Autor: Fernández de la Mora y Mon, Gonzalo. 
   Minoría y democracia     
 
 ABC.    05/04/1977.  Páginas: 1. Párrafos: 10. 

MINORIA Y DEMOCRACIA

¿QUE condiciones sociales se requieren para que la democracia inorgánica pueda funcionar

aceptablemente? En mi último artículo intenté probar que un alto nivel medio de vida es

un factor coadyuvante, pero no desencadenante o imprescindible. En el siglo XIX hubo

democracias relativamente pobres, como la estadounidense y la suiza; y hoy existen

naciones opulentas, como Arabia Saudita, con regímenes absolutos. Hay también pueblos de

alta renta nacional, como Italia y Argentina, donde la democracia apenas funciona. No se

da relación proporcional inmediata entre riqueza nacional y demoliberalismo.

¿Dependerá la viabilidad del sistema de la idiosincrasia nacional? A los latinos —se ha

repetido— no nos va la partitocracia a causa de nuestra vehemencia e individualismo. Pero

esta hipótesis la desmintieron durante decenios Uruguay, Chile y la propia España

canovista. Y, últimamente, la V República francesa. El recurso al espíritu del pueblo es

demasiado metafísico y, además, no es verdad.

El aceptable funcionamiento de la democracia inorgánica no está condicionado por factores

tan rígidos como la infraestructura económica o la psicología nacional; más bien depende

de unas ciertas disposiciones de la clase política. Aunque resulte paradójico para quienes

ignorara la teoría elitista de la sociedad, también la viabilidad del modelo democrático

depende principalmente de la minoría. Estos son los básicos requerimientos:

1. Un número reducido de equipos políticos en pugna porque entonces habrá pocos

partidos, ya que éstos no son creación de las masas, sino de las diferentes facciones

elitistas. La democracia inorgánica no puede funcionar sin un partido o una coalición

estable, y ambas cosas son tanto más probables cuanto menos partidos haya. Allí donde los

aspirantes al Poder estén muy fragmentados, la democracia inorgánica será inviable, puesto

que conducirá a la inestabilidad y al desgobierno.

2. Una coincidencia básica entre aquellos partidos que puedan intervenir decisivamente

en la configuración del Gabinete. Esta coincidencia tiene que versar tanto sobre las

reglas del juego político como sobre los valores permanentes de la sociedad. Si la lucha

se perpetúa en torno a cuestiones de procedimiento, la gobernación queda postergada y el

sistema desembocará en la ineficacia. Si las discrepancias afectan a cuestiones radicales

e irreductibles, como pueden serlo la unidad nacional o las creencias religiosas, el

entendimiento resulta imposible, y la tensión política llega a revestir caracteres bélicos

y totalitarios. Ambos supuestos pertenecen al nivel de las minorías, puesto que lo mismo

las Constituciones que las filosofías son producto de las élites. Allí donde cada equipo

partidista tiene su propio modelo de Estado o su concepción del mundo, absolutamente

inaceptable para los otros, la democracia conduce a una insuperable conflictividad y, por

ello, fracasa.

3. Subordinación de los intereses partidistas a los nacionales. En caso contrario,

los partidos serán sectarios desde el Gobierno, lo que, en ocasiones, puede estar a un paso

de la iniquidad; y, desde la oposición, serán implacables, es decir, desmedidos en la crítica.

Mutuamente se excitarán al revanchismo y al abuso contrario. Leyes de clase o de grupos

son, por definición, injustas. También la extremosidad en la censura y en la fiscalización

pueden tener consecuencias generales tan negativas que aboquen al nihilismo social. No es

insólito que la magnificación de irregularidades, hasta convertirlas en escándalos,

además de dañar a unos hombres y, eventualmente, a su partido, desprestigie a las

instituciones, con lo que el triunfo del acusador resulta catastrófico para el país. Allí

donde las oligarquías no son capaces de moderar sus tentaciones de parcialidad, la

partitocracia puede ser un instrumento de iniquidad y autodestrucción.

4. Aceptación de la reversibilidad. Si hay un partido de pretensiones totalitarias

que, como el comunista, considera que su marcha hacia el Poder no admite retorno y que,

cuando lo conquista, clausura las vías de acceso, la democracia inorgánica está amenazada

de extinción. Es cierto que en todo partido hay una inclinación monopolista; pero no es

incompatible con la disposición a aceptar el relevo. El supuesto amenazador para el sistema es

que haya quien siga el juego constitucional mientras le brinde oportunidades, pero lo

suspenda cuando se trate de ofrecer una ocasión de triunfo a los demás.

5. Continuidad administrativa. La democracia inorgánica es casi inseparable de la

alternancia: unos partidos suceden a otros en el Poder. Para que el Estado no sea la tela de

Penélope es necesario que los partidos renuncien a politizar la Administración, renovándola

con correligionarios, y a destruir o interrumpir la obra del partido predecesor. Cuando en la

fracción triunfante domina el egoísmo y la revancha, el turno democrático puede llegar a

convertirse en una sucesión de esfuerzos gubernamentales contradictorios que, al fin y a la

postre, arrojan un saldo nacional que se aproxima a cero.

6. Una dialéctica racional, es decir, apoyada en datos objetivos y en argumentos lógicos,

y en los antipodas de la violencia física. Sólo así es posible la controversia creadora. Cuando

la polémica interpartidista se basa en la falsificación, el sofisma, la pasión o la sátira,

se frustra el diálogo y crecen resentimientos y rencores en una clase política que tiende

a destruirse a si misma y a servirse, cara al pueblo, de la diatriba del adversario y de la

pura demagogia. También esta autofagocitosis elitista corroe a la democracia inorgánica y

potencia sus otras enmiendas internas.

Estos condicionamientos reales y, sobre todo, los cinco primeros son inexorables. Optar por la

fórmula partitocrática con una clase política carente de los supuestos mínimos para que el

sistema pueda funcionar sería un contrasentido. La aptitud de una sociedad para el modelo

demoliberal viene definida por la composición y la calidad de la minoría dirigente y, en

concreto, por su disposición a adoptar los hábitos imprescindibles para el funcionamiento del

sistema. Allí donde los ambiciosos de mando estén muy fragmentados, y en sus conflictos

interelitistas caigan en el radicalismo, la intolerancia, el sectarismo, el monopolio y el

improperio, será casi imposible que pueda funcionar el sistema de partidos. Y casi ninguno de

estos malos modos puede ser evitado por decreto. Tiene que nacer del sentido de responsabilidad

de los hombres públicos y de los medios de comunicación de masas que les sirven. La democracia

inorgánica, aunque sea muy cara, no es un problema de renta nacional, ni tampoco de etnología;

es, sobre todo, de disciplinada aceptación de unas difíciles reglas del juego por los aspirantes

al Poder. Como en la Monarquía o en la aristocracia, también en la democracia la viabilidad

depende de que los protagonistas estén a la altura de las circunstancias.

Gonzalo FERNANDEZ DE LA MORA 

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