Autor: Ramírez, Pedro J.. 
   Ese horizonte oscuro que el Gobierno no podría garantizar     
 
 Diario 16.    09/02/1986.  Página: 3. Páginas: 1. Párrafos: 14. 

Diario 16/9 febrero-86

OPINIÓN

PEDRO J. RAMÍREZ

Ese «horizonte oscuro que el Gobierno no podría garantizar»

PODEMOS repasar los acontecimientos de los últimos días mediante el truco cinematográfico de las acciones paralelas. A un lado de la pantalla, el parloteo incesante de los políticos explicando que los que estén en contra de la OTAN deben votar «sí» porque —¿otra vez Solís Ruiz en escena?— eso va a ser muy bueno para los «trabajadores» y que los que estén a favor deben abstenerse, aunque lo que les pida el cuerpo sea. votar «no».

Al mismo tiempo, un coche salta por los aires. Dentro están Noelia y su padre. Luego, en el hospital, Noelia rechaza que el psicólogo invente un cuento para ella: « Yo sé lo que pasó, fue una bomba, porque vi la pierna de mi padre por ahí.» Noelia tiene nueve años.

Al mismo tiempo, unos fulanos lanzan una granada contra un automóvil y luego disparan sus metralletas.

En seguida vemos el cadáver del vicealmirante Colón hecho un guiñapo en medio de la acera. «Sólo consiguen destrozar familias», aclara, impotente, el ministro Serra. En el funeral, muchos uniformes, caras de circunstancias y los consabidos gritos ultras.

Al mismo tiempo, la cámara muestra los barrios musulmanes de Melilla. La agitación es creciente. El cierre de comercios en señal de protesta recuerda algunas secuencias de «La batalla de Argel». En Rabat, destacados dirigentes creen llegada la hora de satisfacer su irredentismo. El Istiqlal reclama una reunión del Parlamento para discutir la recuperación de las plazas españolas. El Istiqlal es el partido de Bucetta. Bücetta es el hombre de Washington en el Magreb.

Mientras la España real comprueba que tiene todavía ante sí retos gigantescos, la España oficial hace juegos malabares en torno a un debate inventado en todas y cada una de sus fases por el oportunismo de los señores González y Guerra. Tal y como puso de relieve Roca, primero crearon el problema estimulando con demagogia barata un artificial antiatlantismo entre los ciudadanos. Luego, al llegar al poder y cambiar oficialmente de posición, denunciaron que la sociedad estaba dividida sobre el asunto (olvidando el pequeño detalle de que la habían dividido ellos). Ahora pretenden poner remedio convocando un plebiscito mediante la técnica de situar al país enteío al borde del precipicio: afirman que si se pierde el referéndum España saldrá de la Alianza y que ello ocasionará graves perjuicios para todos, además de «un horizonte oscuro que el Gobierno no podría garantizar».

Atención a esta cita literal de la intervención del señor Guerra en televisión. Que no se pretenda reescribir también estas palabras en los sótanos del Ministerio de la Verdad, tal y como ya ha ocurrido con tantas declaraciones anteriores. ¿Por qué será «oscuro» ese horizonte? ¿Cómo no se habla ya de la dimisión de un Gabinete cuyo vicepresidente afirma que no estará en condiciones de «garantizarlo»?

Seguimos en la butaca del espectador que está viendo dos películas a un tiempo. Son innumerables los dirigentes socialistas, desde Pertini a Felipe González, que en uno u otro momento han advertido que el terrorismo —además de poseer las raíces específicas de cada caso— no es sino un elemento más, colocado sobre el tablero de ajedrez de la confrontación internacional entre los bloques. A la luz de nuestra historia reciente, sería una simplificación macabra e injusta atribuir los últimos atentados a la convocatoria del referéndum. Bastante más ecuánime parece decir que el marco de incertidumbre creado por el Gobierno es uno más entre los factores que genéricamente podrían hacer rentable la desestabilización de España mediante actos terroristas. (Esta teoría no debe ser, por supuesto, tenida en cuenta por todos aquellos que hayan creído al presidente cuando afirmó que la Unión Soviética no desea que España se desvincule del bloque occidental.)

Viendoles ahí a los dos, cuchicheando en la cabecera del banco azul, jugueteando con sus gafas de montura nueva, mientras preparan el último cigarro explosivo que le van a regalar a «don Manuel», González y Guerra —con sus sonrisas y sus muecas— inspiran esa especie de benevolencia que suscita todo lo que tiene apariencia escolar y juvenil. Tienen además una «banda» obediente y simpática,

dispuesta a seguir a sus jefes hasta donde haga falta, en la que ni siquiera falta un buen Guillermo «el travieso» capaz, de ensuciar lo que se tercie.

