Autor: Urbano, Pilar. 
   El incontinente Galeote     
 
 Ya.    09/02/1986.  Página: 15. Páginas: 1. Párrafos: 6. 

HILO DIRECTO

El incontinente Galeote

PILAR URBANO

Cuando llevábamos trenzas..., cuando íbamos al colegio, entrábamos en la estimulante dinámica del esfuerzo-mérito, sancionado a fin de mes con la «paga» de unas «notas» donde el sobresaliente significaba sobresalir en el saber. Aquello solía ser justo y ganado o perdido con personal responsabilidad. La competitividad no se convertía en pugna entre enemigos/as; tal vez en emocionante incentivo. Eran títulos efímeros que se podían perder al menor descuido. No se consolidaban «puestos».

Nadie partía de «diez». Cada día «uno», el arranque era de cero y a pie de igualdad. Es decir: sin patentes de «supremas», sin aferramiento a la «legitimidad de origen», sin vivir de las rentas del resultado anterior.

Saberse «para nota» la guerra de las Termopilas no garantizaba una alta calificación en las raíces cuadradas. Y a nadie se le habría tolerado un alarde prepotente de dominio sobre los/las demás porque sus calificaciones fuesen más brillantes. Después, ya sin lazos y sin trenzas, en la facultad, y más tarde en el ejercicio profesional, seguía rigiendo la fórmula esfuerzo-mérito. Se sabía que el prestigio había que revalidarlo día a día..., y diré más: hacerse «perdonar» el triunfo con buenas dosis de modestia.

Yo comprendo que los resultados electorales de un partido no pueden ponerse en cuestión más que de urnas a urnas. Y también comprendo que quien tiene hegemonía la utilice para imponer sus proyectos políticos y hasta para hacer de la capa de todos un sayo partidista para los de su carnada. Pero hasta ahí.

Me consta que los señores González Márquez, Guerra y Galeote, aunque no llevaron trenzas, sí fueron al colegio y a la Universidad; aunque Guerra en un solo curso vio que «allí no tenían nada que enseñarme».

Vale. O sea: que se formaron en el sistema de valor-demostrado-día-a-día. Y que, cuando combatían el totalitarismo franquista y luchaban por la democracia, querían no sólo libertad, sino también igualdad y solidaridad, sin privilegios ni discriminaciones, sin legitimaciones de origen, o de casta, o de cuna, o de herencia... Está a la vista de todos que, paso a paso, han arriado algunos de esos estandartes. Al desamparado de fortuna le ignoran. Al adversario político le persiguen. A las minorías parlamentarias las desprecian. Y hacen coto patrimonial de toda instancia de poder´que invaden. Esto también está a la vista.

En los mítines amenazan: recuerden a Felipe González que en Barcelona nos «echaba al Guerra»; o a Alfonso Guerra que en otra localidad catalana auguraba «veréis a Pujol entre rejas», y en Galicia profetizaba ante los trabajadores de Astano: «¡Vuestros hijos llorarán!» En el Parlamento gritan, patalean, abuchean... cuando perora «un enemigo» (transmudaron el concepto limpio de contrincante por el que no tan limpio de enemigo); en pasillos, Guillermo Galeote insulta a Verstrynge: «Eres un nazi y las vas a pagar todas juntas» episodio «Flick»); y, ya el colmo de la incontinente y grosera bravuconería, el mismo diputado G. G. se encoleriza y brama: «¡Aquí vamos a tener que empezar a repartir muchas host...!», mientras Calvo-Sotelo defiende su postura en el debate OTAN.

Los comportamientos de «superman», las actitudes de chulería, los engreimientos de superioridad despreciativa o los agresivos talantes de «matón», ni son de recibo en una democracia plural, ni son compatibles con la cortesía política, sea mitinera o sea parlamentaria, ni son justificables ¡nunca!, por muchos millones de votos que se hayan cosechado años atrás.

También por millones de votos democráticos llegó al poder un nefasto señor llamado Adolfo Hitler. Y una vez allí parió un monstruo: el nazismo. Prefiero no decir más.

 

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