Autor: Tusell, Javier. 
   El verdadero pacifismo     
 
 Diario 16.    13/03/1986.  Página: 2,4. Páginas: 2. Párrafos: 5. 

JAVIER TUSELL

Catedrático de Historia Contemporánea

El verdadero pacifismo

El articulista hace una serie de consideraciones sobre el contenido del documento «Constructores de la paz», en el que los obispos españoles se pronunciaban sobre cuestiones relativas a la paz en el mundo. El verdadero núcleo de la postura episcopal está, afirma el autor, en el aliento ético que mueve a la acción concreta en favor de la paz.

OPINIÓN

13 de marzo-86/Diario 16

El verdadero pacifismo

UNO de los más graves inconvenientes de cómo se ha planteado la cuestión de la OTAN ha consistido en que se ha evitado el debate fundamental y de principios para perderse en cuestiones de pura táctica cuando no en verdaderas estupideces. La cuestión de la pertenencia a una alianza militar sólo puede ser resuelta si se parte de unos valores que deben ser defendidos; no resultan convincentes, en cambio, los argumentos que pretenden esgrimir beneficios concretos como contrapartida de la pertenencia a una organización militar. Por supuesto estos beneficios existen, pero el fundamento de una alianza militar es aquel que queda indicado. Por eso han resultado tan ridiculas las afirmaciones de esos responsables de la Administración socialista que súbitamente descubrían que, por ejemplo, la investigación sólo seria posible en la OTAN o que la mujer se vería inmediatamente beneficiada jr la pertenencia a ella.

La cuestión de principios ha estado prácticamente ausente del debate español sobre la OTAN probablemente cuando era más necesario que fuera mencionada. Ha habido, sin embargo, inevitablemente, algunos planteamientos de la cuestión de fondo, aunque nunca han nacido de los medios gubernamentales. Quisiera referirme a dos de ellos, en apariencia contradictorios, pero en realidad mucho más coincidentes de lo que pueda parecer a primera vista. Federico Jiménez Losantos ha criticado el largo pronunciamiento de los obispos españoles sobre las cuestiones relativas a la paz en el mundo y la manera como nos afectan en el momento presente. Me parece que la línea fundamental de este pronunciamiento no puede ser criticada por nadie. Por ejemplo, nadie podía pensar seriamente que los obispos se manifestaran a favor o en contra de la OTAN o fundamentaran una postura determinada frente al referéndum. Yo, que tengo una opinión que he pretendido defender y que suelo tener en cuenta lo que dicen los obispos, me hubiera sentido francamente incómodo si éstos se hubieran pronunciado en función de criterios religiosos en un sentido idéntico a mi posición.

Jiménez Losantos critica, sin embargo, a los obispos por, en su documento, haber practicado una cierta crítica, simétrica y equidistante, a los dos bloques y, al mismo tiempo, por su juicio respecto al Tercer Mundo como factor de inestabilidad de la paz mundial. Me parece que al hacer la primera de las críticas mencionadas Jiménez Losantos no tiene en cuenta la afirmación repetida a lo largo de todo el documento de que sin derechos humanos no existe tan siquiera la posibilidad de la paz; tal afirmación se repite en lo que respecta a España y a Europa. Al hacer mención a ésta se alude a un incumplimiento del Acta de Helsinki sobre los derechos humanos, con lo que obviamente hace alusión a los países del Este. Es posible que la redacción hubiera sido otra, pero desde luego la libertad aparece en el documento episcopal como un factor decisivo e irrenunciable para hacer posible la paz. En cuanto a los países del Tercer Mundo puede existir la sensación en el texto de que de su situación se culpa a los países desarrollados; pero lo que se les achaca es su falta de solidaridad con respecto a un mundo empobrecido que siempre será un peligro para la paz mientras permanezca en la miseria.

Me parece que el veradero núcleo de la postura episcopal está en el aliento ético que mueve a la acción concreta en favor de la paz. La libertad es un valor esencial, pero es tan escasa en el mundo, que a menudo debe ser defendida. Aceptado este principio, una actitud ética nos debiera llevar a descubrir cuanto hay de radicalmente amoral en una situación como la presente. Es inevitable estar en condiciones de defender la libertad, pero es inaceptable, al mismo tiempo, que la humanidad sufra hambre mientras acumula armas y que los países occidentales, que viven en libertad, juzguen con diferente patrón a los países del Tercer Mundo, como si en éstos, por puras consideraciones estratégicas, se hubieran de aceptar unas instituciones inadmisibles en otras latitudes.

Así llegamos a lo que se podría denominar como el verdadero pacifismo. Teóricamente España tiene más pacifistas que ningún otro país europeo; en realidad vendemos armas que alimentan el conflicto armado de países del Tercer Mundo, practicamos una muy tibia solidaridad con el Tercer Mundo y es francamente dudoso que nuestra política exterior se base, ante todo y sobre todo, en la defensa en todo el mundo de los derechos humanos. Hay mucho que hacer, sobre todo en el terreno práctico y concreto y no en el de las declaraciones teóricas en relación con todos esos puntos. Probablemente en ello estaremos de acuerdo todos los que creemos en la bondad de los principios de la libertad y la paz.

 

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