Una triste victoria     
 
 Diario 16.    13/03/1986.  Página: 1-2. Páginas: 2. Párrafos: 18. 

EDITORIAL

Una triste victoria

T FA triunfado el «sí» en el Li referéndum y eso significa que España sigue integrada en la Organización del Tratado del Atlántico Norte (OTAN). El suspense se ha mantenido hasta el final y sólo en los últimos días de la campaña se ha invertido la tendencia dominante en favor del «no». El vuelco ha sido en realidad espectacular, pues el panorama que presentaban las encuestas realizadas la semana pasada ha sido vuelto del revés por las urnas.

Pero ha ganado el «sí», y eso es lo importante. Hoy, España respira aliviada después de unos días tensos en los que han visitado la vida nacional demasiados fantasmas, demasiados temores y demasiadas crispaciones. Hoy, España puede sentir la tranquilidad de que, tras un peligroso experimento a todas luces innecesario, puede seguir en el lugar que le corresponde, ese foro internacional que agrupa a la práctica totalidad de los grandes países democráticos. Tras la victoria del «sí», la polémica sobre la OTAN que ha agitado la vida política española en estos últimos años ha quedado clausurada. Este debe ser el efecto inmediato del referéndum.

OPINIÓN

13 de marzo-86/Diario 16

Una triste victoria

El miedo ha sido grande y, efectivamente, el voto del miedo ha contribuido al triunfo del «sí». El resultado de las encuestas hacía temer que se pudiera producir una quiebra del proceso de la transición, que nos alejáramos de la comunidad internacional, que invadiera a la nación una peligrosa crisis de confianza en las instituciones y que, en definitiva, se consumara el desprestigio de España una vez que se había situado esforzadamente en el grupo de cabeza de las naciones del mundo libre. El triunfo del «no» habría abierto, pues, una aguda crisis de consecuencias incalculables. Ha ganado el «sí» y una sensación de alivio recorre la espina dorsal de la nación. No puede decirse, sin embargo, en esta hora, que el país pueda sentirse satisfecho.

EL COSTO DEL «SI»

EN efecto, el costo del «sí» ha sido extraordinario, excesivo. Ahora está suficientemente claro para todos que la convocatoria del referéndum ha sido un error grave del presidente Felipe González. El referéndum era innecesario tras las dos votaciones mayoritarias, casi por unanimidad la segunda, del Parlamento sobre la cuestión. Sólo una distorsionada promesa del Partido Socialista, entre tanta promesa electoral incumplida por el Gobierno, avalaba el experimento. Y aunque se ha salvado la cuestión fundamental del destino del país, el costo ha sido enorme.

Muchos ciudadanos han sufrido una desconocida coacción moral. Muchos han depositado el voto a disgusto, votando no lo que les dictaba la razón, sino lo que consideraban más apropiado a los intereses de los partidos más próximos a ellos o más adecuado para castigar al Gobierno. A muchos se les ha obligado moralmente a depositar un voto angustiado, ante la sospecha de que de este referéndum podrían derivarse graves consecuencias para España.

Desde que nació la democracia en España, el acto de votar ha sido un ejercicio alegre de un derecho durante tanto tiempo hurtado a los ciudadanos, un reencuentro con la forma de gobierno que mejor respeta la libertad de todos. Pero este referéndum será recordado, desgraciadamente, como la ocasión en que el ejercicio de votar se convirtió en un trámite incómodo y, para algunos, hasta doloroso. Y Felipe González será recordado con el tiempo como aquel político que concibió un extraño referéndum en el que casi nadie pudo acercarse a una urna con la seguridad de estar haciendo lo que tenía que hacer. Qué triste bagaje para un gobernante.

La campaña ha ocasionado, además, graves quiebras en la vida interna de los partidos. El que una cuarta parte de los electores del PSOE tuviera intención de depositar un «no» en este referéndum, según las encuestas de la semana pasada, es un dato revelador de la tensión que ha sufrido el partido del Gobierno, que posiblemente no logrará salir indemne de esta batalla. Dirigentes y militantes del PSOE se han sentido coaccionados, de muy distintas maneras, para defender con uñas y dientes

lo que atacaban con el mismo ardor hace sólo cuatro años.

De este juego absurdo del cambio de estrategias, de la mudanza de credos políticos, no se ha librado ni una sola institución del Estado —los medios públicos de información han sido utilizados y manipulados hasta la extenuación, como ni siquiera cabría sospechar—, y no se han librado tampoco muchas instituciones privadas. La sociedad española ha sufrido una angustia innecesaria y la vida cotidiana ha quedado impregnada de crispación, demagogia y simplificaciones baratas.

