Autor: P. R.. 
   El Siglo XXI     
 
 Arriba.    25/10/1977.  Páginas: 1. Párrafos: 3. 

Nombres propios

EL SIGLO XXI»

Al señor Guerrero Burgos, que me estará leyendo, le ocurre lo que a Chopera: que publica todos los años

los carteles de la feria de Sevilla y se le subleva parte del personal. El señor Guerrero bajaba un momento

a la acera del "Eurobullding", escudriñaba el horizonte, y si Carrero, pues Carrero, y si Carrillo, pues

Carrillo. El no tiene la culpa: la Política es como el «Chivas»: se enriquece con el tiempo. A mayor

abundamiento, el Sistema cambia. Pío, no. (Copyright, prohibida la reproducción).

En la liturgia del ancien regime, los políticos hacían sus últimos votos en el «Club Siglo XXI», donde

eran consagrados on the rocks. El «Siglo XXI» era como un Boston con salmón ahumado, donde los

Cabot sólo se hablaban con los Lodge, los Lodge, con los Fernández; los Fernández, con los López, y los

López, con Dios, vía Guerrero Burgos. La clase política —ay— daba clase de ocho a nueve, a la prensa

no le faltaba de nada y se mezclaban en el ambigú las sangres más puras del treinta y seis, portadoras de

pedigree en la solapa, con los llegados en el «Mayflower» de la Orgánica. Los ex que no tenían

peluquería esa tarde ocupaban la fila primera, poniendo cara de atender si había fotógrafos y, al final,

dejaban caer la migaja de una frase evolutiva en el cuenco abierto de las manos periodísticas. La verdad

es que los picos de oro del régimen, leían, contestaban con una leve sonrisa al «Muy bien, Pepe», que

salía de la fila cuarta, y llevaban a cabo denodados asaltos de sombra, espectaculares disparos doctrinales

a balón parado. No como ahora, en que si no consigues el consenso unitario en el contexto de la

plataforma no tienes alternativa dentro del marco autóctono para plantear a nivel preautonómico de

movimiento asambleario y que la estrategia táctica de los pueblos del Estado español, puedan acceder,

dentro de un cómputo mayoritario, a los poderes tácticos, quiero que te pongas la mantilla verde, quiero

que te pongas la mantilla azul, quiero que te pongas la recolorada, quiero que te pongas la que sabes tú.

Pero vamos, ya digo:

todo quedaba muy aparente y había dos grandes afanes: ir por el Imperio hacia Dios y por el pasillo a por

el guardarropa, en cuya meleé los carreristas aprovechaban para atizar unos codazos en plan usted

perdone al personal joven con barba, que fe dejaban el plexo solar que ni la Amnesty podía hacer nada

por ellos en cuarenta años.

Lo que te estaba diciendo, que no me va a dar tiempo, es que el señor éste, Guerrero Burgos, ha

exorcizado con un spray antifascio el salón, y ha incluido en los carteles a Santiago Carrillo, que trabaja,

como te lo cuento, mañana, y parte de los clubmen de tan hermosa arca de noé política han dicho que

pare, que se quieren bajar. Ya empezamos. Una vez, Areilza me hizo el honor de decirme que «mire

usted, Rodríguez, el temor al Pecé es infantil. El Pecé no es sino la vieja dama, cansada de hacer la

carrera, que sólo aspira a que la dejen alternar en sociedad». También dijo Fraga que «Carrillo jamás

vendrá, porque me faltarían guardias». Era una exageración, porque guardias, cantidad, como uno se

empeñe. Casualmente, Manuel Fraga será, con el cartel de «No hay billetes», el presentador del

conferenciante, porque como muy bien dijo —si es que en este país, decir, todo el mundo ha dicho— el

conde de Romanones, antes de Cristo: «y cuando les digo a ustedes que "nunca jamás", quiero decir, por

lo menos, "hasta mañana"».

P. R.

 

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