Autor: Romero, Emilio (FOUCHÉ). 
   Un espectáculo en tres actos     
 
 Ya.    11/03/1986.  Página: 11. Páginas: 1. Párrafos: 4. 

España 711

DIARIO DE UN ESPECTADOR

Un espectáculo en tres actos

EMILIO ROMERO

EL domingo por la noche tenía yo todas estas cosas: habíamos enterrado a mi hermana Olga, que fue aquella recitadora insigne que dijo los versos de Miguel de Unamuno en la Universidad de Salamanca, delante de Unamuno, en el homenaje nacional que le hizo el Gobierno de la República. Eran recitadores gloriosos Berta Singerman y González Marín y, sin embargo, se había elegido a Olga Romero, que tenía diecinueve años, y había revolucionado a nuestro mundo artístico e intelectual con sus recitales de versos —de clásicos y de modernos— en el Ateneo y en el que hoy es Teatro María Guerrero. Con este dolor encima, necesitaba la distracción del cine, y aparecía en televisión el Ricardo III, y yo tenía el «Misterio en el barco . perdido», de Gary Cooper y Charlton Heston. Y, de repente, el periodista y locutor de televisión Manuel Campo nos dice que va a tener lugar un espacio en el que van a intervenir Gerardo Iglesias, Manuel Fraga y Felipe González, aunque por separado. Y me dispuse a verlos y a oírlos.

Sorprendente

Aquello era un espacio de entrevista periodística, con cuatro profesionales de la propia televisión más el moderador Campo Vidal. Se entrevistaría, por parte de los mismos, a los tres relevantes personajes políticos, cuando estábamos en un referéndum, y la televisión es del Estado, y dicen que es plural. En cuanto vi a los que iban a nacer las entrevistas, todo lo tuve muy claro. Era otra gran maniobra deplorable del socialismo en el poder, en cuanto a los métodos clásicos del absolutismo y de las obediencias de partido y de pesebre. Estos eran los entrevistadores: Enríe Sopeña, que gobierna la información de la casa; Xavier Vidal, que hace lo mismo un escalón más abajo; Ramón Colom, que dirige otras cosas, y Rosa María Mateo, famosa locutora e informadora de pantalla, y en el mismo «ring» de los otros. El espectáculo repugnaba a todos lo que tenemos sobre el periodismo una opinión de cierto alejamiento a lo que tenemos delante, para que una entrevista —este era el caso— estuviera asegurada de la independencia deseable, y en un acontecimiento que el propio Gobierno socialista ha agravado innecesariamente.

¿Aquello era una entrevista? No. Solamente fue entrevista, aunque en la docilidad, con el Presidente del Gobierno, Felipe González. Con Gerardo Iglesias y con Manuel Fraga, aquello era un interrogatorio. Mi sorpresa era que aceptaran tal cosa el Secretario General del Partido Comunista y el líder de la Coalición Popular. Los comportamientos de estas dos personalidades eran —lógicamente— defensivos, y hasta con buenos modales. Esto era inaceptable. Una vez ese interesante personaje de la televisión que es Tola me sometió en uno de sus programas a una entrevista que tenía los mismos caracteres que los del domingo.

Entonces le di un corte fulminante. Le dije que si en lugar de ser una entrevista fuera un interrogatorio, me levantaba y me marchaba. Y aquello cambió de modos. Las preguntas que les hacían los cuatro eran exactamente los reproches que aparecían en la dialéctica socialista de los actos públicos y de los mítines, contra los votos negativo; de la izquierda, y los votos de abstención de la derecha. Todas las preguntas parecían inspiradas por Alfonso Guerra, y servidas dócilmente por los periodistas. Al propio tiempo carecían de la menor cortesía en agrado, en sonrisas o en cordialidad. Eran cuatro fiscales, y nunca periodistas. El amor por el espacio televisivo de Gerardo Iglesias, dieciocho minutos, y Manuel Fraga, treinta y dos minutos, parece que les aconsejaron aguantar las impertinencias, y algunas deformaciones en las preguntas. El panorama cambió totalmente de ambiente, cuando el entrevistado fue Felipe González, cuarenta y cinco minutos. Entonces aparecían las imágenes de los agradecidos, las preguntas respetuosas, la inseguridad de alguna obligada interrogación al pasado de las opiniones del Presidente del Gobierno, y hasta en una ocasión se produciría por primera vez la sonrisa afable de Rosa María Mateo. Habría que remontarse al periodismo de los años 40, en la posguerra civil, para recordar escenas como la del domingo. Entonces aparecía el fervor, involucrado con la obediencia y hasta con el temor. Ahora se disimula el fervor, pero se denuncia el deseo, se ejerce la obediencia, se proclama el respeto, mientras que el poder hace la gran simulación, y parece ajeno e independiente. Los cuatro periodistas del domingo no son otra cosa que servidores del poder socialista, mientras que el Gobierno socialista dirige la televisión. Confío en que no reaccionen dirigiéndose a los ejemplos del pasado, por dos razones: porque el pasado es una tela de araña y porque estamos en una democracia. En un sistema democrático las entrevistas del domingo fueron el bochorno.

Gerardo Iglesias

Gerardo Iglesias ha ganado bastante en disposición dialéctica. Me parecieron muy afortunadas sus respuestas, a excepción de una, y que fue aquella referida al Convenio de Bases Americanas en España en 1953. Los Estados Unidos establecieron aquí sus Bases por interés propio y de sus aliados los europeos, y no por favorecer a Franco. Quien se favoreció de todos aquellos fue Franco. España no estaba en las alianzas para la defensa, tras la declaración de la «guerra fría», y nuestro país ocupa en el mapa un sitio neurálgico para la confrontación. Con las Bases americanas en España se resolvía el tema de nuestra incorporación práctica a la defensa de Occidente. El precio a eso fue la normalización de relaciones diplomáticas, y más tarde los Acuerdos Preferenciales con la Comunidad Económica Europea. Nuestro ingreso, prácticamente, en la Alianza Atlántica, tuvo lugar aquel año y por deseos de ellos principalmente. Pero Gerardo Iglesias, en todas sus intervenciones, estuvo brillante y convincente para sus gentes, y los añadidos de ahora.

Fraga y Felipe

Fraga y González estuvieron muy bien, y con un gran poder de convicción. Los periodistas obligaron a Fraga, con sus preguntas de reticencia al servicio del socialismo, a réplicas de inhabilitación global de la política socialista en el poder, en todos los frentes. Hizo los balances de la gestión socialista en esta legislatura. Estuvo sereno, seguro, y se advertía que los periodistas de la docilidad recibían todo eso con irritación contenida y con dolor. A mí —sin embargo— me pareció que Fraga tenía que haber sido más irónico con los periodistas. Se lo estaban ganando a pulso. González estuvo tranquilo, preocupado por lo que tiene encima, pero seguro. Se mostró más atlantista que nunca, y tuvo el valor y la honradez de manifestar que en el caso de triunfo de los noes, cumpliría el mandato popular, pero seguiría siendo atlantista. Dijo algunas inexactitudes aposta, y esto es corriente en la política; pero aquellos periodistas estaban allí solamente para nacerle pasar un rato feliz. En fin: ese espacio de la televisión fue descarado, y González no necesita esta escenografía. Una vez le reprochaban a Azaña que no tuviera a su lado periodistas obediantes, y contestó: «Me dispongo a hacerlo, cuando encuentre los inteligentes».

 

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