Viendo sólo la política como espectáculo, no hay quien dé más. Primero conquistan el poder, dejando a Calvo-Soíelo hecho unos zorros por habernos metido en la OTAN y cosechando votos bajo la promesa de sacar a España de la Alianza. Ahora, no sólo cambian de postura, sino que pretenden que lo hagan también millones de ciudadanos que, por supuesto, han sido ajenos a su fascinante y esclarecedora experiencia de Gobierno. Lo que piden es que el pueblo siga su muleta como esos toros borrachos que, tan de tarde en tarde, es capaz de fabricar su paisano Curro Romero.

Pero la política es algo más que espectáculo. Y es precisamente Guerra quien, al asustarnos tanto, nos despierta. ¿Se incluye la perspectiva de un conflicto armado en el norte de África en ese «horizonte oscuro que el Gobierno no podría garantizar»? ¿Sería preferible en esa disyuntiva hacer frente a las armas del Ejército marroquí o a la frustración que el abandonismo produciría en el Ejército español? ¿O es que todo esto supone sacar las cosas de quicio y tan sólo es una simple coincidencia que la tensión en torno a Ceuta y Melilla vaya creciendo paralelamente al proceso de convocatoria del referéndum, en claro recordatorio de lo que ocurrió con la Marcha Verde —bandera USA incluida— durante la agonía de Franco

FASTOS días, pensar -d puede ser malo. Casi diría que no hay mejor «.voto útil» que el «voto analfabeto». Votar «sí» por España. Votar «sí» por González. Votar «sí» por «el Guerra». Votar «sí» para que haya pan y trabajo. Votar «sí» para que dure muchos años esta paz que nos ha traído Franco. Ese «sí» ciego, sordo y mudo, que da gloria ver cómo el día de la votación va llenando las urnas.

Luego estará ese «sí virtuoso» que de puro meritorio debe considerarse «voto de calidad». Marcelino Oreja, Olarra, Alberto Oliarí y algún otro encabezan la lista de quienes aconsejan sobreponerse a las consideraciones partidistas y decir «sí» a la OTAN porque es lo coherente con una concepción occidentalista de la vida. ¿Que luego el que se beneficia es un Gobierno que debería ser castigado por su frivolidad y ligereza? Pues mala suerte y a paáarle la factura en las próximas elecciones. Es un «sí» con la cabeza, un «sí» como mal menor, un «sí» con la nariz tapada para no contaminarse al introducir la papeleta.

El problema del Gobierno consiste en reunir suficiente número de analfabetos y suficiente número de virtuosos como para superar ese otro aluvión de españoles más o menos enteradillos de lo que está en juego, recelosos del poder o directamente cabreados por su comportamiento, que se pondrán el voto por montera yia-rán lo que les venga en gana, pues no habrá medio humano de hacerles asumir una responsabilidad que de ninguna manera es suya.

Ojalá gane el Gobierno el referéndum y no tengamos que afrontar ese «oscuro horizonte» profetizado por el señor Guerra. Suceda lo que suceda, el punto de obligada reflexión es cómo se ha llegado hasta aquí.

Es decir, por qué el juego político ha desembocado en una situación en la que los dos «colegas» de la cabecera del banco azul pueden jugar con las cosas fundamentales, entre la reprobación general, y al mismo tiempo todo el mundo está convencido de que volverán a ganar las elecciones.

La respuesta es la misma de siempre: mientras tengan enfrente a «don Manuel», amenazando con hacer lo que le pide el querpo, González y Guerra podrán saludar al mundo con cuantos cortes de manga les parezca oportuno. A pesar de que su discurso del martes fue de los mejores que se le recuerdan, la posición de inferioridad de Fraga quedó patente cuando no tuvo más remedio que matizar, edulcorar y diluir su acusación de que el referéndum era «fraudulento». Otro, en su lugar, habría aguantado el envite e insistido, mirando fijamente al presidente: «Pues sí, señor González, lo mantengo, es fraudulento. » Todos sabemos lo que le hubiera dicho González a Fraga —o a lo mejor ni siquiera hubiera necesitado decirlo— de haber continuado la discusión por la vía de los referendums fraudulentos.

 

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