EL GOBIERNO NO PUEDE CAPITALIZAR EL ÉXITO

A HORA, con este resultado del reJÍM. feréndum, existe un grave riesgo. El Gobierno, que se ha empleado a fondo en la defensa de la permanencia de España en la OTAN, puede sentir la tentación de interpretar los «síes» como un apoyo popular a su política. Además de que esa interpretación sería errónea, constituiría una grave injusticia que González capitalizara el resultado en su provecho como una victoria personal. Los primeros comentarios del presidente, que ha calificado el resultado como un éxito de todo el pueblo español, permiten suponer que el Gobierno no tratará de aprovecharlo en su beneficio.

Veremos pronto si no se deja deslizar por la pendiente de la demagogia.

Los que se han acercado a las urnas a votar «sí» no lo han hecho, en su mayoría, para favorecer al Gobierno. Muy al contrario, muchos de los «síes» son avales a la permanencia de España en la OTAN, pese a la descafeinada integración que ha propuesto el Gobierno, y han sido depositados con esfuerzo, venciendo la resistencia de castigar al PSOE. Un sentido del Estado ha prevalecido en la acción de esos votantes, muchos de los cuales han hecho y hacen una crítica muy severa al Gobierno.

Sería una injusticia grave que el Gobierno se sintiera triunfador. El Gobierno ha organizado un referéndum peligrosísimo, innecesario, traumático, que si ha terminado con un «sí» ha sido gracias a unos ciudadanos que han votado con más sentido de la responsabilidad del que han demostrado, por supuesto, los gobernantes.

Felipe González ha hecho un gran esfuerzo personal en la campaña en favor del «sí», pero su gran acierto habría sido no convocar el referéndum. Sería una broma que ahora capitalizara el resultado de su gran error que ha puesto a España al borde mismo de una catástrofe política, evitada en la recta final de la campaña por la intensificación de la acción gubernamental y el espectro del miedo, a las consecuencias del «no».

Más grave sería todavía que el Gobierno pasara factura y pidiera cuentas a todos los que se han manifestado en contra del referéndum y en contra de la permanencia de España en la OTAN. La revancha política llevaría a los últimos rincones de este país la tensión y la crisis. Sería un desgraciado colofón para una maniobra gubernamental desafortunada. Por el contrario, lo que parece correcto es que la sociedad pase factura a una clase política que la ha puesto al borde del abismo.

También el líder de la oposición debe pagar por su temeridad. Fraga trazó su estrategia de la abstención ante la evidencia de que González quería aprovecharse de sus votos. Pero esa abstención —pese a que pueda ser valorada por los líderes conservadores como un éxito— ha contribuido a la crispación social, pues ha colaborado a que permaneciera hasta el final el miedo al triunfo del «no». Esto ha demostrado hasta qué punto falta en España una alternativa inteligente y razonable al poder del PSOE. Pero está fuera de toda duda que el error de Fraga no habría sido posible sin el error previo y más imperdonable de González.

Esta triste victoria de la tesis defendida oficialmente, triste por el elevado costo que ha supuesto, podría llevar también al Gobierno a olvidar una de las enseñanzar más claras del referéndum, que ha quedado en evidencia durante toda la campaña. Hay en España una corriente de opinión que no se halla representada por ningún partido del abanico parlamentario.

Muchos de los que participan de esa corriente son desencantados militantes o votantes del PSOE, que han perdido la fe en su partido tras el cambio de opinión que ha protagonizado. Otros son sinceros pacifistas —que se atribuyen esta polémica calificación por falta de vocablo más exacto— y convencidos neutralistas, por más que esta postura esté afectada en España de un utopismo indiscutible.

El mero análisis de la situación debe llevar al convencimiento de que es preciso que una fuerza política aglutine a estas tendencias presentes en la sociedad y que tanto han pesado en el resultado del referéndum, a pesar de las muchas trampas que el Gobierno ha cometido en su contra. Afortunadamente, el presidente ha prometido en sus primeras declaraciones defender también las opciones expuestas por los promotores del «no» en el referéndum. Lo que legitima de verdad a los vencedores es su respeto a los vencidos.

El triunfo del «sí» sirve para dejar a España en el lugar que le corresponde. Pero no puede hacer olvidar las horas amargas que el referéndum ha hecho pasar a la nación. España respira hoy aliviada, pero no satisfecha. Sus dirigentes la han puesto al borde del abismo y eso es algo que hoy ni siquiera el triunfo del «sí» puede borrar de la memoria.

 

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