enmienda Nunn)-, tendrían un sólido argumento para volver a soplar la trompeta aislacionista.

La CEE, por su parte, acaba de aprobar el Acta Única Europea, que prevé la armonización progresiva de las políticas exteriores de los miembros, incluyendo los aspectos políticos de la Segundad. Como ésta se basa, de hecho, en la permanencia en la Alianza, el «no» español dislocaría ese amago de unificación.

Contrariamente a lo que ha dejado entender Felipe González, la pérdida del referéndum no acarrearía dificultades de tipo comercial con la CEE. El tratado de adhesión está ya ratificado y debe aplicarse enteramente. Los aranceles serán los previstos y las ayudas también. Lo que sí puede verse afectado es el flujo de inversiones.

Al día siguiente del referéndum, si vence el «no», se da aquí como probable que España voluntariamente deje de asistir a las reuniones del Comité Militar y de todas las Comisiones que de él dependen. Muy particularmente España debería dejar de asistir como observador a las deí grupo de planes nucleares, que se reúne ya el 20 y 21 de marzo.

El que España tome la iniciativa de ausentarse, nos evitaría la humillación de que nos sugieran que un país que denuncia el tratado de Washington, mejor que no asista, como se lo sugirieron al Gobierno pro comunista portugués de Vasco Goncalves tras la revolución de los clavetes. Como a Portugal entonces, la OTAN dejaría de comunicarnos los secretos militares. Esto no es seguro. Nada hay escrito. Pero parece lógico a muchos.

Cara al resto del mundo, España perdería peso político y credibilidad, por la volatilidad de sus posturas. Sin respaldo aliado, el país infundiría menos respeto a terceros, en particular al vecino marroquí, que vería así allanado el camino hacia la «recuperación» de Ceuta y Melilla. Viceversa, la Gran Bretaña, se vería menos motivada que nunca a ceder la soberanía del Peñón. Los aliados, empezando por los EE UU, preferirían -por motivos estratégicos obvios que el control del Estrecho siga en manos de una potencia «responsable y segura».

 

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