Autor: Marlasca, Manuel E.. 
 Tras la muerte del policía Fernández Gutierrez. 
 Dolor y tensión     
 
 Pueblo.    03/05/1973.  Páginas: 2. Párrafos: 14. 

Sus compañeros llevaron a hombros el féretro desde la Puerta del Sol hasta la plaza de España

El Consejo Nacional del Movimiento, las Cortes y todo el país manifestaron su indignación por el

incalificable asesinato

El vicepresidente del Gobierno colocó sobre el ataúd la medalla de oro al Mérito Policial, concedida a

título postumo, momento que recoge la fotografía

ENTIERRO DEL SUBINSPECTOR ASESINADO

Los compañeros del policía muerto se negaron a que el féretro fuera llevado en una furgoneta

El vicepresidente del Gobierno prendió ia medalla de oro al Mérito Policial en la bandera que envolvía el

ataúd

Lágrimas, gritos de "¡asesinos!*1, aplausos y emoción en la comitiva fúnebre, desde la Puerta del Sol a ia

plaza de España

HABÍAN pasado por el Salón Canalejas, de la Dirección General de Seguridad, militares de madrileños.

Había presidido el funeral de «corpore insepulto» el vicepresidente del Gobierno, junto con los ministros

de Gobernación y del Movimiento. Muchos ojos no se habían secado aún, y otros tantos estaban con la

mirada perdida, revuelta la mente sin encontrar una explicación lógica a lo ocurrido. La Puerta del Sol era

un hervidero de gentes silenciosas, que rendían con su silencio el último homenaje a un joven policía,

muerto en acto de servicio. Esta b a n también sus padres, el duro minero leonés y la recia mujer

castellana, padres de dos hijos —hembra y varón—, uno de los cuales estaba ya callado para siempre en

aquel féretro que envolvía la bandera nacional. Entonces, el oficial mayor de la Dirección General de

Seguridad leyó una orden, por la que se concedía a don Juan Antonio Fernández Gutiérrez, la medalla de

oro al Mérito Policial. Y el vicepresidente del Gobierno la prendió en la bandera de España que envolvía

el féretro. Y una furgoneta, aparcada a la puerta de la Dirección Genera) de Seguridad, se iba llenando de

coronas y de ramos de flores. Otra furgoneta, aparcada junto a ésta, esperaba que fuera introducido el

féretro para conducirlo a las tierras leonesas en las que nació —tan sólo hace veintiún años— el joven

policía. El silencio, respetuoso, era tenso¡ y el llanto de los hombres y mujeres, callado, sin histerismos,

sereno...

Primero fue una voz imperceptible; después, se haría un coro: más tarde, parecía una sola, que se iba

estendiendo por toda la Puerta de] Sol.

—A hombros, a hombros, ¡A HOMBROS...!

Y con las lágrimas en los ojos, con el sueño en la mirada, con la rabia contenida, con la pena apretándoles

el corazón, unos cuantos hombres izaron el féretro a hombros, y emprendieron la marcha.

Pasó la comitiva por delante de la furgoneta, que esperaba en vano el féretro. Y otros hombres siguieron

detrás, relevando a los compañeros, que se habían propuesto llevar a hombros el féretro, que contenía los

restos mortales de don Juan Antonio Fernández Gutiérrez.

(«Prendo esta medalla —había dicho minutos antes el vicepresidente del Gobierno— con profundo

dolor e indignación por lo ocurrido*´)

Ha cruzado ya la comitiva la Puerta del Sol. De pronto, cómo si todos obedecieran a una orden que jamás

se dio, comenzaron a aparecer en las solapas de los funcionarios del Cuerpo Genera] de Policía la

insignia-placa distintiva del mismo. Todos querían que la multitud entera, que se paraba por la calle de

Preciados a] paso de estos hombres, supieran que ellos eran los encargados de mantener el orden y la paz

de una ciudad, de un país.

(•Esta medalla de oro al Mérito Policial —había dicho minutos antes el ministro de la Gobernación— se

ha concedido a un compañero muerto, en acto de servicio, en defensa de la paz y el orden,»)

Ha comenzado a llover. Una fina lluvia, que pone tintes aún más tristes a este 2 de mayo, ya inolvidable

para todos cuantos componen el admirable Cuerpo General de Policía. Pugnaban los funcionarios por

relevarse en llevar a hombros el féretro del compañero muerto. Y de pronto, también como si obedeciera

a una orden, que jamás se dio. alguien gritó:

—¡Viva España...!

Se había alcanzado ya la plaza del Callao. Y quienes no llevaban el féretro aplaudían respetuosamente, en

homenaje a) policía muerto. Y surgieron más gritos:

—¡Asesinos...!

Arreciaba la lluvia, y nadie alteraba el paso; se oían diversos gritos; nadie podía saber dónde terminaría ía

marcha.

—¡Queremos garantías...!

(«Para los compañeros de este funcionario muerto, lo ocurrido debe servir de estímulo para encontrar a

los culpables; pero nunca como venganza, sino como justicia», había dicho también, minutos antes, el

vicepresidente del Gobierno, cuando imponía la medalla de oro del Mérito Policial en el féretro.)

Y en el viejo caserón de la Puerta del Sol seguían las 145 personas detenidas horas antes, esperando a ser

interrogadas para delimitar la responsabilidad de cada una de ellas en los hechos ocurridos. No hay

carreras por la Gran Vía, porque a nadie !e importa la lluvia y cuantas personas pasan por allí se paran a

rendir su homenaje al policía muerto. Hay nudos en muchas gargantas y mujeres que se santiguan.

(Gran Vía hacia abajo, rebusco en los bolsillos y encuentro un papel. Leo despaciosamente, masticando

las palabras: -Herida inciso punzante de arma blanca en reglón infra-escapular derecha penetrante en

tórax, que afecta a vena subclavia derecha arteria mamarla tatema y pulmón derecho con sección de

bronquio sqperior, que le causó U muerte.»

Es el parte facultativo de las lesiones aafrtdM jwr don Juan Antonio Fernández Gutiérrez)*.

Ya «e acsroa 1» oemítiva a la plaza de España. Allá, a lo lejos se ve la furgoneta que esperaba en vano en

la puerta de la Dirección General de Seguridad. Han sido cuarenta y cinco minutos de emoción, de

tensión, de tristeza, casi de horror, pensando en lo que ha motivadn todo. Pero han sido, sobre todo, cua-

renta y cinco minutos de espontaneidad, en los que unos h o m bres —muchos, má.s de mil— pensaban lo

mismo. Alli, en la plaza de España, se despediría el duelo. De allí partió el féretro hacia tierras leonesas.

(«Tengo que expresar —había dicho cuarenta y cinco minutos antes el vicepresidente del Gobierno— la

indignación del Gobierno y de todos los españoles por lo ocurrido.»)

Manuel E. MARLASCA

 

< Volver