Autor: Fraga Iribarne, Manuel. 
   Las clases medias     
 
 ABC.    13/05/1977.  Página: 3. Páginas: 1. Párrafos: 17. 

LAS CLASES MEDIAS

VA para veinte años que inicié los trabajos que llevaron a la creación de la Comisión Nacional de

Clases Medias, al primer Congreso dedicado a ellas y a nuestra participación en el Instituto

Internacional de Clases Medias. Como las ideas de «centro» y de «reforma», y congruente con ellas,

pocos me negarán el haber despertado el interés por una cuestión que es fundamental para el

presente y el futuro de nuestro país.

Es indudable que uno de los hechos más importantes que se han producido en España, en el último

cuarto de siglo, es la expansión de las clases medias. En los años treinta su banda era aún muy

estrecha. Hoy debe rebasar la mitad de nuestra sociedad; fenómeno decisivo, pues ahí comienza para

un país la posibilidad de un modelo civilizado de política.

Ahora que todo el mundo quiere ocupar el centro del espectro político, también son muchos los que

se dirigen a las clases medias. Hemos podido leer estos días la original opinión de que, en el

fondo, los banqueros y los comunistas son igualmente malos para ellos. Pero lo cierto es que en

Rusia y en China no hay clases medias, y en cambio en los países occidentales hay a la vez

banqueros y clases medias.

Vamos, pues, a intentar hablar en serio. Las clases medias son, en España, la creación de la más

reciente etapa de la vida española. En ella se dieron las circunstancias que las hacen posibles:

extensión del sistema educativo, sistema económico basado en la libre empresa, posibilidad de

creación de gran número de empresas medianas y pequeñas, expansión de las burocracias públicas y

privadas, desarrollo del sector servicios, posibilidad de ahorro intensivo.

Lo que hace falta es que dichas condiciones subsistan y se amplíen; mejor dicho, que se mantengan

también las precondiciones que las hacen posibles. Porque es necesario que previamente el país

viva en paz, con orden y respetando la Ley; que tenga fe en su futuro; que haya una moral

aceptada por todos que haga interesante la práctica, siempre difícil, de la seriedad y de la

honradez, y así sucesivamente.

Las clases medias son un producto típico de épocas pacíficas y de progreso económico. Inglaterra

y Francia las produjeron en el siglo XVIII: otros lo hicieron en el XIX; España, salvo núcleos

pequeños en las ciudades mercantiles, como Barcelona y Cádiz, sólo lo logró en el siglo XX. Pero

las clases medias suponen no sólo un determinado pasar económico; suponen, también, una ética, un

estilo, unos modos.

El peor enemigo de las clases medias, en lo económico, es la inflación. Lo que ocurrió en la

Alemania de los años 20 y 30 es el ejemplo más claro: las clases medias se vieron destruidas,

desclasadas, y aceptaron a Hitler. El peor enemigo espiritual de las clases medias es la pérdida

de su moral específica, centrada en torno a la familia y a la educación cuidada de los hijos para

que sigan ascendiendo.

Ya sé que a esta moral algunos la desprecian, como a una hipócrita «moralina» pequeño-burguesa.

Cuando una familia exhibe sus escándalos, y cuando no preocupa el impago de una letra, la clase

media ya es otra cosa. Si además la inflación destruye sus ahorros, todo puede verse en un peligro

grave.

La Historia no suele caminar hacia atrás y es evidente que no volveremos a ver el mundo de nuestros

padres. Pero desde Aristóteles sabemos que hay épocas de moral firme y otras de costumbres

relajadas, y que hay periodos de enfrentamiento de ricos y pobres, y otros en que se logra un pasar

mínimo para la mayoría, con predominio de las clases medias. Corremos grave peligro de perder

nuestra oportunidad de consolidar nuestras clases medias, uno de los grandes éxitos de nuestro

tiempo.

Las clases medias tienen que resistir, por su parte, algunas tentaciones. Una muy importante es la

de abandonarse intelectualmente. Hay que leer y reflexionar más. Hoy se venden más libros, pero la

mayoría son libros fáciles, que le ahorran a uno pensar; son una prolongación de los medios

audiovisuales. La clase media se hizo junto a sus bibliotecas liberales. Hay que volver a los

orígenes.

Otra tentación es el consumismo y la especulación. Las clases medias se hicieron de austeros

empresarios y funcionarios ejemplares. El tiempo nos va a obligar a ello, de todos modos; es bueno

saber que nos conviene volver a una ética social de mayor ejemplaridad.

Tentación no menos grave es la fuga hacia la izquierda. Hoy se tienden muchos señuelos en torno a

la más confusa de las divisas de nuestra arena política: la socialdemocracia. Todos sabemos lo que

es un socialismo democrático y no marxista, como el inglés o el alemán. Una cosa distinta de esto

no existe más, que en Italia, país lleno de especialistas en vender «aire frito».

Nosotros no tenemos un Saragat, sino un par de docenas de imitadores. Ahora bien, lo que no existe

es un programa ni unos seguidores. Las clases medias deben saber que ése no es su terreno que exige

seguridad económica, estabilidad social y continuidad política.

Las clases medias deben unirse en torno a una política de la mediana y pequeña empresa, por una

parte (que requeriría un Ministerio especial); y, por otra, en tornó a una política de los cuadros

administrativos de todo linaje. (Estado, corporaciones, empresas.) El pequeño empresario y el

funcionario medio, unidos al agricultor de extensiones pequeñas y medias, son la base del país;

son su esencia, su calidad, su orientación.

Existe en nuestro país un «nueva clase», de bastante cuidado, que da las voces en un sitio y pone

los huevos en otro. Viven como capitalistas, en sus puestos de asesores (sin responsabilidad) de

grandes empresas, y en sus saneados ingresos de sociedades que hacen brillantes estudios de

«consulting» para administraciones públicas y privadas. Hablan como socialistas y pregonan

diversos grados de nacionalización y de modelos; algunos llegan hasta el mismo comité ejecutivo del

«Partido Comunista». Su actitud constituye la negación máxima y el desafío más falaz a nuestras

verdaderas clases medias. Niegan su moral, su seriedad y su porvenir. Debemos hablar claro: son su

misma antítesis y quienes están desorientando a sus hijos a través de una marxistización del

sistema educativo.

Frente a unas y otra tentaciones, las clases medias de nuestra España deben toman una actitud

clara. ¿Qué España queremos cara al año 2000? Yo pienso que no la queremos marxista, sino

socialmente más justa; no la queremos más burocratizada, sino más eficiente y más libre; no la

queremos más inmoral ni más materialista, sino con superiores niveles de ética personal y social,

y de responsabilidad. Pienso que la deseamos respetuosa con los valores religiosos, sin

integrismos ni gazmoñería; abierta a todo lo que sea modernización, pero sin polución; congruente,

en fin, con lo que han pensado y sentido siempre nuestras clases medias.

Para lograr el mantenimiento de sus valores y de sus intereses, las clases medias deben abandonar

su pasividad y actuar de modo enérgico y unido. Deben utilizar todo tipo de instrumentos, como las

asociaciones de empresarios, y negárselos a los enemigos, lo que es urgente en los colegios

profesionales y en las asociaciones de funcionarios. De no aprovechar la ocasión vendrá la «nueva

clase» a quitárselos definitivamente.

Sería una gran pérdida para un país que, por fin, ha adquirido este volante de estabilidad y de

progreso, sus nuevas y brillantes clases medias.

Manuel FRAGA IRIBARNE 

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